domingo, 23 de octubre de 2016

Bailando con Osos. Observación de osos pardos en Finlandia

A veces un viaje malogrado puede convertirse en la mejor excusa para hacer otro aún más interesante que el anterior y como la vida misma, con un poco de paciencia podemos convertir la frustración en algo que realmente valga la pena. En este post os queremos contar cómo un viaje fallido para ver osos pardos en España, acabó convirtiéndose en una de las aventuras más alocadas, infiltrándonos al otro lado del continente como espías por unos días, en el reino del imponente oso pardo ¿bailamos con osos?

Hace unos años organizamos un viaje de amigos para ver osos pardos en Asturias. Era un regalo sorpresa por el cumpleaños de Justo, quien soñaba con verlos desde hacía tiempo. Para ello movimos algunos contactos y así contar con los mejores guías locales. Para mi desgracia, llegado el momento me tuve que quedar en tierra; no pude sumarme al grupo porque atravesaba momentos delicados de mi vida personal, pero al menos mis amigos disfrutaron de unos maravill-osos días en uno de los mejores entornos naturales de España.

Ver un oso no debe ser fácil, o al menos a mi me ha costado años. Tampoco creo que la gente que trabaja con ellos los vea a diario. No en vano los osos europeaos viven en un mundo con demasiadas personas y encontrarse con una suele ser sinónimo de problemas. Bueno, al menos en España y Europa nos quedan algunos y por el momento, todo parece indicar que así va a seguir siendo por un tiempo.

El regalo fue perfecto y me alegró que mis amigos pudieran al fin tener su momento, pero antes o después debía transformar aquella espinita clavada en el corazón de la frustración, en un viaje para encontrarme con osos pardos en libertad. Con ese objetivo en la mente, hace unas semanas me lié la manta a la cabeza de una vez por todas y pregunté a los sabios cuál es el mejor lugar de Europa para verlos cerquita y, a ser posible, muchos. Mis amigos ya habían visto osos antes y si quería hacer este viaje, tendría que hacerlo sin otra compañía que el equipo fotográfico que Dani Burón me había prestado.

Sin dudarlo un instante, los sabios consultadas pusieron de manera unánime el dedo índice sobre un punto concreto del mapa: un lejano rincón fronterizo en plena taiga, situado entre Kumho (Finlandia) y Kimasozero (Rusia), a unos 550 km al NE de Helsinki y a solo 6º por debajo del Círculo Polar, a la misma latitud que Islandia. ¿Momento ideal? cualquiera, mejor tal vez cuando los osos están hiperactivos acumulando grasa, justo antes de retirarse para hibernar durante los gélidos inviernos ruso-escandinavos.

Tras mi sonoro fracaso para ver osos pardos en España, no lo dudé y me subí al primer avión que pude rumbo a la taiga, en los países nórdicos. Ya que lo vamos a hacer, hagámoslo a lo grande ¿no?

El viaje es sencillo, pero no fácil. Me habían dicho que si quería tener la certeza de verlos, tendría que meterme en un hide minúsculo y permanecer en silencio e inmóvil durante 17 horas al día y durante varios días consecutivos, con temperaturas en el punto de congelación en pleno agosto. Así pues acabé contactando con Ari Sääski, un experimentado biólogo finlandés que ha convertido su trozo de bosque en un verdadero santuario para la especie. Ari me aconsejó permanecer al menos 3 días en el interior del sus hides, saliendo únicamente durante un pequeño rato por la mañana, aprovechando que los osos están descansando, para ir a la base y tomar café, comer caliente, dormir un poco y ducharme, todo ello en tiempo récord. En no más de 4 horas debía estar de vuelta a ese u otro zulo similar, de forma que no interfiriera en el ritmo diario de los osos.

Eran muchas las dudas de última hora: tres días y tres noches enteras a oscuras y en absoluto silencio en un hide de 1x2m, durmiendo en tramos de dos o tres horas, sin nadie con quien hablar y con temperaturas a cero grados (viniendo de una Sevilla tórrida en agosto)... el plan hacía “lagunillas” por todas partes y no me terminaba de cuadrar. Pero a esas alturas la idea de ver osos pardos se había convertido en una obsesión y no habían pasado ni dos días, cuando llamé de nuevo a mi contacto: “Hola Ari, no sé cómo va a salir esto, pero intentaré aguantar no 3, sino 8 días enteros en el hide” y acordamos como punto de encuentro un pequeño aeropuerto cercano a la frontera rusa a las 10 de la mañana del 25 de agosto de este año.

