jueves, 23 de febrero de 2017

Una expedición maldita y un amor desesperado

Nadie podía imaginar que aquella expedición a los confines del hielo acabaría en tragedia. No lo lograron y a pesar de su misteriosa desaparición, nos legaron un tesoro en conocimiento científico y una de las historias de amor más apasionadas. El Ártico es un enorme panteón de exploradores ilustres y anónimos, además de un imán irresistible para mentes inquietas. Aventuras y a veces la muerte han perseguido a quienes han roto las barreras de la sensatez para adentrase en el reino congelado, personas que se rigen por un código de vida diferente al resto. Te invitamos a conocer una de las historias más fascinantes que puedan ser contadas.

Hace ya unos años desde que embarqué en un rompehielos en mi primer viaje al Ártico; un lugar mágico, que embruja igual que el canto de las sirenas. Mientras nos refugiábamos en el barco capeando un temporal en el mar de Barents, escuché una vieja historia de boca de una científica alemana curtida en expediciones polares, una historia que desde entonces no he conseguido quitarme de la cabeza.

Las regiones polares están lejos de todas partes y cerca de ninguna. Por eso son un verdadero imán para las mentes inquietas. Son reinos condenados a desaparecer porque su esencia, el hielo, se desvanece. 

“...Tuvo que esperar hasta cumplir los 43, pero al fin Andree Salomon vivía su gran sueño: partía el día 11 de julio de 1897 en el globo aerostático Ömen (El Águila) para intentar alcanzar por aire el Polo Norte geográfico. La iniciativa científica nacía por todo lo alto, promovida nada menos que por la Real Academia Sueca de Ciencias. Escogieron como punto de partida a Danskøn, una pequeña isla al Oeste del Archipiélago de Svalbard, muy por encima del Círculo Polar Árctico. Sus dos compañeros de viaje eran otro par de soñadores, el ingeniero Knut Fraenkel y el fotógrafo y meteorólogo Nils Strindberg, nombres que han quedado para la historia de las exploraciones científicas.

Los aventureros dejaban atrás a un país entero pendiente de la arriesgada hazaña y a sus peculiares patrocinadores, el afamado Alfred Nobel y Oscar II, Rey de Suecia. Pero la fama no era lo único importante; en realidad Andree soñaba con regresar a casa cuanto antes porque le esperaba el mayor aliciente de su vida, una mujer, con la que le unía una de las historias de amor más apasionadas. Se decía que no había dos personas más unidas ni amor más verdadero y así su romance trascendió los límites de la compostura en la Suecia de finales del S.XIX. Antes de la partida, la locura les llevó a hacer un pacto de amor que les vincularía físicamente para la eternidad: después de morir sus corazones serían enterrados juntos...
...pero Andree no regresó de aquel fatídico viaje, ni tampoco lo hicieron Knut y Nils. Nadie volvió a saber de ellos...y una mujer destrozada quedó esperando noticias de su amado, como en la triste canción de Maná “En el muelle de San Blas”.

Fueron pasando las semanas desde que “El Águila” partió de Danskøn rumbo al norte, sin noticia alguna de su paradero. Las 36 palomas mensajeras que portaban para comunicarse con el mundo civilizado, perecieron congeladas sin llegar a entregar los mensajes de auxilio que lanzaron cuando empezaron los problemas. Transcurrieron los meses y luego los años y con el tiempo se desvanecieron todas las esperanzas de conocer qué pasó con aquellos hombres de ciencia. La gran aventura había terminado. El Ártico volvía a cobrarse su tributo y el hielo sumaba tres más a la interminable lista de nombres propios que no regresarían jamás, como si se tratase de una tierra condenada por una profecía maldita. Aunque fuera a costa de sus vidas, los nombres de Salomon, Strindberg y Fraenkel quedaron grabados en letras de oro por osar arrebatarle a la naturaleza uno de los secretos más celosamente guardados, como son las regiones polares.

La gente que vive allí arriba o allí abajo dicen que a los polos solo se va de paso o a morir. Nos es una vida facil y como ellos mismos dicen, ni siquiera es vida. Pero una cosa es cierta: pocos lugares están tan cargados de leyenda como el Ártico y el Antártico.

Por misterioso que parezca, muy pocas expediciones polares han aportado a la ciencia la valiosa cantidad y calidad de información científica, mapas y fotografías que nuestros tres protagonistas legaron tras desaparecer. Los datos que obtuvieron hace más de cien años son hoy una referencia obligada y se han revelado altamente precisos para poder evaluar la evolución del hielo con el cambio climático. Pero ¿cómo podemos conocer todo eso si no regresaron para contarlo?

