jueves, 29 de septiembre de 2016

La vida secreta de Walter Mancilla, el guardián del Amazonas

He de confesar que muchas veces escribir para el blog es tan fácil, que las ideas surgen de la manera más espontánea, incluso mientras me tomo unas cervecitas con los amigos de toda la vida. Sin embargo cuando son temas que tocan bien dentro, es bastante complicado. Es entonces cuando desaparece la objetividad y afloran las emociones y esto no ayuda precisamente a la hora de escribir. El de hoy es un ejemplo. Es la vida entre indígenas y jaguares de una persona extraordinaria.
Vamos a presentaros a Walter Mancilla Huamán, ornitólogo, fotógrafo y guía pero, por encima de todo, el guardian de un lejano rincón de la Amazonía que conocemos como Parque Nacional del Manu (Perú). Muy pocas personas han hecho lo que él por conservar y divulgar este enclave privilegiado y sus comunidades indígenas. Sus ojos han visto cosas que casi nadie ha visto y sus experiencias en la selva se cuentan por miles. Además es mi amigo y me enorgullezco de estar en la larga lista de los suyos.

Mi amigo Walter en su canoa, preparado para abrirnos las puertas de la enigmática y dura Amazonía.

Tuve la fortuna de conocer a Walter hace ya tiempo, en 2003, como guía de excepción de una expedición que organizamos al Río Alto Madre de Dios, en la selva nublada andina. Desde allí descenderíamos en canoa hasta conectar con el mítico Río Manu y adentrarnos en pura Amazonía; una de esas aventuras alocadas de juventud que solo se hacen una vez en la vida. Varias semanas en la selva entre vicisitudes de todo tipo, forjaron un hermanamiento que ha continuado hasta hoy.

Todo iba bien para él hasta 2011, cuando dejé de tener noticias suyas. Se lo tragó el Amazonas, hasta que a finales de ese año recibí un correo electrónico suyo, que transcribo a continuación:

“Hola Amigo Iñigo,
A través de la distancia y gracias a la tecnología, a pesar del tiempo podamos estar aún en contacto de una manera rápida y sin costo ¿verdad?....Mira, te cuento una triste historia que me ocurrió. Sufrí un asalto armado a final del pasado mes de marzo en la selva del norte del Perú, mientras guiaba a un equipo de filmadores de fauna de la NHK del Japón. Nos emboscaron y recibí un disparo que me afectó al pulmón y al estomago. La bala continuó su trayectoria y se alojó en mi columna, quemó y afectó algunos nervios. Estoy en una silla de ruedas y los doctores dicen que no volveré a caminar”
.

No tuve valor para terminar de leer su mensaje; me costó aceptar que para mi amigo el Amazonas había terminado y él lo sabía. Esta vez su medicina tradicional indígena de la que tantas veces hablaba, la Ayahuasca, no sería de gran ayuda para combatir los efectos de aquella fatídica emboscada.

Mi amigo se estuvo debatiendo entre la vida y la muerte y tuvo que pasar un año entero entre hospitales del Perú y Japón, luchando para poder contarlo. Podría describiros aquí los detalles del ataque, o la condena que le obligó a cambiar la libertad de la selva y sus jaguares, por una jaula de hospitales y una silla de ruedas. Pero no lo voy a hacer; no con él. Walter es de otra pasta o como él mismo dice, un animal salvaje que no conoce la autocompasión, solo la lucha por la supervivencia. Prefiero contaros su fascinante historia, su vida secreta entre indígenas, la vida que algunos de nosotros tuvimos la suerte de compartir con él y lo que nos enseñó en aquel infierno verde. Os contaré también cómo la Amazonía sigue existiendo a pesar de la rapiña humana, gracias a personas extraordinarias y su labor por la conservación de la naturaleza.

Cocha Salvador, en el Parque Nacional Manu. Un lugar ideal para ver Harpías y Jaguares, además de miles de especies más. En la imagen superior, un Caimán (Caiman crocodilus)(Grado de dificultad en la zona 3, según la cantidad de cazadores furtivos).