Si estando solo en el bosque te encuentras cara a cara con un oso (que es más que previsible), no corras ni te asustes. Solo tienes que comportarte con naturalidad”. Este fue el primer consejo de Ari unos minutos antes de enclaustrarme en lo que iba a ser mi celda durante los 8 días posteriores. Pero ¿cómo se comporta uno con naturalidad frente a un oso? me preguntaba a mi mismo una y otra vez; puedo actuar con naturalidad cuando cruzo un semáforo, subo en ascensor o hablo con mi vecina, como hago todos los días, pero ¿qué es “lo normal” cuando tienes un oso de 350kg delante? Sin duda los próximos días prometían ser interesantes.

Dice la gente que sabe de esto, que para ver osos pardos en libertad en Europa, el mejor lugar es la vigiladísima frontera entre Rusia y Finladia. Lo que sí es cierto es que al tratarse de una zona muy militarizada, la fauna goza de un grado de protección bastante interesante. paradójico, lo que para los humanos es motivo de intranquilidad, para la fauna es todo lo contrario ¡Qué mundo loco este!

Karl, un amigo alemán que también ha venido a buscar osos, se dirije hacia su hide para encerrarse un par de días. Hay mucha gente que como él, cada año decide retirarse del mundo y pasar un tiempo entre bichos.  

La taiga. No puedes caminar muchos metros en este lugar mágico sin cruzar tu camino con el de un oso. No hay problema si te lo encuentras cara a cara. Si sigues las pautas adecuadas, se alejan lentamente. En Norteamérica esto es algo más arriesgado. Lo siento, la foto está movida porque está hecha con el móvil y había poca luz.

A las 5 de la tarde del día 25 el guía ruso, Igor, me condujo hasta el hide. Una vez dentro me quité las botas y coloqué las dos cámaras sobre sus rótulas, equipadas con dos objetivos (un 500mm f4.5 y un 200mm f2.8) y coloqué en fila ordenada el termo de café, un yogur de plátano, un sándwich vegetal y una barra de cereal, de forma que cuando llegase la oscuridad de la noche, no tendría problemas en encontrarlos a tientas, sin hacer ruidos que asustasen a la fauna. Ni que decir tiene que no hay Internet, ni cobertura de móvil y los desodorantes y cualquier tipo de olor artificial están prohibidos, así como las linternas.

El hide es pequeño, pero funcional y bien preparado, con una pequeña litera a mi espalda y una silla de plástico que deja mis ojos a la altura de una rendija acristalada de 7cm de ancho para ver el exterior. Un cubo con tapa y una bolsa de basura en su interior hacen las funciones de WC y estoy impaciente por ver cómo me las voy a arreglar para que todo caiga dentro, manteniendo el equilibrio, una vez metidos en faena cuando se haga de noche. Y lo más importante, los objetivos de las cámaras salen directamente al exterior a través de sus correspondientes mangas de lona. No se le puede pedir más a este diminuto escondrijo, que se va a convertir en mi área vital durante los próximos ocho días.

Todo lo que vi durante una semana fue através de esta pequeña rendija acristalada y del diminuto visor de la cámara. Al menos los paisajes son excepcionales.

El zulo. Se ve una papelera, el cubo WC, la silla y una de las cámaras. La litera está justo detrás. Pequeño pero limpio, coqueto y bien equipado. 

No había terminado aún de colocar mis cosas cuando apareció el primer oso, a unos 20m por delante del hide. Tras la decepción de Asturias y las historias frustradas de amigos a los que el oso les había dado esquinazo durante años, ahí estaba el mío, sin apenas haberme sentado. Disparé las cámaras con las pulsaciones tan aceleradas, que las primeras fotos salieron movidas. No era un bicho grande, más bien pequeño que repentinamente se asustó y desapareció; me sentí culpable por unos instantes porque pensé que fue por el ruido de las cámaras, pero la verdadera razón era aún más interesante y tenía nombre propio: Ulises; un macho descomunal y oscuro se acercaba a paso firme. Para entonces estaba ya al borde del infarto; ¡¡no había visto un oso, sino dos en apenas unos minutos!! Sin quitarme ojo Ulises empezó a comer delante de mí con cara de pocos amigos. Al poco desapareció y aproveché para tranquilizarme porque estaba demasiado nervioso, pero la tregua duró poco porque el primero de ellos, el pequeño, volvió de nuevo a escena; luego supe que los biólogos lo bautizaron como Capuchino, posiblemente una hembra jovencita de pelaje manchado como un panda y de carácter impredecible.

