viernes, 18 de noviembre de 2016

Nadando con tiburones blancos fuera de la jaula o cómo ser un idiota integral

“No estamos locos, que sabemos lo que queremos, vive la vida igual que si fuera un sueño”. Esta canción de Ketama empezó a sonar en mi cabeza al escuchar la pregunta que acababa de hacer Mike; una pregunta que no quería que nos hiciesen y que desde hacía tiempo nos quitaba el sueño. Me temo que tenemos un serio problema, pensé. Pero antes de seguir con el relato, dejadme que os cuente quién es Mike y qué pintamos nosotros en todo esto.

Para mi se trata del bicho más fascinante del planeta. Bajo esa máscara asesina, en realidad se esconde una criatura tímida y curiosa, de una inteligencia extraordinaria. Esta foto está hecha dentro de una jaula en aguas sudafricanas. Es el Tiburón Blanco (Carcharodon carcharias), muy fácil de ver si se está en el lugar adecuado, justo donde nos encontramos hoy.

Mike Rutzen es un amigo mitad hombre, mitad tiburón blanco. Para muchos es una leyenda viva, uno de los seres humanos que mejor conocen a los tiburones en las distancias cortas. Para todos los que hemos trabajado con él, Mike es un pez condenado a vivir en un cuerpo humano y alguien que se encuentra más a gusto bajo el agua que entre las personas. Mike se la juega cada día, míralo en Youtube; no en vano su cuerpo está cosido a dentelladas recibidas a lo largo de su vida: rodillas, manos, codos,.., no hay hueco intacto en su piel. Que yo sepa, es además una de las tres únicas personas que nadan en mar abierto agarrados a la aleta de un blanco y el primer humano en filmar el ataque de un tiburon desde el fondo.

Este es el aspecto de un tiburón blanco, cara a cara, desde dentro de la jaula en aguas del Atlántico Sur. Son aguas turbias debido a la enorme riqueza planctónica. No ves nada y, de repente, ¡¡zas!! los tienes encima.

Nuestro hombre regenta en Sudáfrica su propio negocio de cage-diving, o lo que es lo mismo, de observación de tiburones blancos desde una jaula. En la actualidad la jaula flota en el agua y tiene cabida para cinco buceadores, que se sumergen cuando el tiburón embiste el cebo. No se utilizan botella ni tubo (o snorkel), tan solo un neopreno para aguantar las frías aguas del extremo sur de África. Las actividades turísticas parten en su mayoría de la pequeña y acogedora localidad de Gansbaai, a un par de horas en coche desde Ciudad del Cabo. Desde su muelle salen las embarcaciones hacia la cercana Isla Dyer y Geyser Rock, un santuario de fauna marina estrictamente protegido por el gobierno sudafricano, por acoger importantes colonias de aves y la brutal cantidad de 60.000 leones marinos. Este último detalle no pasa desapercibido para los tiburones, quienes concentran aquí las mayores densidades conocidas. Los blancos patrullan día y noche, de forma que todo león que quiera entrar o salir de la isla, ha de arriesgarse a atravesar la barrera de escualos, que aguardan desde el fondo para lanzarse sobre toda criatura que se les ponga a tiro en superficie, atacando generalmente de abajo a arriba como un torpedo. Por eso Dyer es conocida como el McDonald's mundial del tiburón blanco y desde luego hay buenas razones para ello; si quieres suicidarte bañándote en el mar, este es el lugar más indicado para hacerlo de una manera rápida y con algo de glamur.

La Isla Dyer y Geyser Rock conforman una reserva marina, un santuario de fauna a pocas millas de Gansbaai, donde se concentran varias decenas de miles de leones marinos, la presa favorita de los blancos. Está completamente prohibido acercarse a ellas y más aún tocar tierra. Nos ofrecieron una oportinidad única para hacerlo legalmente, que no podíamos dejar escapar. La gaviota de la foto es la interesantísima Gaviota de Hartlaub (Chroicocephalus hartlaubii), endémica de esas costas y muy fácil de ver.

Un aspecto de la colonia de Leones Marinos del Cabo (Arctocephalus pusillus) de Dyer. Las densidades de tiburones blancos en estas aguas son las mayores conocidas. Los blancos nadan alrededor de la isla formando una barrera infranqueable que las presas han de atravesar para entrar o salir, y han de hacerlo varias veces cada día para pescar y alimentar a las crías.