Años atrás una conocida bióloga holandesa nos dijo que si buscábamos el jaguar y el Lophostrix cristata (un búho raro que nos pone bastante a los frikis de las rapaces nocturnas), él era la persona a quién acudir y así lo hicimos. Nos dijeron que nadie como él manejaba el telescopio dentro de la selva, lo que es extraordinariamente complicado y que además estaba equipado con CD con los reclamos sonoros de la mayor parte de las aves. En aquellos días Walter regentaba un pequeño campamento llamado Makisapayok, en la orilla del Manu y dentro del parque nacional del mismo nombre. Al mismo tiempo era el alcalde de la cercana municipalidad indígena de Fitzcarrald (Dpto. de Madre de Dios) también en la orilla del rio, que es en realidad la única franja habitable y vía de comunicación posible con el mundo exterior. No hay más accesos para entrar o salir del parque que las vías fluviales o bien contratar una pequeña avioneta, capaz de aterrizar en un angosto claro de selva que hace las veces de pista de aterrizaje, cuando los tapires y las capibaras no la invaden. Llegar por aire es una osadía, porque la pequeña aeronave ha de ascender en vertical para superar la cordillera de los Andes, con picos superiores a los 5.000, entre turbulencias infernales que harían vomitar al mismísimo Chuck Norris. Al final del viaje tuvimos que volar en “la batidora” para regresar al Cuzco, para lo cual nos aconsejaron no comer nada unas horas antes y sí, puedo confirmar y confirmo que Chuck Norris habría vomitado.

Lo primero que nos llamó la atención al llegar a su aldea, fue que todos le querían y se apresuraban a saludarle respetuosamente, llamándole “padre”. Eso nos hizo pensar por un momento que tal vez dentro de esa cara entrañable, se escondía una fiera dispuesta a diseminar sus genes por la Amazonía. Pero no; en realidad le llamaban así en reconocimiento a su labor. Walter había traído a la comunidad indígena el primer colegio, la luz, el agua, las telecomunicaciones con Cuzco y mejoró los servicios sanitarios. Además, cada vez que viajaba (y lo hacía a menudo) traía medicinas y bienes esenciales que no se encuentran en la selva. Ciertamente, además de alcalde era como un padre para su gente y eso era fácil apreciarlo. Walter repartía tanto cariño, como recibía y eso no es algo frecuente en el país donde vivo.

Las canoas amazónicas son estrechas y alargadas, con un toldo indispensable para evitar el letal sol tropical. Nosotros teníamos dos, una de ellas para trasportar el material y los víveres de la expedición.
Una mañana descendíamos entre las orillas exuberantes del Manu. Yoyo llevaba el timón y en un momento dado efectuó un giro brusco para alejarse rápidamente del lado izquierdo. Walter se caló bien la gorra y miró hacia la orilla con cara de preocupación... “mmm, Mashco Piros” susurró en voz baja. Debemos tener cuidado con ellos, nos dijo. “Es la entrada del río Piquén, territorio Mashco, donde tenemos prohibido navegar por la autoridad nacional de asuntos indígenas. Pertenece a esa tribu aún no contactada, muy beligerante, flechando a todo el que se acerca al límite, hay que irse de aquí” Aquellas palabras nos impactaron. Conocíamos estas historias por los documentales, pero verlo en directo nos inquietaba y al mismo tiempo nos fascinaba. A medida que nos alejábamos del Piquén, nos iba contando historias de personas que habían muerto bajo flechas Mashco Piras, disparadas por seres humanos que solo trataban de mantener a salvo su pequeño rincón de selva.

Desplazándonos aguas abajo por el Alto Madre de Dios, hacia el río Manu. Walter al fondo a la izquierda, siempre atento a cualquier bicho que surja en el camino.
Un par de años antes, Walter y su compañera se encontraban cortando madera acumulada por la corriente del rio. De la nada aparecieron tres mujeres Mashco, que habían sido desterradas por el chaman de la tribu. Eran una madre de unos 50 años y sus dos hijas, quienes se acercaron gritando y en actitud claramente hostil. Él estaba asustado, nos contaba, especialmente cuando humillaron a su compañera manoseándole el pecho y la entrepierna entre gritos y amenazas, al tiempo que a él le exigían sexo. No podían entenderlas porque no hablaban, comunicándose entre ellas mediante extraños sonidos y balbuceos. Walter las describió como mujeres con piernas de futbolista, pies enormes y triangulares duros como el cuero y brazos y espaldas visiblemente musculados. Cuando las mujeres se calmaron, Walter les ofreció un galápago en son de paz (plato muy apreciado en la región) y sin mediar palabra lo arrojaron vivo al fuego boca arriba. Antes de que el animal hubiera terminado de morir, le arrancaron las patas para dárselas a comer a él y a su compañera, mientras que ellas le abrieron el caparazón con los dientes para devorarlo sin quitarle siquiera los intestinos. Una de las hijas se clavó una enorme espina de palmera en la planta del pie, pero se la extrajo sin mostrar gesto alguno de dolor; corrían por la selva con la misma comodidad que en una pista de atletismo.