En un pis-pas había visto osos y disparado 200 fotos. Ya me daba por satisfecho ¿acaso se podía pedir más?
¡Claro que sí! Quince minutos después era Lumikki quien asomaba las orejillas por el fondo del bosque. Es una hembra preciosa cuyo nombre en español significa Blancanieves, de pelo gris esponjoso, pero sospechosamente cauta. A diferencia de los anteriores, no se deja ver fácilmente y rara vez sale a espacios abiertos. Antes de dar un paso, se asegura de que no hay humanos ni otros osos por los alrededores. Esta osa no tarda en mostrar la razón de su cautela; detrás de ella y bien pegadas a su cola, aparecen dos pequeñas bolas de peluche ¡cielo santo, sus cachorros! uno muy clarito, casi blanco a quien los biólogos llaman Baby Lumikki y otra bola casi negra, de nombre Bjärven (un ser de la mitología escandinava). Son traviesos, inquietos y revoltosos, como los cachorros de cualquier mamífero europeo. Todo esto era ya demasiado.

Os presento a Capuchino. Un oso jóven de pelaje intermedio entre la población occidental europea (oscura) y la siberiana, mucho más clara. Es un auténtico trasto, travieso y desvergonzado oso, pero que ha sabido ganarse el corazón de todos los que hemos ido este año a ver osos al santuario de Ari. Pocos instantes después de hacer esta foto, trató de meterse en el hide a robarme la cena.

Mamá Lumikki con su cría Baby Lumikki. Solo en contadas ocasiones esta osa salía a espacios abiertos abandonando la seguridad del bosque. Todo un lujo verlos. Ojalá les vaya bien a los pequeños y superen el duro invierno que se les viene encima.

Los días posteriores trajeron osos en abundancia y emociones fuertes. En poco tiempo ya era capaz de reconocerlos y como cualquiera que haya estado allí antes que yo, llegué a empatizar tanto con cada uno de ellos, que sentía pena por lo dura que es su existencia. Tenían historias como nosotros, de relaciones buenas y malas; los había más afables y los había agresivos, tiernos, cómicos y gruñones.

Los osos pardos no solo han de luchar entre ellos para sobrevivir en la difícil taiga; también han de tener especial cuidado de no cruzarse con un ser humano cuando se alejen del santuario de Ari. El cambio climático tampoco se lo pone fácil; la falta gradual de nieve invernal hace que haya menos frutos silvestres de los que alimentarse, forzándoles a buscar comida en zonas peligrosas y cada vez les cuesta más acumular grasa suficiente para hibernar. A veces Lumikki o Capuchino encontraban comida delante de mi, pero tenían que irse rápidamente porque otro oso se aproximaba amenazante. Presenciar eso en directo llega a romper el corazón, porque el frío llama a la puerta y ni una ni otra han acumulado grasa suficiente para protegerse del horrible invierno ruso.

Los días, la soledad y las noches en vela hacen que mis relaciones con los osos se hayan estrechado al máximo. Después de tantas horas observándolos en su medio, casi me siento uno de ellos y ya huelo igual de mal. Una noche el enorme Ulises se echó a dormir recostado sobre la pared de mi hide, con unos ronquidos tan tremendos que apenas me dejaron conciliar el sueño. Días después me disponía tranquilamente a cenar un sándwich vegetal, cuando un golpe fuerte hizo temblar las frágiles paredes del hide; cuando me di la vuelta asustado para ver qué pasaba, resultó ser Capuchino levantada sobre sus patas traseras zarandeando y tratando de meterse meterse dentro para robarme la cena. Me dio un susto de muerte, pero cuando la reconocí solté una carcajada al ver cómo quería meter el hocico por la manga de las cámaras. Entonces le dije: -Capuchino chica, es mi cena, vete a buscar la tuya- y como si me hubiera entendido perfectamente, se bajo al suelo y se alejó decepcionada. No había desaparecido aún en la oscuridad, cuando los lobos comenzaron a aullar a mi espalda. El miedo no me dejó dormir hasta unas horas más tarde, ya amaneciendo, pero de nuevo volví a despertarme con unos ruidos extraños; era otra vez Capuchino, bañándose y jugando en el lago.

Y así transcurrieron las horas, una, otra y otra, viendo el mundo a través de una rendija acristalada. Un espía en la taiga. 

Este es Ulises merodeando uno de los hides de Ari.