Un aspecto de la vida rutinaria en la colonia de leones marinos de Dyer y Geyser Rock, el McDonald's del tiburón blanco.

Un barco de cage diving se acerca a Dyer tras una inmersión en jaula. Estar aquí es una de las sensaciones más fantásticas que podemos experimentar Viajando a Ver Bichos. 

Conocimos a Mike a primeros de la década pasada, cuando nos embarcamos en un proyecto para llevar gente desde España a bucear en jaula en Dyer. Allí conocimos a la práctica totalidad de los diferentes operadores turísticos. Los peores no solo ponen en peligro la vida de los tiburones, sino también la de los propios buceadores; por el contrario, los mejores hacen conservación con mayúsculas y además velan celosamente por la seguridad de sus clientes. Mike es el mejor de todos y hemos afianzado una relación profesional que nos ha llevado hasta Gansbaai varias veces por año durante una década. Mike impartía además el único curso de buceo PADI especializado en tiburones blancos, donde enseña de primera mano las pautas a seguir cuando nadas junto a estos formidables bichos. Un curso que no te puedes perder y menos si lo imparte alguién como él.

Y este es Mike Rutzen, mitad pez, mitad persona. No tengo la más mínima duda de que es uno de los que mejor conocen a los tiburones blancos. Leyenda para unos, loco para otros, es un privilegio bucear y aprender con él sobre estas fascinantes bestias marinas.

Hemos buceado con tiburones blancos de muchas formas posibles, desde el interior de las endebles cestas individuales de los años 90, hasta las sólidas jaulas múltiples actuales y en todas las estaciones del año. Hasta hemos buceado con botella fuera de la jaula, protegidos por el bosque de Kelp, donde los tiburones no pueden acceder por su enorme tamaño. A veces las agitadas aguas del Átlántico Sur nos han ocasionado algún que otro susto; en 2007 denunciamos a una de las empresas por arriesgar la vida de los clientes de manera innecesaria; al año siguiente tuvieron un accidente por la misma razón, muriendo tres personas dentro de la jaula. Afortunadamente Mike sabe lo que hacer y eso ha hecho que pasemos muchas horas con sus tiburones.

Paulino nos hizo esta foto a punto de sumergirnos en una zona segura, donde los tiburones no pueden acceder porque los tallos del las algas del kelp los mantienen a raya. De izquierda a derecha: Mike, Mari Chumin, Eva, Rafa, yo y Frankie. Esta inmersión es muy divertida; bajamos una red con sardinas en su interior para atraer a tiburones pequeños, que se dejan acariciar y manipular. Algunos se pegan entre ellos para lograr un buen sitio y ser rascados en la panza por los buceadores, hasta quedarse completamente dormidos.

Si eres una persona normal, bucear en jaula da miedo al principio; al menos yo estaba aterrado cuando me sumergí por primera vez. No dormí la noche anterior, imaginando las escenas de la famosa película de tiburón y viéndome dentro de las fauces de esos demonios. Pero en realidad los demonios solo estaban en mi ignorancia, porque una vez bajo el agua solo encontré paz, que se transformó en fascinación cuando apareció a escasos cm de mi cara la criatura más potente del planeta. El tiburón se acerca y te inspecciona; te observa con su enorme ojo negro y enseguida te das cuenta de que no se trata de bestias sedientas de sangre, sino de seres mágicos asombrosamente inteligentes y curiosos.

El ojo del tiburón blanco todo lo ve. No hay detalle por pequeño que sea que escape a su control, ya sea dentro o fuera del agua. Cuando cruzas la mirada con estos bichos, desaparece el miedo, dando lugar a una increíble sensación de armonía. Como sé que no te lo crees, sencillamente ven y pruébalo. 