Al final del día Walter llevó a las mujeres a las oficinas del parque, para que las autoridades se hicieran cargo de ellas. El gobierno envió un antropólogo para evaluar un caso de tal repercusión científica, pero salió huyendo al ser objeto de un intento de violación. También Walter fue a visitarlas al cabo de los meses y le extrañó que le recibieran besándolo: los Mascho no besan, ni saben hacerlo, decía él, por lo que dedujo que su integración en el mundo “civilizado” ya se había consumado. Pocos años más tarde murió la madre y las hijas acabaron "civilizándose" y casándose con guardas del parque.

La Amazonía es el hogar de miles de especies asombrosas, muchas de ellas aún desconocidas. Parece ser el lugar donde la evolución se puso a hacer experimentos. La imagen muestra el impresionante camuflaje de este saltamontes-hoja. Nunca terminas de ver cosas nuevas.

Walter quiso que conociéramos de cerca a los Matsiguenkas, una tribu menos beligerante y apenas contactada, para lo cual nos fuimos a convivir con ellos en su propio poblado. También vimos Yines y Cashinahuas. Estos últimos se atan el pene a la cintura para escapar de la peor amenaza de los ríos amazónicos: el candirú; es un pez que es atraído por la orina de los mamíferos y que penetra por el orificio de la uretra, anclándose en el interior del pene con las espinas de la cabeza. Dicen que es un dolor de crueldad extrema y de ahí la primera regla de oro para supervivencia en el Amazonas: no orines nunca dentro en el agua y no te bañes desnudo.

No esperes ver en este blog fotos de ninguna de estas etnias indígenas. Pasamos varios días conociendo su modo de vida, basado en arcos y flechas y de alguna extraña manera percibimos que hacerles fotografías era como profanar un templo sagrado. Ni siquiera llegamos a sacar las cámaras, lo que es extraordinariamente raro en nosotros.

Cada nuevo día Walter nos abría las puertas blindadas de la Amazonía, revelando paulatinamente sus secretos y enseñándonos un listado interminable de especies únicas; incluso vimos un pájaro carpintero del género Xiphocolaptes que no está aún descrito para la ciencia. Aprendimos lecciones básicas de supervivencia y a comer las deliciosas hormigas limón, que buscábamos en los nudos de una determinada planta.

La luna se refleja sobre el río Manu y deja ver la silueta de nuestra canoa. Hemos parado para pasar la noche y levantar las tiendas a la orilla del río. Los jaguares rondan cerca y hay una anaconda donde hemos atado la lancha. Es una experiencia inolvidable.
A golpe de remo nos llevó a su rincón favorito, una cocha o laguna meándrica que solo él conocía. Nos dijo que guardásemos silencio si queríamos ver algo especial y a los pocos instantes nos vimos rodeados por una familia de nutrias gigantes, jugando y pescando a escasos metros de la canoa, todo ello entre tucanes y cantos de hoatzines. Una bióloga a quien adoro y admiro me dijo una vez que de todo lo que hay en el cielo, existe una pequeña muestra en la tierra y si eso es cierto, a buen seguro que este lugar secreto era uno de ellos.

Otro día nos llevó a ver las animadísimas colpas, donde cada mañana se concentran miles de loros y guacamayos para ingerir un barro arcilloso que contrarresta el efecto venenoso de las plantas de las que se alimentan. Un espectáculo sobrecogedor que ningún viajero a la región puede perderse. También estuvimos dos días y dos noches en las colpas de tapires y pecarís, donde van a cazar los jaguares. De regreso al campamento leímos en el libro de observaciones, que unos expedicionarios americanos habían encontrado huellas de pies desnudos humanos merodeando cerca de las chozas y de nuevo volvimos a estremecernos.

