sábado, 25 de marzo de 2017

Tras las huellas de Kaingo. Rastreando leopardos

Salir a buscar leopardos mediante el rastreo de sus huellas es una de las experiencias más alucinantes. No se trata simplemente de identificar sus rastros y seguirlos hasta localizarlos, sino de un verdadero reto que pone a prueba todos los sentidos...y la paciencia. No en vano hablamos de uno de los felinos más astutos del planeta, capaz de pasar desapercibido incluso para los más consumados especialístas. Representan la esencia del sigilo, aparecen de la nada y se esfuman en segundos. Si lo dudas, es que nunca te has cruzado con uno. Nos vamos a buscar a Kaingo.

Danger es un ranger de la ZAWA y uno de los protagonistas de hoy. Uno de los mejores rastreadores de fauna que he conocido y la persona con más sangre fría manejando un rifle. Le vi aguantar la carga de un hipopótamo sin pestañear; solo dispara si es estrictamente necesario. 

Cada día escuchábamos nuevas historias y aventuras sobrecogedoras con leopardos de boca de guías y rastreadores, de cómo el gato había herido gravemente a rangers experimentados, sin que apenas hubieran tenido tiempo de ver lo que se les venía encima, o cómo el animal aparecía y desaparecía como por arte de magia delante de sus mismas narices. Decenas de historias, a veces engrandecidas por la leyenda, pero que dejaban entrever un ser fascinante objeto de veneración. El mito iba creciendo por momentos y también las ganas verlo. Hacíamos safaris y caminatas y veíamos leones por todas partes y también hienas, chacales dorados, de lomo negro, guepardos, zorros orejudos, pero ni rastro del misterioso leopardo, a pesar de que estábamos en el lugar más idóneo.

Una mañana, después de desayunar levantamos las tiendas en el campamento de Satara, para poner rumbo a la frontera con Mozambique, en el corazón del Kruger. A los pocos minutos de partir JR pegó un respingo del asiento y gritó con los ojos desencajados ¡¡leopard!! A escasos metros a la derecha del coche, un gato descomunal caminaba lentamente en paralelo al coche, mirándonos con indiferencia. Daryl el conductor detuvo la marcha para dejarnos disfrutar el momento. Cuando menos lo esperamos y siempre surgiendo de la nada, por fin tuvimos nuestro premio. No duró mucho, unos pocos segundos tal vez, hasta que sin esfuerzo desapareció con la agilidad del aire. Fueron apenas unos instantes, pero bastaron porque aún seguimos recordando aquellos pasos sigilosos y furtivos entre la hierba.

Un leopardo (Panthera pardus, grado de dificultad medio o muy difícil, según el lugar) se deja ver entre la hierba. Afortunadamente aún hoy su área de distribución es amplia y son numerosos los espacios protegidos que acogen buenas poblaciones.

Pero como os hemos contado en los capítulos dedicados a cómo organizar un safari, la afrinalina es altamente adictiva y el kruger sudafricano no consiguió saciar la sed de África. Fueron cayendo otros lugares legendarios del África negra: Kalahari, El Cabo, South Luangwa, Chobe, Moremi, Savuti, Caprivi, Huangwe, Matopos, Serengueti, Masai Mara, Nakuru, Nairobi, Samburu, Monte Kenia, Tsavo, Okavango, Majadigjadi, Amboseli, Queen Elithabeth, Murchinson, Kibale, Bwuindi, Mburo, Victoria, …, e incluso otros del subcontinente indio como Bandaghgarth. Cada uno de ellos acoge buenas poblaciones de leopardo y son lugares de excepción para escaparse y rastrearlos en su medio.

Una hembra y su cachorro a orillas del Río Luangwa, en Zambia, uno de los mejores lugares para disfrutar de una buena jornada de rastreo.

Aunque nos evoca a África, también hay leopardos en Asia. Sorprendimos a esta hembra sesteando sobre la arena del camino en el Parque Nacional indio de Bandhavgarh. Son más rechonchos que los africanos y más escurridizos, puesto que los tigres no dudan en matarlos si se encuentran cara a cara.

La observación de leopardos es una curiosa mezcla de aventura y perseverancia, aderezada con una pizca de fortuna, como todo lo que envuelve a los felinos salvajes. Puedes estar horas junto a uno de ellos y no verlo, mientras te estudian de arriba a abajo escondidos en una rama o entre la hierba. Muchas veces no entra en sus planes dejarse ver, pero puede también que sin explicación alguna les dé por exhibirse sin pudor. Todos los felinos son iguales, maniáticos e impredecibles, no importa su especie ni el país; todos se comportan igual, desde el tigre de bengala o el caracal, hasta el lince ibérico; desde las selvas nubladas de los Andes, hasta el desierto del kalahari. Afortunadamente algunos parques nacionales son excepcionales para la observación de leopardos en libertad y posiblemente la Palma de Oro se la lleva Zambia y su espectacular South Luangwa National Park. No hace falta demasiada suerte para ver a cualquier hora del día o de la noche, machos, hembras con crías y escenas de caza. Además, el parque ofrece oportunidades únicas para realizar caminatas y actividades nocturnas como en ningún otro parque africano, lo que hace que las posibilidades se disparen para esa y otras muchas joyas de la fauna local (ojo y también los riesgos asociados). Otro parque excepcional para leopardos es Matopos, en Zimbabwe, famoso por registrar las densidades conocidas más elevadas, aunque es más difícil toparse con ellos por lo abrupto del paisaje.