Pero volvamos a nuestra historia y la dichosa pregunta. De nuevo vuelve a la cabeza la misma canción “...No estamos locos, que sabemos lo que queremos, vive la vida igual que si fuera un sueño” Wanna have one go out of the cage?¿Os atrevéis a bucear en la isla sin la protección de la jaula? Esta es la pregunta que Mike nos acababa de hacer y que no queríamos escuchar, pero era solo cuestión de tiempo que la oferta acabara encima de la mesa. Hay que tomar una decisión importante y como muchas cosas de la vida, la respuesta va a marcar de alguna manera el resto de las nuestras. Decirle que no, suponía renunciar al sueño de todo amante de los tiburones y desperdiciar una oportunidad de oro para la que había recibido un permiso especial de las autoridades; no todo el mundo puede bucear con Mike en Dyer rodeado de tiburones blancos; en realidad no todo el mundo puede bucear en Dyer, porque está terminantemente prohibido por ser espacio protegido y por la seguridad del propio buceador. Pero obviamente decir que sí entraña un riesgo real, una locura para la que no estamos preparados. No es lo mismo verlos desde la jaula, que hacer el idiota jugándotela en estas aguas.

Acordamos darle una respuesta al día siguiente y esa misma noche debatimos el asunto ayudados por unas rondas de la cerveza local "Birkenhead", en honor al barco del mismo nombre que naufragó en Gansbaai y del que una buena parte de sus tripulantes acabo en los dientes de los tiburones blancos. La conversación marchaba por el sendero de la sensatez, predominando el ya conocido “no es no”, argumentándolo en las dramáticas historias del desgraciado barco y sus marineros, hasta que impulsado por las alas del alcohol alguien dijo: ¿a qué no hay huevos? De pronto se hizo el silencio, nos miramos y entonces afloró ese gen estúpido que portamos los nacidos entre Pirineos y Tarifa. Creo que es lo peor que se le puede decir a un hispano bebido, porque es fácil deducir cuál fue la postura final. A la mañana siguiente la decisión ya estaba tomada: en contra del sentido común bucearíamos entre tiburones fuera de la jaula, porque nadie quería cargar con la vergüenza de dar el primer paso atrás. Aunque estaba aterrado por la idea, pensé que lo mejor era dejarse llevar por el destino y por la canción de Ketama: vivir la vida igual que si fuera un sueño.

Y por esta razón absurda nos encontramos ahora mismo a bordo del Barracuda, el barco de Mike, con la proa puesta en Dyer pero esta vez sin jaula. Se han unido a nosotros tres buzos de la Royal Navy, que vuelven de una misión para combatir la piratería somalí en el Mar Rojo. Ellos bucearán con botella, porque es más seguro; generalmente los tiburones no atacan en el fondo, ya que pierden velocidad y el factor sorpresa. Sin embargo nosotros seremos dianas fáciles: tenemos que permanecer en la superficie con snorkel, porque dos personas del grupo no tienen título de buceo; haremos el más difícil todavía.

Al cabo de unos minutos de navegación en una mañana fria del invierno sur-atlántico, notamos que hemos llegado a Dyer por el olor nauseabundo de la colonia de leones marinos, una mezcla entre pescado podrido y orines rancios en una calle de botellón. Es precisamente este olor putrefacto lo que vuelve locos a los tiburones, que ya vemos nadar lentamente a un lado y otro del casco del barco. La mayor parte de ellos no llegan a los cuatro metros, aunque el miedo hace que nos parezcan enormes.

Hay nervios antes de sumergirnos en Dyer. Nos colocamos los neoprenos para experimentar una de las aventuras más impresionantes: bucear fuera de la jaula en las aguas de la isla. No es algo que se pueda hacer a menudo,..., ni se deba.

Cerca de la isla los tiburones merodean los costados del barco.

Richi suelta el ancla a 200m de las rocas y unos tres metros de profundidad, en un punto que teóricamente los tiburones de mayor tamaño no suelen frecuentar. Mike y su hermano Frankie se enfundan los trajes y se equipan con fusiles. El plan es movernos juntos en bloque por la superficie, para que los tiburones vean una gran masa compacta difícil de atacar, protegida en sus flancos por los afilados arpones de los Rutzen. Así nadaremos hasta la isla. Una vez allí, descansaremos en suelo firme entre miles de focas y aves marinas y posteriormente regresaremos nadando al barco. El plan es genial, salvo por el pequeño detalle de los tiburones. Son solo 200m los que nos separan de la isla, pero hoy parece una distancia interminable.