Como decimos el Ártico se ha cobrado muchas vidas humanas y lo más seguro es que lo siga haciendo. Una de las más sonadas es la del mismísimo Roald Amundsen, el primer humano que alcanzó por primera vez el Polo Sur y uno de las pocos que ha puesto el pie en ambos polos. Al igual que Andree, también Amundsen escogió las Svalbard como punto de partida para llegar al Polo Norte, esta vez desde la base científica de Ny-Ålesund, en el paralelo 79ºN. Actualmente en ese sitio hay una estatua conmemorativa, que es venerada por los fanáticos de la exploración polar.

La base científica del Ártico, Ny Alesund, en el paralelo 79 presume de ser la población humana permanente más septentrional del planeta. De allí partió Roald Amundsen a su conquista del Polo Norte, hecho recordado por este monumento en su honor.

Para sus compatriotas Amundsen es un héroe nacional y sus expediciones no carecían de nada. Estas son cuchillas de afeitar hechas especialmente para sus campañas en el Polo Sur. Puedes disfrutar con todo este material en el museo donde se conserva incluso el barco con el que alcanzó el Antártico y desde sus costas atacar el Polo Sur, arrebatándole a Scot el mérito de haber sido el primer humano en pisarlo. Oslo, Museo del Fram. No te lo puedes perder.

Solo verla estremece. Es la cámara de Amundsen. Con esta máquina hizo las fotos al alcanzar el Polo Sur por primera vez en la historia de la humanidad. Está en el mismo museo.

Varias expediciones exitosas acreditaban al noruego como el mayor experto en la región, aunque de nada le valió para esquivar la muerte durante la simple operación de rescate de un ingeniero y explorador italiano accidentado llamado Humberto Nobile. En 1.928 el hidroavión de auxilio de Amundsen desapareció en Svalbard cuando sobrevolaba Bjørnøya o Isla del Oso. Su cuerpo no pudo ser encontrado, ni tampoco los restos de la aeronave, aunque sí apareció un salvavidas del aparato cerca de la costa. La paradoja es que Nobile y Amundsen se odiaban a muerte, porque ambos se disputaban de manera encarnizada ser los primeros en llegar al Polo Norte por aire. A la hora de la verdad, cuando el italiano sufrió el accidente y pidió ayuda a la desesperada, nadie tuvo el valor suficiente para ir a rescatarle; nadie excepto su peor enemigo, que llevado por el código de honor de los exploradores (y hay quien dice también que para tocarle un poco las narices) se presentó como único voluntario para traerlo de vuelta a casa. Pero fue Amundsen quien encontró la muerte (y también la leyenda), mientras que el italiano consiguió regresar con vida por otros medios, aunque sin la gloria reservada a los grandes exploradores.

Todavía hoy la marina real noruega sigue buscando los restos del hidroavión y de su gran héroe nacional; cada palmo del Océano Glacial Ártico y Mar de Barents son constantemente escaneados mediante sonar en busca de cualquier pista (y también de submarinos rusos que deambulan por donde no deben), aunque por el momento ni la más moderna tecnología ha conseguido arrebatarle al hielo a uno de sus más ilustres prisioneros.
Las Svalbard hechizaban a los exploradores más intrépidos de finales del XIX, igual que hacen hoy en día, ¿por qué ese lugar se convertía una y otra vez en punto de partida -y a veces también en la tumba- de viajeros experimentados? Os lo contaré en otro capítulo del blog, porque lo flipas.





Varias imágenes de Svalbard. Las expediciones al archipiélago son una de las mejores opciones para tomar contacto por primera vez con las tierras polares. Si bien el clima es hostil en su parte oriental (un infierno para ser exactos), la parte occidental es un poco más llevadera. Te vas a hartar de ver bichos, aunque te vas a quedar con la boca abierta casi de forma permanente por la espectacularidad de sus paisajes.