Y esta es la famosa Colpa de Guacamayos (Ara chloroptera)(Grado de dificultad 6) de Walter. Nos acercamos en un hide flotante y durante varias horas disfrutamos de un espectáculo de miles de loros, guacamayos y cotorras de muchas especies distintas. Eso sí, con tapones en los oídos.
Ni siquiera voy a presentarlo. No lo necesita. El Manu es su reino. Se asoman a la orilla a tomar el sol y a observar con curiosidad a las canoas que van por el río,..., si les apetece, claro.

Una tarde Walter corría por la selva a lo largo de una senda. Iba detrás de un amigo matsiguenka, que lo hacía unos diez metros por delante; su amigo era rápido y le llevaba una cierta ventaja. De repente observó que una gran sombra rojiza salía de la espesura directa hacia su amigo, pero este no lo vio. En un primer momento Walter pensó que se trataba de un venado, pero cuando se aproximó al indígena, la sombre se agazapó sobre las patas traseras, encogió una enorme cola y saltó hacia el cuello del amigo. No resultó ser un ciervo, sino un puma a punto de tumbar su próxima presa. Walter gritó justo antes de que lo agarrara por el cuello, haciendo que el felino cayera al suelo aturdido. El enorme gato agitó su cola y de un salto imposible se esfumó viendo frustrada su cena.

Nuestra expedición fluvial marchaba según lo previsto, hasta que las lluvias tropicales nos detuvieron durante tres días infernales. Al cuarto día reanudamos el viaje río abajo. Al rato, un tronco que no habíamos visto impacto atravesando la quilla de madera de la canoa. En segundos comenzamos a hundirnos entre cocodrilos y pirañas. Una vez más la sangre fría de Walter fue determinante para evitar una desgracia. En lugar de dirigirnos hacia la orilla más cercana, que es lo que cualquiera de nosotros hubiera intentado, forzó in extremis todo lo que pudo para que, ya con el agua casi en la cintura, la lancha alcanzase la orilla opuesta, mucho más distante. De haber hecho lo contrario no lo habríamos contado, por la corriente, un talud insalvable y los cocodrilos. Él siempre sabía lo que había que hacer. Cuando por fin pisamos tierra firme y las piernas nos temblaban de miedo, Walter empezó a bromear como si no hubiera pasado nada. Para arreglar la vía de agua, rajaron una cacerola, la abrieron y emplearon el latón para tapar el agujero con clavos y trozos de sus propias camisetas. Pasase lo que pasase, él tenía la virtud de transformar los problemas serios en momentos inolvidables.

Ya más relajados y con la ropa mojada, continuamos el viaje hasta que se nos echó la noche encima y nos vimos obligados a acampar en una playa que no aparece en los mapas. Aquella fue la noche más bonita de todas las vividas bajo las estrellas del trópico. Los reflejos de la luna en el agua, la hoguera y las canoas,..., las historias de jaguares y Mashco Piros y las risas nerviosas liberando la tensión del día. A la mañana siguiente las tiendas estaban rodeadas por huellas de dos jaguares persiguiendo un tapir, pero estábamos tan agotados que nadie escuchó nada mientras dormíamos.

Una canoa de otra expedición remonta el río Manu. El parque es visitado cada año por personas de todo el mundo, que buscan un contacto con la naturaleza más salvaje. Este lugar mágico nos ofrece naturaleza al máximo, porque es uno de los pocos vírgenes que quedan en el planeta. 

No se por qué JR siempre sale durmiendo, ya sea en la cubierta de un barco o en una hamaca. Bueno, en este caso tiene una coartada perfecta. La selva resulta agotadora.

Amanece en Amazonía y desmontamos el campamento para continuar nuestro viaje aguas abajo. No hay tiempo que perder, aún tenemos por delante muchas aventuras que vivir.

Varias semanas más tarde terminábamos la aventura en Makisapayok, el campamento de Walter. Para entonces ya estábamos completamente adaptados a la humedad irrespirable, los mosquitos zancudos, a las serpientes y hasta mascando a diario hojas de coca. Yo conseguí encontrarme con mi especie rara de búho, mi Lophostrix y el resto de mis amigos encontró lo que cada uno de ellos iba a buscar. Allí nos enseñó como extraer tablones de madera a golpe de machete, sin necesidad de talar troncos vivos y continuó desvelándonos los misterios de ese ecosistema infernal y paradisíaco a la vez, en el que no todos pueden subsistir.