Ya estamos todos en el agua y a una señal de Mike nos encaminamos hacia la isla. Nunca había nadado tan pegado a mis compañeros; apenas podemos avanzar sin golpearnos en la cara con las aletas o los brazos del vecino. Nadie se quiere separar ni ponérselo fácil a los tiburones, pero así no avanzamos. La visibilidad en el agua es muy mala, de 1,5m, lo que hace que si viene el tiburón, lo veremos cuando ya lo tengamos encima y sin margen de maniobra. Mike nos detiene y nos dice que dejemos de lado al miedo, que sencillamente disfrutemos la inmersión y nademos más relajados. Él ni siquiera tiene frío, está tranquilo aunque claro, él lleva el fusil y muchos años de experiencia. Compruebo que mi gente está bien y decidimos reanudar la marcha porque somos blanco fácil desde abajo, para entrar en calor y alcanzar la isla cuanto antes. Mike va primero y yo cierro por detrás, mientras que Frankie se ha pegado a la derecha para controlar un tiburón no muy grande que se acerca por su lado.

Y allá vamos, apelotonados como sardinas, que sea lo que Dios quiera.

Mike tenía razón; a los pocos segundos ya no sentimos miedo, todo es mágico. Los leones marinos nos envuelven como en una nube, aparecen por todas partes, suben bajan, vienen, van, saltan por encima de nosotros y hay tantos que pierdo de vista a mi gente porque se meten a jugar entre nosotros tirándonos de las aletas, mordisqueando la máscara y el tubo y rozándose con los neoprenos. Se mueven a una velocidad vertiginosa, mientras que el grupo apenas puede avanzar por la corriente. Creo que son los momentos más asombrosos que he vivido como buceador, pero duran bien poco. De repente, como llevados por el diablo, todos desaparecen a la vez a la velocidad del rayo y volvemos a quedarnos solos, con la diferencia de que ahora no consigo ver a Mike ni a su hermano. Ahora sí siento miedo y estoy a punto de entrar en pánico, porque otras veces he visto que los leones solo huyen a la desbandada cuando tienen una buena razón: ha venido el tiburón y si este tiene que escoger entre un rápido león o un patoso humano, la elección es clara. Sigo sin ver a Mike y lo que es aún peor, ahora no veo a tres de mis amigos. Un tiburón ha pasado cerca, pero no puede entrarme desde abajo porque hay poca profundidad para un ataque; si viene, tendrá que hacerlo de frente, o al menos eso espero. Estoy angustiado, aunque por suerte las rocas ya están cerca. Avanzo un poco más y de nuevo volvemos a estar invadidos por otro grupo de jóvenes leones, que se entremezclan con nosotros visiblemente atraídos por los neoprenos y las máscaras de buceo. Menos mal, siento un alivio indescriptible, mientras maldigo el momento en que decidimos hacer esta tontería y, sobre todo, por tomar la decisión en base únicamente a los niveles de testosterona. Al menos no veo tiburones, aunque sé con seguridad que los tenemos al lado porque habia dos merodeando cerca del grupo. La sensación de saber que están ahi y nos ven pero nosotros no podemos verlos, es bastante estresante.

A los pocos minutos de iniciar la inmersión, los leones marinos se agolpan en torno a nosotros con enorme curiosidad. Juegan mordisqueando las gafas y aletas, rozándose con el neopreno, empujándo y cortando el paso. Son extraordinariamente traviesos y juguetones. Su agilidad bajo el agua hace imposible pensar que un tiburón pueda darles caza, pero lo hacen y además bastante bien.

Así es como se ve un tiburón blanco en las turbias aguas de Dyer. Solo lo ves cuando lo tienes encima, con muy poco margen de maniobra comparado con otros lugares del mundo donde se bucea con esta especie. Afortunadamente vimos pocos en esta inmersión alocada fuera de la jaula, pero fueron suficientes.

Los endiablados leones marinos no dejan de meterse en medio y tratar de quitarte la máscara y el tubo. A veces dan unos sustos tremendos, porque no te los esperas. Posteriormente descubrimos que se entremezclan con nosotros no solo por juego, sino también para utilizarnos como escudos en caso de aproximarse un tiburón. 

Por fin doy un golpe de aleta y noto las rocas de Dyer ¡Hemos llegado, lo logramos! Nos reunimos todos y nos miramos unos a otros, diciéndonos muchas cosas sin palabras, mitad asombro por el espectáculo natural y mitad subidón de adrenalina por el momento. Dyer es realmente un santuario, la Capilla Sixtina de una vida salvaje que rezuma en este rincón del Atlántico Sur. Hay fauna por todas partes y a miles. Mike nos ha estado observando desde la distancia, y tras un breve descanso para tomar aire nos hace una señal para volver al Barracuda. No debemos molestar a los bichos de la isla, donde somos unos intrusos. De nuevo repetimos el procedimiento: todos juntos, comprobamos el ok de cada uno, los últimos consejos de seguridad y al agua.

