miércoles, 27 de abril de 2016

El Paso de Drake (Parte II)

Es bien sabido que el paso de Drake no es cosa fácil, pero dado que nuestra intención era alcanzar Antártida, no había más remedio que atravesarlo por completo. Hay otras maneras de llegar, pero ninguna tan cargada de aventuras como esta. Además, si hay que hacerlo, mejor con un poco de romanticismo, como los viejos aventureros.


El nuestro es un barco oceanográfico, botado en EEUU en 1970 bajo el nombre de “Researcher” (investigador) por la NOAA (National Oceanic & Atmospheric Administration), como buque polar de pequeño tamaño, con 84 almas a bordo, de casco reforzado para realizar investigaciones científicas en el hielo. En 2008 se golpeó contra un iceberg en Antártida y tuvo que ser rescatado por la marina chilena evitando una tragedia. Es un barco “muy marinero” como gusta llamarlo a sus tripulantes, que viene a ser un eufemismo para no decir abiertamente “maldito barco infame que escora más de 45 grados y se agita como la niña del exorcista”. Aún así y a pesar de sus años, es una nave austera pero segura, dura de pelar, que aún conserva ese halo de romanticismo y nostalgia de los viejos tiempos y las grandes exploraciones por aventureros legendarios. Por su aspecto, la nave recuerda al mítico Calypso del Comandante Cousteau o al Rainbow Warrior de Green Peace. Actualmente se ha adaptado a los nuevos tiempos tras su venta a una naviera antártica, reconvirtiéndose en buque de expedición polar, con el nombre de MV Ushuaia. Toda una delicia para quien desee sensaciones inolvidables a la antigua usanza.

Los expedicionarios que iban en el barco eran conscientes de lo que se nos venía encima y habían hecho acopio de las reservas de alcohol necesarias para “suavizar” el suplicio, como hicieron los chicos de una expedición irlandesa que investigaba los pasos de Shackleton en el Mar de Weddell. Un rato después de dejar puerto, vimos a la tripulación colocarse parches detrás de la oreja; nunca habíamos visto preocuparse por un mareo a marineros profesionales, supuestamente acostumbrados a los bravíos mares del Sur. La médico de a bordo, una robusta sudafricana curtida en todos los mares posibles, nos dijo con solemnidad “Antártida y el Drake divide a las personas en dos grupos, los que están mareados y los que se van a marear”. Todo presagiaba que iba a ser un viaje movidito.
El MV Ushuaia navegando cerca de las aguas de las Shetlands del Sur. Puede ser un paseo inolvidable si las aguas están tranquilas. Si no lo están y el Paso de Drake quiere dejarse notar, también será inolvidable, seguro.

La travesía comenzó en calma navegando el Canal de Beagle, famoso por los escritos de Darwin, disfrutando de su impresionante fauna y espectaculares bosques y picos nevados: cormoranes imperiales y oliváceos, pingüinos de Magallanes, delfines de Beagle y delfines oscuros, rorcuales aliblancos, leones marinos, somormujos grandes, patos, gaviotas dominicanas y delifineras, petreles gigantes, pardelas capirotadas y sombrías, cisnes de cuello negro, cauquenes, … todo era calma en el Edén. Pero iba a durar bien poco; a medida que nos aproximábamos a la boca del canal, al Cabo de Hornos, las aguas empezaban a enfadarse.
Durante la tormenta el barco escora y la cubierta se llena de nieve y hielo. Es hora de quedarse dentro del camarote.
Cuando estamos navegando las aguas del Paso de Drake, los Petreles Pintados o de El Cabo (Daption capense) se acercan al barco con frecuencia. Son muy fáciles de ver (Grado dificultad 2).
Un grupo de Petreles Pintados se acercan al costado de estribor.
Un joven de Petrel Gigante (Macronectes giganteus) siente una curiosidad irresistible por ver qué se cuece por el MV Ushuaia. Es también una especie muy fácil de ver (Grado de dificultad 2).

El Cabo de Hornos está cargado de simbolismo para los marineros del mundo entero. Aquellos que lo cruzan pasan a formar parte de una élite venerada y para diferenciarse del resto, se colocan con orgullo un pendiente en su oreja izquierda, como símbolo de valor y temeridad. Por el contrario, los que han cruzado con éxito el Cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica, han de colocárselo en la oreja derecha, según reza el credo marinero. Y para los que hayan dado la vuelta al mundo, que hay que lucir dos aros en la oreja izquierda y uno en la derecha. Ambos Cabos han producido más muertes humanas que el SIDA o el Ébola y aún así doblarlos es el sueño de todo marinero. Los pendientes han de ser de oro, por prestigio y para costear el funeral en caso de muerte del propietario. La tradición también mandaba que si un marinero muere en el agua y otro encuentra el cadáver, este puede apropiarse del aro, bajo condición suprema de darle al difunto cristiana sepultura o retornarlo al puerto de origen escrito sobre el pendiente. Con o sin tradición, en nuestro barco todas la orejas estaban perforadas.

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