Los odiosos, asquerosos y diabólicos mosquitos zancudos se ceban con nosotros, dejando unas pústulas dolorosas. No tienen piedad, pero tampoco nosotros mostramos alguna con ellos y cada vez que podíamos, les caía un manotazo. 
Nuestro amigo y compañero de viaje, Jose, charla con Walter mientras buscamos rapaces nocturnas en la selva. Jose nos dejó desgraciadamente al poco tiempo de regresar a España. Allí donde estés, un beso tronco. Esta va por ti.

Al regresar a España trajimos muchos recuerdos: flechas y arcos Matsis, cientos de fotografías, enfermedades tropicales bastantes desagradables que tardaron años en dar la cara y miles de picaduras de los odiosos zancudos: pero de todo eso, lo más valioso fueron los momentos vividos junto a personas únicas, cuya valía es igual al de la selva a la que pertenecen y a la que custodian con sus propias vidas.

Los años han pasado y Manu es hoy un lugar seguro que se ha consolidado como uno de los lugares mejor conservados, gracias a iniciativas como la que nosotros vivimos de la mano de Walter. Si hay un lugar del planeta donde viajar a ver bichos contribuya a conservarlo, este es el mejor ejemplo.

Pero... espera un momento, no nos vayamos todavía ¿Qué fue de Walter y de su silla de ruedas? ¿Qué pasó con él?

Walter nunca deja de sorprendernos y aún nos tiene reservada una última lección. Esta vez no es sobre la selva ni las muchas especies del Amazonas, sino la más importante de todas y la que marca la diferencia entre las personas normales y los seres extraordinarios como él.

Aunque la fría ciencia todavía no haya encontrado una explicación lógica a su caso, sorprendentemente y contra todo pronóstico ¡¡Walter ha vuelto a caminar!! Sí, como lo oyes. Ha dejado atrás la silla de ruedas y ha logrado ponerse en pie, aunque por ahora sea con muletas; incluso construye ladrillos en su aldea natal de Kimbiri y, gradualmente, ha vuelto a guiar equipos de filmación y a ver pájaros en su selva peruana, la misma que lo vio nacer y la misma que correrá por sus venas mientras viva.

Algunos dicen que su recuperación milagrosa se debe a su medicina indígena alucinógena, la Ayahuasca y otros aseguran que no morirá porque es inmortal, porque encarna al mismísimo Chuyan Chaqui, el espíritu salvaje de la selva. O tal vez será porque es incapaz de odiar a nadie, ni siquiera a quienes quisieron verle muerto. En su corazón solo hay cosas buenas.
Lo único cierto es que aquella bala asesina no consiguió segarle las alas a un ángel, a quién el destino aún depara nuevas aventuras.

Dejadme que despida este texto de la misma manera que lo empezamos, con un correo de Walter. Este lo recibí hace solo dos días, esta misma semana. Y dice esto:

"Hola amigo,
Estoy en el Manu ahora exactamente en la colpa de guacamayos, con una Filmación japonesa por unos 2 meses. Estoy caminando con muletas porque la silla de ruedas no funciona en la selva y eso mejora mis pies el caminar diario.
Walter"


Walter, el cielo puede esperar.
¡¡Ánimo viejo amigo, guardián del Amazonas!!

Hacen falta muchas balas para tumbar a nuestro Walter. Aquí está en un hospital de Japón, luchando por salir adelante. Hay dos tipos de seres humanos, Walter y el resto.

Solo Walter, el Guardian del Amazonas.


Podrás encontrarle al otro lado de este correo electrónico (amazon.manu.lodge.sac@gmail.com), donde estará encantado de ayudarte a organizar tu propia expedición al paraíso (si eres capaz de aguantar a los zancudos :-).


2 comentarios :

  1. Hola Surubis, tuve el privilegio de conocer a Walter y trabajar para él en el 2000. He leído tu artículo y he vivido cada párrafo, pues has descrito muchas de las cosas de pasé con Walter en el Manu cuando tuve la oportunidad de ir. Gracias por haber condensado todas esas vivencias aquí. Lo comparto con mi gente para que conozcan un poco mejor al amigo de quien de hecho hablo muchas veces cuando hablo de mi Perú.
    Saludos desde Expertizia Travel, Lima, Perú.
    Inés Slater

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Inés. Aquello es un paraíso. Espero que tú misma nos cuentes cosas que pasan por allí. Sería fantástico. :-)

      Eliminar