lunes, 2 de mayo de 2016

El Paso de Drake (Parte III)

Dejamos las tranquilas aguas del Canal de Beagle y los peores augurios comienzan a cumplirse.

Las aguas que rodean el Cabo de Hornos están salpicadas de pequeñas islas e islotes rebosantes de aves marinas. Comienzan a verse decenas de delfines acrobáticos y hacen aparición los albatros, las aves marinas de mayor tamaño en el mundo actual. En este rincón de la geografía el albatros ojeroso es el más abundante, pero el cuerpo no está ahora para ver pájaros ni para contemplaciones paisajísticas; no resulta fácil quedarse en cubierta porque el viento gélido se ha convertido en temporal y las olas dirigen al barco contra las rocas. El oleaje que golpea la cubierta nos ha empapado. Entonces oímos una llamada desde el puente, alertando del riesgo de caer por la borda con cualquier golpe de mar y como nuestras orejas no llevan pendiente y el miedo supera a la curiosidad del viajero, decidimos metemos dentro. Ya hemos cruzado el Cabo de Hornos y hemos sentido por qué inspira tanto miedo.
La proa del MV Ushuaia enfila los hielos del Sur. Los marineros que han logrado doblar el Cabo de Hornos, lo muestran con orgullo con un pendiente en su oreja. Desde luego se merecen un respeto.
A diferencia de la inmensa mayoría de los navegantes, no doblamos el Cabo desde la costa atlántica, para inmediatamente después pegarnos a la costa pacífica sudamericana con rumbo Norte. Haremos el más difícil todavía continuando hacia el Sur; le plantaremos cara al mismísimo Drake y eso son palabras mayores. Las normas a bordo para cruzar El Paso son pocas pero estrictas: no salir a cubierta y no andar por el barco sin agarrarse con las dos manos, especialmente al subir y bajar escaleras. Si la mar se embravece más de lo habitual, se suspenden las comidas y si se embravece aún más -lo que pasa con cierta frecuencia-, entonces se decreta toque de queda, debiendo permanecer dentro de los camarotes tumbados en la cama. En la cabina hay que afianzar las pertenencias o dejarlas sobre el suelo protegidas entre ropa, especialmente las cámaras, pero siempre lejos de la cama, porque no es difícil aterrizar de culo sobre ellas con un golpe de temporal.
En la Isla Gourdin, Juan se refleja en las gafas de ventisca de Marta, mientras pasamos la mañana en las colonias de pingüino de tres especies diferentes.

De los tres días de navegación que nos llevó cruzar el Drake (o lo que es lo mismo, mil km de distancia), uno y medio lo tuvimos que pasar refugiados en la cama. Ha de ser buena o en su defecto más vale que tengas buenos riñones y espalda. Los impactos de ola hacen que te sientas como el garbanzo dentro del sonajero de un niño hiper-activo que se ha tomado un Red-Bull para desayunar y tampoco importa cuántas pastillas para el mareo tomes; duele todo el cuerpo y la cabeza no para de dar vueltas, te sientes tan miserable que te preguntas si merece la pena sufrir este calvario. Ah!, por supuesto no te molestes en comer si las olas superan los seis metros, porque todo lo que entre, saldrá a los pocos minutos. No es difícil hacerse una idea de cómo pintan estas aguas, YouTube muestra numerosos ejemplos de barcos en situaciones comprometidas atravesando El Paso; algunas imágenes son espeluznantes.
Las aguas del Canal de Beagle. Pocos sitios hay en el planeta que supere a este. Es un hervidero de vida salvaje, riqueza étnica y paisajes de película.
Milla tras milla el Drake se deja sentir con picos de viento de Fuerza 11, olas de 8 metros y escoras de 50º en sus mejores momentos. En una ocasión durante el día, una ola golpeó el puente con tal virulencia que dobló la plancha de hierro de 15mm que lo reforzaba; todo el barco crujió como si se le rajara el alma y por un momento pintaba que acabaríamos con los huesos en el fondo del mar. Hubo gente que rezó para salir vivos de allí. El incidente nos sorprendió agazapados en la cama; a Simi la levantó violentamente tirándola contra el suelo, mientras soltaba pestes y blasfemias. Las escoras del barco se sucedían cada pocos segundos y cuando lo hacía por estribor, sentía como si una mano me aplastase la cabeza contra la almohada. Atrás había quedado la paz de las tranquilas aguas del Beagle y sus delfines acrobáticos. Ahora el mar es el feudo indiscutible de los auténticos albatros gigantes: el Real y el Viajero, los verdaderos reyes del océano y señores indiscutibles del viento.
En la Elephant Island existe una zona de descanso de elefantes marinos jóvenes (Mirounga leonina). Allí son muy fáciles de ver, pero claro, ¡¡primero hay que llegar!! Grado dificultad 3.
Son pájaros enormes con una biología prácticamente desconocida y una envergadura de tres metros y medio en sus alas. Ellos disfrutan con las tempestades y hasta parecen divertirse. Los marineros dicen que son los ángeles de un mar que quiere acariciar el cielo con dedos en forma de olas. Cuando los ves volar, ves también que ha merecido la pena haber viajado hasta aquí. No es fácil verlos en su medio, alta mar. Pero el mérito no es solo llegar hasta aquí para observarlas. El mérito de verdad consiste en hacerles una foto medio decente, que no salga desenfocada ni movida y en la que el bicho aparezca entero. Para eso es necesario tener muchas ganas, una buena resistencia al frio, anclaje para amarrarse bien a cubierta y no caer por la borda, ropa impermeable, pulso de acero, enfocar, seguir al pájaro y disparar en el momento oportuno, sí una ola no lo hace desaparecer de repente. Si todo esto se cumple, llegado el momento de apretar el botón lo más seguro es que la lente esté empapada por la salpicadura de las olas. Bueno, sin mencionar que es posible que el frio antártico haya descargado la batería y la cámara deje de funcionar cuando más la necesitamos.

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