Y esta es la hierba aplastada por Ulises cuando pasó la noche roncando apoyado sobre mi hide. No me dejó dormir.

Al cabo de los días había logrado fotos en buenas condiciones de luz de todos los osos de la zona, pero aún me quedaban los más esquivos: Lumikki y sus cachorros. Solo aparecían en horas de penumbra, cuando la oscuridad protege a los pequeños, hasta que por fin la última noche me regaló unos preciosos instantes con una luz de fábula, mientras las bolas de peluche se dedicaban a desenterrar lombrices y jugar delante de la cámara. La escena fue tan bonita, que lo celebré bailando de pie una canción de Adele, que estaba escuchando con el mp3. No es por bailar dentro de un hide; se puede bailar a Michael Jackson o incluso a Pitbull o Jenifer Lopéz, pero bailar con canciones de Adele puede ser señal de algo verdaderamente preocupante. Fue entonces cuando me di cuenta de que tal vez llevaba demasiado tiempo encerrado, sin más compañía que estos osos a los que terminé considerando mi familia. A veces creía incluso que me respondían cuando les hablaba y lo mismo me pasaba con las cámaras; y sí, aunque cueste reconocerlo también acabé hablando con las cámaras; le contaba a cada una lo bien que salían algunas fotos y hasta llegué a reprocharles cuando salían movidas. Mi carácter había cambiado y mi mente comenzaba a sufrir los trastornos psicológicos de un encierro prolongado a oscuras, semi-inmóvil y sin contacto con otros seres humanos.

Pero el tiempo pasa rápido cuando la felicidad juega en nuestro equipo y una semana después de que “Igor el ruso” me llevase hasta el hide, tocaba el turno de regresar a casa. Ari me devolvió al pequeño aeródromo en la frontera y a las pocas horas ya estaba de de regreso en España, como si todo esto hubiera sido un sueño. Tengo que confesar que no volveré a mirar a los osos de la misma forma; varios días conviviendo con ellos me han enseñado que sus emociones y sus problemas cotidianos no son tan diferentes de las nuestros.
A la mañana siguiente fui a la oficina por la mañana temprano como cualquier otro día. Mi compañero de mesa me dijo: “Hola, bienvenido, ¿sabes que un desalmado acaba de matar a tiros a un oso en Asturias? No pude soportarlo, me levanté para ir al cuarto de baño y lloré durante un rato.

Hace más de un mes que volví de la taiga, pero todavía me sigo preguntando si Capuchino siguió disfrutando de su baño en el lago, si Lumikki ha encontrado comida suficiente para que los nenes lleguen vivos a la primavera y si la cabeza de Ulises no acabará como un trofeo inerte, rellena con ojos de cristal y colgada en la pared de algún cazador adinerado.

En España tenemos aún unos 200 en libertad y no parece irles demasiado mal a pesar de la estupidez de quien es capaz de apretar un gatillo fácil. Quiero pensar que van a seguir estando ahí por un tiempo, porque no quiero vivir en un país sin osos; no soportaría perderlos.

Bueno, pues esta mole es Ulises. Impresiona ¿verdad? Pero es buena gente. Un día nos encontramos cara a cara de camino al hide; no sé quien de los dos tuvo más miedo.

Mamá Lumikki de nuevo tratando de quitarse de encima a las molestas cornejas cenicientas. Al fondo y bajo una buena lluvia, sus dos cachorros.

El chalao que se trajo 1.700 fotos de la taiga y que acabó medio loco bailando con osos una canción de Adele.  Si te encuentras con esto por algún rincón del mundo, corre, huye, aléjate o acabarás igual que él ;-)

6 comentarios :

  1. Maravilloso el relato y las fotos, como siempre.

    Cada día más enganchado a tu genial blog.

    Un fuerte abrazo.

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  2. Muy bueno, dan ganas de vivir algo así

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  3. Impresionante!!! Hay que ver cuántos pirados hay en el mundo (me incluyo en la lista). Gracias por compartir esos momentos y las excelentes fotografías.
    Si quieres ver osos en Asturias (aunque no será lo mismo) quizás pueda ayudarte.
    Un placer disfrutar de tu blog.

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  4. Me ha encantado la experiencia vivida, ¡yo también quiero! Gracias a Antonio Ruiz he descubierto tu blog, y creo que lo voy a seguir muy de cerca Surubis. Un saludo

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  5. Muchísimas gracias Antonio, MEC, Aitor y Victor. Un blog es bueno por la calidad humana de sus lectores. Puedo presumir. Mil gracias :-)

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