lunes, 25 de julio de 2016

Almadrabas, alma fenicia, brazos andaluces

Tradición, fauna, sudor, sangre y mar, se funden en una única palabra: Almadraba, cuyo significado en árabe “lugar donde se produce la pelea” refleja la lucha titánica entre atunes y hombres, tal y como se viene sucediendo cada primavera desde hace 3000 años. Su futuro está íntimamente ligado al de los atunes rojos del Mediterráneo y es posible que los días de ambos estén ya contados.

No cabe duda de que si se encontrasen en países lejanos serían destinos selectos, mitad etnografía-mitad naturaleza, en los catálogos de las mejores agencias de viaje; pero están aquí, en nuestras costas, aunque sean grandes desconocidas para el gran público.
La almadraba es un arte de pesca milenario que nace con nuestra propia historia; no puede entenderse la cultura mediterránea sin hablar del atún y todo lo que rodea su pesca y eso lo sabían muy bien los fenicios y los romanos que pisaron esta tierra antes que nosotros.

La almadraba constituye un tesoro etnográfico y un espectáculo sin precedentes, de inetarcción entre el ser humano y la fauna. Es una herencia fenicia transmitida de generación en generación desde hace al menos 3.000 años, en la que se funden el mar, la pesca y la acción más trepidante. Aún así, sigue siendo una gran desconocida y aunque todos hemos oído hablar de ellas, apenas un puñado de gente las ha presenciado en directo.

Las almadrabas que aún se encuentran activas en el litoral español se ubican en su mayor parte en Andalucía y Ceuta, sencillamente por la proximidad al Estrecho de Gibraltar, donde los atunes se dan cita anual para acceder desde el Atlántico en su migración, con destino al sector más oriental del Mediterráneo. Así ha sido durante milenios y así será al menos hasta que la especie se extinga, lo que cada vez está más cerca debido a la sobrepesca sin tregua que sufre a lo largo y ancho del planeta.

Los atunes no permanecen todo el año en el Mediterráneo. Entran por el Estrecho en mayo-junio para reproducirse y salen de regreso hacia el Atlántico en julio-septiembre, una vez concluida la puesta. La ruta de entrada de los atunes discurre pegada a la costa española, donde se calan las almadrabas y al contrario sucede con el retorno, cuando los bancos se ciñen al flanco marroquí hasta desaparecer en el Atlántico.

Esta fotografía está tomada en fechas recientes, pero si un marinero de la antigua Roma hubiese podido retratar el momento, la imagen obtenida no diferiría de las actuales. A diferencia de las pesquerías industriales modernas, las almadrabas apenas han cambiado en los últimos tres milenios. Posiblemente no tarden mucho en desaparecer, pues su futuro está ligado al de los cada vez más escasos atunes rojos del Mediterráneo.

Como es bien sabido el precio de un atún rojo adulto alcanza precios que trascienden los límites de la locura y no es para menos, el récord lo ostenta un pez de cuatro metros por el que su comprador pagó recientemente en la lonja de Tokio la obscena cantidad de 1,3 millones de euros. Dicho esto no es de extrañar que la especie esté jugando a la ruleta rusa con la extinción y las pesquerías vendan su alma al diablo por esquilmar todo atún al alcance de sus redes.

Lo que sí es cierto es que a todos nos gusta. La calidad de su carne está fuera de toda duda, especialmente en el momento de la reproducción, como sucede con los capturados en las almadrabas andaluzas en su migración de entrada. El precio se devalúa a final del verano, ya que han perdido una buena cantidad de las reservas de grasa que portaban cuando entraron en el Mediterráneo. Así se explica que el precio de un atún pescado durante el viaje de entrada, alcance un precio exorbitante que solo los japoneses están dispuestos a pagar, haciéndose con la práctica totalidad de las capturas, que son almacenadas en grandes barcos frigoríficos para trasladarlos a Tokio al final de la campaña.

Los buzos de la almadraba se unen a los hombres en la levantá, el momento álgido de este arte de pesca ancestral. 