Pero dejemos de lado hoy al Gran Amundsen y volvamos con los amoríos y tragedias de Andree Salomón y sus amigos, porque aún no os hemos contado lo más interesante. Bien entrado el siglo siguiente y cuando la malograda aventura ya estaba completamente olvidada, la casualidad quiso que el verano de 1.930 fuera especialmente cálido en el Polo Norte. Un pesquero ruso se percató de que las altas temperaturas habían derretido una parte de la banquisa por primera vez en décadas, despejando un pequeño acceso por mar hasta las islas más orientales. Aprovechando esta inusual circunstancia, los noruegos se lanzaron a la exploración de una región remota y casi desconocida y así la expedición Bratvaag, ponía pie en la pequeña isla de Kvitøya (Isla Blanca), en el NE del archipiélago y allí sucedió algo extraordinario. Una vez en tierra se sintieron extrañados por unos misteriosos restos de metal que sobresalían ocultos bajo una capa de nieve y locos de la curiosidad, procedieron a sacar a la luz una misteriosa estructura. A las pocas horas se toparon con una placa grabada, en la que todavía se podía leer: “Expedición Polar de Andree, 1.896” y a su lado lo que parecía ser un pequeño cobertizo y una lápida cincelada a mano. Bajo la lápida había un cadáver que vestía ropas viejas y desgastadas, con un nombre bordado a mano que aún era legible: Nils Strindberg, que fue el primero en morir. Sin haberse recuperado del impacto de haber encontrado, por fin, a la expedición perdida, siguieron retirando nieve y hielo a marchas forzadas, hasta que llegaron a otra cámara que contenía otros dos cuerpos, el de Fraenkel y, tristemente, el del enamorado Salomon. El hallazgo se completó con abundante material científico, cámaras fotográficas con carretes gastados, mapas elaborados a mano, esquemas, dibujos y lo más valioso: un diario/testamento muy completo, escrito a sabiendas de que les aguardaba una muerte segura. Unos 500km al NE del punto de partida y más de tres décadas después de la tragedia vivida por los tres exploradores suecos, por fin se encontraban respuestas. Las penurias y calamidades que sufrieron cuando el Omen levantó el vuelo rumbo al Norte, quedaron entonces al descubierto. Sus crónicas describen que llegaron a sufrir diarrea y fuertes alucinaciones durante las semanas anteriores a la muerte, lo que les condujo a la locura. Hoy sabemos que posiblemente los trastornos fueron consecuencia de la triquinosis, enfermedad que contrajeron por alimentarse de carne de oso polar contaminada.

Muchos de los exploradores, balleneros y tramperos que se atrevieron a pasar un tiempo en Svalbard, construyeron cabañas rudimentarias para sobrevivir. Sin embargo la crudeza del entorno acabó borrando todo atisbo de vida humana. Hoy estos vestigios son considerados patrimonio histórico y puedes verlos tal cual lo dejaron sus pobladores. En muchas de estas se encuentran incluso sus cuerpos cubiertos de piedras para evitar que los osos polares los desentierren.

La crueldad con la que el Ártico acostumbra a tratar a los intrusos, les abocó a un cúmulo de fatalidades que sentenciaron a los tres intrépidos a un final que no entraba en sus planes, pero también forjó una leyenda. Al parecer el globo tuvo fugas de gas y acabó cayendo definitivamente sobre la placa de hielo, mucho antes de alcanzar el polo y después de haber soltado lastre para evitar lo que era ya una catástrofe insalvable. Cuando vieron que el final estaba cerca, dejaron toda la documentación ordenada y las cámaras fotográficas empaquetadas para que alguien pudiera rescatarlas en el futuro. Tal y como predijeron, se revelaron las fotografías en un laboratorio de Estocolmo, aunque décadas después de ser tomadas, dejando boquiabiertos a las personas que por primera vez pudieron ver gráficamente lo que había sucedido.
Las noticias del hallazgo llegaron demasiado tarde para la persona que durante tantos años había soñado con el regreso de Andree; para entonces ya había muerto, sin que su nombre haya pasado a la historia. Consumida y sola, la mujer se vio obligada a unirse a un ciudadano americano y se marchó con él a EEUU en un último intento de rehacer su vida, aunque no pudo superarlo y al poco tiempo murió sumida en una enorme tristeza.
Pero ya sea de una manera u otra, el amor verdadero lo puede todo. El país entero quiso rendir un último homenaje a los amantes polares; recordaron entonces el juramento e cumplieron el pacto de amor que les vinculaba para siempre. En medio de grandes honores, los cuerpos de los tres expedicionarios recibieron sepultura, con la salvedad del corazón de Andree, que fue extraído y trasladado a Estados Unidos para ser enterrado con su amada.

Hoy, los efectos personales de la expedición son objeto de veneración en el museo de la localidad natal de Salomon, Granna….”
Y así la curtida científica alemana terminó su relato a bordo del rompehielos, logrando que los asustados como yo olvidásemos aquella tormenta en Barents.

Según la creencia, todavía hoy los espíritus indómitos de Andree, Strindberg, Fraenkel y Amundsen vagan libremente por Svalbard e incluso algunos creen reconocer sus voces entre los glaciares, narrando al viento sus desdichas en el Reino Blanco.
Después de escuchar esta historia me asaltó la duda ¿Hizo bien Salomon en ir a cumplir el sueño de su vida, aún a expensas de romper el de la persona a la que amaba? ¿Debió haberse quedado con ella? ¿Qué piensas tú?
Yo creo que de alguna manera él sabía que no volvería, pero esto solo una suposición mía.

PD. Esta va por mi hermano Luis, él sabe por qué. Él nunca habría dejado atrás a la persona que quiere.

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