Todo marcha bien, hasta que a medio camino oigo gritos de socorro. Es Eva, que está detrás de mi; por un instante pienso lo peor, pero afortunadamente no se trata del ataque de un tiburón; se ha quedado atrapada entre las rocas y no puede moverse ¡joder no! Nos quedaba muy poco para llegar al barco y no me había dado cuenta de que se había rezagado; alguien tiene que ir a ayudarla. Como soy el último del grupo, doy media vuelta y regreso a la isla para sacarla de allí, pero esta vez he de ir solo y a toda la velocidad que puedo, porque tengo miedo y ella está muy nerviosa. Con un poco de esfuerzo conseguimos salir de las rocas y volvemos al barco bien agarrados de la mano, sin soltarnos un instante. El resto de la gente está ya a salvo en cubierta, menos Mike, que disfruta solo en el agua picando y subiendo como cualquier otro león marino. Pero al final lo logramos. Subimos a bordo y entonces nos abrazamos y empezamos a gritar para soltar adrenalina ¡¡Uff!! Tal vez esta locura no ha sido la mejor idea, pero una vez hecha no nos arrepentimos.




Hemos llegado a tierra firme, eso sí, siempre entre el acoso constante de los traviesos leones marinos. Este santuario es un templo de biodiversidad marina, un refugio en el Atlántico Sur que nadie debiera perderse. 

Ya de regreso al barco. Estamos a punto de culminar lo que ha sido una de las experiencias más adrenalínicas. Aún así todavía queda lo más complicado, nadar en aguas donde la profundidad permite al tiburón atacar a la presa desde abajo y esta vez la presa podemos ser nosotros.

¡¡¡Lo logramos!!! Por fin veo lo que quería ver, las manos que nos van a sacar fuera del agua, hacia la seguridad de la cubierta. Aún así, ha merecido la pena. Prueba superada.

Ya de vuelta en España, en casa de un amigo vi un programa de televisión donde un presentador llamado Callejo o algo parecido, se sumergía “intrépidamente” en una jaula múltiple pegada al costado del barco y fuera de la jaula resguardado por el kelp. Él lo mostraba en pantalla de forma sensacionalista, como una actividad heroica y viril, de alto riesgo. Mi amigo me dijo que el presentador es alguien famoso en nuestro país, como presentador de programas de acción extrema. No veo TV, ni la necesito, ni la tengo en mi casa, precisamente para no tener que ver cosas como estas. No es bueno mentir para arañar índices de audiencia y hacer dinero. Los tiburones blancos no son asesinos ni fieras despiadadas, porque si lo fueran nos habrían matado sin el más mínimo esfuerzo nada más entrar en las infestadas aguas de Dyer.

Pedro y yo celebramos la inmersión. Hemos cruzado nadando en superficie la distancia que separa el Barracuda de Dyer y hemos logrado volver de una pieza, rodeados de tiburones blancos y acosados por los leones marinos. 

Al cabo de unas semanas y tras un tiempo de reflexión, llamé de nuevo a Mike para organizar el siguiente viaje. Habíamos tenido tiempo para meditar lo que habíamos hecho y quisimos hacer un pacto que prometimos no romper: esto había estado genial, mucha adrenalina, pero nunca, nunca más volveré a bucear fuera de la jaula en la Isla Dyer, ni Mike volverá a preguntarlo.

“No estamos locos, que sabemos lo que queremos, vive la vida igual que si fuera un sueño”

Reflexión final: si bebes, no decidas,..., ¿o tal vez sí?

Mike y yo. No solo es que él sea alto, sino que yo soy bajito.

1 comentario :

  1. Maravilloso, Dr. Fajardo, maravilloso, maravilloso...

    Creo que he pasado más cague que tú leyéndote. Casi que me pilla a mí el tiburón. Además de esta loca aventura, creo que tuvo que ser alucinando nadar entre lobos marinos. Menudo perraco estás hecho, Iñigo... nadando con lobos, delfines, atunes... ¡menudo curriculum!

    Un fuerte abrazo.

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