Quienes han estado alguna vez en una almadraba, saben que no es una simple modalidad de pesca. No en vano su propio nombre de origen árabe es de por si evocador y significa “lugar donde se produce la pelea” porque ciertamente se trata de una lucha encarnizada entre dos fuerzas que colisionan en el mar, la humana y la animal. Es una lucha desigual en la que los humanos juegan con la ventaja que proporciona el ingenioso laberinto de redes que conducen a los atunes en migración hasta una estancia final, denominada “copo o cámara de la muerte”. El copo se cierra en el momento oportuno y su suelo se eleva manualmente hasta la superficie, cuando el valor de la cantidad de atunes atrapados en el interior es superior a los costes de movilizar al ingente entramado de hombres y barcos necesarios para manipular el arte. Una vez han entrado los atunes en la cámara, se cierran las entradas y salidas manualmente en una maniobra rápida y perfectamente coordinada y se rodea de barcazas desde las que los hombres tiran de las redes hasta sacar a la superficie el cardumen. Es precisamente esta maniobra final, la levantá, el punto álgido de un proceso que puede llevar entre 4 y 24 horas de durísimo trabajo en un mar que acaba tiñéndose de sangre de atún y a veces también humana. Noy hay apenas maquinaria, ni más ley que las normas no escritas heredadas de padres a hijos desde tiempos inmemoriales. Las artes, las redes y los mecanismos no han variado apenas en los últimos tres mil años, por lo que que un marinero fenicio de la antigüedad sabría integrarse perfectamente en una cuadrilla actual de Barbate y viceversa.

Una vez que los buzos han confirmado que hay suficiente pescado en la cámara y el Capitán da la orden oportuna, los hombres se disponen ordenadamente a jalar de las redes hasta sacar los bancos de atunes a la superficie. Es una maniobra larga y tediosa, que todavía hoy se hace mayoritariamente a fuerza de brazo humano. 

La actividad comienza con el alba, cuando las barcazas abandonan el puerto para dirigirse al laberinto de redes, calado a varias millas de costa. Una vez allí la pareja de buzos se sumerge para comprobar si hay un número adecuado de atunes en la cámara que justifique la levantá. En caso afirmativo, las caras de los marineros reflejan una alegría desbordada, especialmente si “hay mucho pescao ahí abajo” porque el jornal es entonces mayor de lo habitual. Si no hay pescao, entonces los hombres regresan cabizbajos a puerto, encomendándose a mejor suerte al día siguiente. Pero si hay pescao, habrá levantá; será un día intenso y lleno de agitación; si puedes arreglártelas para estar a bordo, ten por seguro que no te vas a arrepentir.

La imagen muestra al capitán y a su hijo, ambos en faena, reflejo de una tradición que se hereda de unas generaciones a otras desde tiempos inmemoriales. Un marinero fenicio podría integrarse perfectamente en una cuadrilla actual sin que ello suponga una merma en su rendimiento. Tanto hoy como hace tres mil años, son gente de otra pasta.

La levantá tiene comienzo al subir los buzos a superficie y dar la esperada noticia. A veces se producen “sustos” si en la inmersión se encuentran con tiburones que merodean alrededor de las redes, como atestiguan las dentelladas cicatrizadas que algunos de ellos lucen en el cuerpo o por los enormes dientes que a modo de trofeo cuelgan orgullosos del cuello.

El trabajo en una almadraba, como cualquier otro que tenga el mar como oficina, es una tarea dura que conlleva un enorme esfuerzo físico y una cierta dosis de sangre fría, en ocasiones.

A una señal apenas perceptible del Capitán, que no ha cambiado en siglos, el ejército de barcazas y marineros comienzan a maniobrar ordenadamente con la precisión de las antiguas flotas romanas, de forma que al cabo de unas dos horas de faena todo está dispuesto para levantar la red que conforma el suelo del copo y sacar los peces a superficie.

Todo está perfecta y milimétricamente calculado durante la levantá. Las instrucciones de los responsables son visuales, ya que el ruido de las olas, el aleteo de los atunes y el griterío de los marineros, hacen inaudible cualquier instrucción verbal a toda una legión de barcazas y hombres que supera las varias decenas. Respetar escrupulosamente las órdenes del Capitán, asegura no solo una pesca favorable, sino también la ausencia de accidentes que pongan en riesgo la vida de los hombres. 

Ha llegado la hora de la verdad y la disciplinada legión se dispone a tirar de las redes a brazo desnudo con la sincronía de un reloj suizo. Los marineros curtidos por la mar, empiezan a proferir cantos y gritos, como un remedio para sobrellevar la elevada tensión del momento. Dice la tradición almadrabera que solo los marineros que gritan fuerte regresarán sanos y salvos a puerto, reflejo de los riesgos que afrontaban en el pasado durante esta delicada maniobra. Cuando las primeras aletas del pescao cortan la superficie del agua, cientos de peces de varias especies se elevan saltando por los aires tratando de huir del cerco mortal y los atunes se agolpan chapoteando en la superficie, que ahora parece un caldero de espuma en ebullición.


Estas dos fotografías reflejan la agitación propia de la levantá en la almadraba. El copo bulle por los atunes y resto de pescado atrapado en las redes y en ese momento un grupo de hombres expertos y seleccionados, tendrán que arrojarse al interior para ir agarrando a mano a cada uno de ellos para ser izado a bordo. Es una maniobra delicada y no exenta de riesgo por golpeo o aplastamiento entre atunes o cortes con los ganchos tirados desde las barcazas.

Los hombres gritan cada vez más fuerte, pero sus gritos son apenas audibles por el estruendo de los aletazos y debates de los peces que tratan de librarse de una muerte que ya es segura.

Los hombres tiran manualmente de los extremos de la red que conforma el copo, hasta que las barcazas quedan enfrentadas a unos veinte metros de distancia. Entonces el banco de atunes sale a la superficie, dando el aspecto que muestra la imagen. 

Los barcos de un extremo y otro del copo se han ido acercado a medida que tiran de la red, hasta que se posicionan a unos escasos veinte metros unos y otros y la bolsa que se ha formado entre ellos se halla repleta de atunes de hasta trescientos kilos de peso. Parece que va a ser un buen día, porque los buzos dijeron haber visto más de cien de los grandes. Llegado este punto los marineros chillan aún más, víctimas de algún tipo de hechizo colectivo; lo hacen todos a la vez entre el incesante chapoteo de los peces y el ruido de las olas golpeando las barcas. Todos miran ahora hacia el Capitán, a quien gritan aún con más fuerza; dice otra costumbre de las almadrabas gaditanas, que si hay mucho pescado en las redes, la marinería ha de gritar con todas sus fuerzas hasta lograr que el Capitán se quite la gorra y la lance al interior del copo. No es fácil que logren que el Capitán arroje la gorra, porque significa que el jornal a percibir se incrementa en un extra importante. Al frenesí del centenar de atunes de más de doscientos kilos que luchan por sus vidas, se unen las olas y los gritos desatados de los marineros que ansían más dinero para llevarse a casa, dando lugar en uno de los espectáculos más sensacionales que el mar pueda reportarnos.

Dos hombres se agarran a la red dentro del copo, para ir sacando los atunes. Han de tener cuidado y protegerse bien, pues de lo contrario pueden resultar heridos por las toneladas de pescado atrapadas en el interior.

Pero hoy el Capitán está contento y finalmente cede ante el clamor colectivo arrojando la gorra al copo. El gesto da lugar a un nuevo estallido de gritos y carcajadas, haciendo que los hombres jalen las redes con más ímpetu todavía. Ya están todos los peces a la vista: atunes, espadas, voladores, lunas, limones, melvas, listados y hasta un pequeño marrajo. El Capitán sonríe abiertamente, porque sabe que los japoneses van a desembolsar una buena suma de dinero al final del día y no tarda en dar una nueva señal para que los marineros más corpulentos y experimentados se quiten las camisetas y se lancen al copo a pecho descubierto.

Dos atunes rojos de más de doscientos kilos se agolpan en un extremo de la red tratando de escapar hacia mar abierto. Una buena levantá puede capturar más de un centenar de estos gigantes.

De súbito una decena de hombres experimentados saltan por la borda arrojándose hacia los atunes gigantescos, que los multiplican en peso y fuerza. El riesgo de accidentes dentro del copo es importante y no en vano se producen con cierta regularidad, pero los hombres conocen bien su trabajo y uno a uno los atunes son izados a bordo tras ser ensartados entre el ojo y la boca, por ganchos que son lanzados desde las barcazas. El mar se tiñe de sangre y el aire huele a sangre, sal y sudor de decenas de hombres que vociferan y trabajan a destajo. He saltado en paracaídas, he nadado junto a tiburones blancos fuera de la seguridad de una jaula y he naufragado de noche rodeado de pirañas y caimanes, pero tengo que reconocer que pocas veces he experimentado más subidón de adrenalina que dentro de un copo en la almadraba de Barbate.

El insensato autor del blog, con muchas agallas de más y muchos años de menos (pero hoy al menos con la misma mata de pelo), ha obtenido permiso del Capitán para arrojarse al interior del copo y retirar atunes a superficie. Fueron necesarias 13 horas de sueño ininterrumpido para recobrar las fuerzas, aunque hicieron falta muchos días para curar los cortes en las manos y los hematomas por todo el cuerpo. Definitivamente, este trabajo no está pagado y quien lo hace tiene mi más profundo respeto.

La almadraba de Barbate es la única en la que los atunes aún son izados manualmente sin ayuda de poleas. Oviamente requiere una espalda a prueba de contracturas y unas lumbares de hierro. ¿Alguien se atreve a levantar a pulso 250kg de peso bruto con una sola mano?
Y a modo de making of, estos son JR y Justo en la última almadraba. Me encantaría decir que estaban agotados del esfuerzo, pero no; sencillamente nos quedamos todos dormidos mientras los buzos se jugaban la vida ahí abajo para ver si había atunes ;-)  Esta seguro que me la devuelven :-(

Al mismo tiempo los marineros de a bordo lanzan redes pequeñas en las que atrapan todo pez inferior a los 50kg y los van izando con rapidez. Una norma no escrita dice que los hombres pueden llevarse todo el pescado que puedan introducirse en los bolsillos y la ropa, siempre que no lo vea el Capitán y vemos a muchos de ellos escondiendo melvas y jureles incluso bajo la ropa interior (hay quien dice que accidentalmente así nació la primera Sirena ;-).

El copo se tiñe de sangre durante la levantá, al ensartar el gancho en la cara de los atunes para ser retirados a bordo. La mezcla del olor a sangre, agua salada y sudor humano, dejan una impronta en el cerebro que no se olvida durante años. Es tan brutal como espectacular.

También los hombres del copo sangran, porque las aletas están afiladas como navajas y muchos son azotados por coletazos de los atunes que tratan de escapar del gancho que los va izando a bordo. Al griterío se une ahora el estruendo de los aletazos de los enormes peces que golpean la madera de la cubierta, que poco a poco van enmudeciendo para ser reemplazado por el de otros atunes que son cargados a bordo sobre los anteriores, conformando una enorme pila de peces.

Cuando se ha vaciado el copo, todos los atunes amontonados yacen sin vida en cubierta y los barcos enfilan hacia el el buque frigorífico japonés, que los trasladará a la lonja de Tokio al final de la temporada.

Al cabo del rato ya no quedan atunes en el copo, ni melvas ni espadas. Los hombres han vuelo agotados a la cubierta de las barcazas y yacen exhaustos por el esfuerzo. La superficie del agua está llena de escamas y sangre, atrayendo a cientos de gaviotas que se agolpan tratando de llevarse algún bocado.

Los gigantescos atunes son trasladados al "japonés" para su despiece y refrigeración. Hoy ha sido un magnífico día en la almadraba.

Cuando la lucha ha terminado la mar retorna al silencio y al suave susurro de las olas, se recompone el laberinto de redes y los barcos cargados de atunes enfilan la proa al barco japonés, desde donde los trasladarán a la lonja de Tokio. Los hombres volverán hoy a casa sanos y salvos, con los pantalones llenos de pescado y con un jornal más abultado de lo normal.
Es dificil posicionarse al respecto de las almadrabas y desde luego no lo vamos a hacer aquí; es algo personal donde todas las opciones son válidas. Mientras unos creen que no es más que un coliseo sangriento, donde las fieras son atunes que mueren en una batalla desigual indigna de una sociedad moderna, otros defienden que es un arte de pesca sostenible, que por si solo no impacta sobre las poblaciones salvajes de atún rojo y que al tratarse de una tradición milenaria en vías de extinción, debe mantenerse mientras se pueda. Tal vez sea injusto culparlas de la sobrexplotación de los stock pesqueros, porque sus cupos son fijos y regulados por los caprichos de las mareas y la propia naturaleza. Lo cierto es que de una manera u otra, su futuro depende del de los atunes y muy probablemente ambos acaben por desaparecer incluso antes de que lo haga nuestra propia generación. Hasta entonces este espectáculo único nos seguirá recordando que nuestras costas esconden mucho más que playas abarrotadas de cuerpos esculturales ;-) y chiringuitos bulliciosos.

Un operario japonés vigila atentamente la maniobra de descarga de los atunes en las bodegas del barco factoría. En muy pocos minutos habrán despiezado con asombrosa maestría un enorme atún de casi 300kg de peso. El precio que posteriormente alcanzarán en lonja es desorbitante.

Mañana al amanecer los hombres se harán de nuevo a la mar con la esperanza puesta en una nueva levantá, pero no sabremos si el Capitán arrojará su gorra al copo por mucho tiempo.

Este post va dedicado a Carmencita D.P, mi amiga, con quien tuve el privilegio de compartir la primera almadraba hace 24 años.

No hay comentarios :

Publicar un comentario