Por regla general no hay muchos ataques de leopardos a seres humanos, aunque cada año se producen algunos. Si es el caso, las lesiones son más que considerables y hasta letales. Uno de los mayores riesgos es precisamente que pasan desapercibidos con facilidad. Es habitual detenerse bajo un árbol a hacer un pis, o a tomarse el bocadillo y encontrarnos con la sorpresa justo encima. Cuidado.

Una noche cenábamos tranquilamente en un campamento improvisado (fly camp) al lado del río Luangwa, cerca de la frontera con Malawi. Súbitamente muy cerca de donde nos encontrábamos, los impalas comenzaron a gritar su peculiar llamada de alarma cuando detectan al leopardo, un sonido tosco que recuerda a una tos seca. Saidi y Duncan, los rastreadores, nos urgieron a dejarlo todo y salir a toda prisa hacia el lugar desde donde procedía la alarma, porque Kaingo había venido para cobrarse su tributo. No importa que la comida se quedase desparramada por la mesa o peor aún, derramásemos la cerveza Mosi (orgullo nacional de Zambia) con que celebrábamos el fin de un día fascinante entre elefantes. En chancletas y sin apenas ropa, salimos corriendo como alma que lleva el diablo en dirección a la cacería. No estoy muy seguro de si lo que hacíamos era sensato, pero en ese momento ni lo pensamos; fuera de un vehículo, en las proximidades de un rio lleno de hipopótamos, cocodrilos, elefantes, leones y hienas, muchos rangers lo califican de suicidio. Una vez llegados a la "escena del crimen", Saidie nos pidió permanecer silencio: un grupo de hienas muy excitadas acosaban a una hembra de leopardo que acababa de matar un impala. Lo que veíamos se asemejaba a los documentales: gritos, rugidos, sangre salpicada por todas partes, agitación, colmillos, dentelladas, sonido de huesos que se fracturaban, olor a carne fresca, nubes de pelo, zarpazos,…, todo envuelto en una violencia inusitada que no pueden captar ni la cámara ni la escritura.

Contemplábamos la acción desde la primera fila, incluso nos llegaba el polvo que levantaba la pelea mientras los actores nos ignoraban enzarzados en su batalla. Una hiena recibió un zarpazo en el hombro, dejándola mal herida. Pero eran demasiadas hienas para una sola gata. Cuando pudimos ver de nuevo lo que quedaba del impala que se disputaba entre las mandíbulas de los contendientes, ya solo era un jirón de piel y huesos ensangrentados. La cosa pintaba fea para el leopardo, que estaba perdiendo terreno por momentos. Cuando se encontraba completamente rodeada en una situación comprometida, soltó la presa y de un salto imposible hacia detrás con pirueta en el aire, se encaramó en lo alto de una acacia, abandonando el campo de batalla en retirada. No sé si era ella la derrotada por perder la presa o las maltrechas hienas, algunas de ellas bastante perjudicadas. Ahora la pelea era entre las hienas. Duncan se dio cuenta entonces de que tal vez habíamos sido algo atrevidos adentrándonos en la oscuridad del bush y dieron por finalizado el espectáculo, con el resultado de un impala menos, una pandilla de hienas ensangrentadas y una leoparda cabreada encima de un árbol. La experiencia ha sido impactante y la moraleja quedaba bien clara: no hay criatura donde se combinen osadía, agilidad y potencia en un estado de perfección como en el leopardo. La calma volvió a la orilla del río y se volvieron a escuchar ronquidos de hipopótamos y reclamos de búhos pescadores; nosotros regresamos a la seguridad de una cena fría, con el corazón en un puño y una Mosi recalentada.

Sí, vale, ya lo sé. Esta foto no debiera estar aquí, no pinta nada pero lo siento, no he podido evitarlo. Es que los monos andaban por allí también y me hizo gracia el artista de encima. Bueno, esta cochinada tiene lugar en las lujuriosas orillas del Luangwa, Zambia.

Kaingo es algo más que un habitante de la sabana. Los rastreadores africanos dicen que tienen poderes sobrenaturales que otros felinos no tienen. Tal vez sea cierto, quien sabe. Ellos dicen que siempre estamos siendo observados por un leopardo, pero que nosotros casi nuca los vemos. También los buenos rastreadores que se dedican a este bicho tienen algo especial; no son como el resto. Conozco bien el oficio de rastreador de fauna y si seguir los pasos de un león o un lince es algo que muchos podemos hacer, encontrar los de un leopardo es otra historia muy distinta.

Un leopardo jovencito sale de la espesura para cazar al caer la noche en el Masai Mara. 

Conocimos a Danger, el mejor de todos ellos. Es un hombre misterioso e introvertido, Ranger de la ZAWA (Zambian Wildlife Authority), de pocas palabras, mitad persona, mitad felino. Los que lo conocen aseguran que su espalda es el lugar más seguro del bush por su sangre fría y su extraordinaria puntería. Un día un búfalo enorme cargó contra Duncan, su compañero ese día y tres metros antes de que muriera aplastado, Danger puso una bala en el cráneo del animal haciéndolo caer en seco a los pies de su aterrado compañero. Desde entonces es un muy respetado y querido por sus compañeros de armas. A nosotros nos pasó algo parecido con un hipopótamo y él hizo lo mismo, aunque por suerte no fue necesario abatirlo.

Tuvimos la suerte de conocerle y lo que es más, de contar con sus habilidades para rastrear leopardos. Danger iba a la cabeza del grupo, siempre atento a los elefantes que pudieran cargar por sorpresa contra nosotros desde los flancos, siempre leyendo las pistas del felino, siempre callado y con su inseparable rifle destartalado en la mano. Caminábamos en hierba fresca, no había arena sobre la que pudieran dibujarse las huellas de ningún animal y hacía calor, mucho calor. Al rato de empezar a caminar y en medio de ninguna parte Danger se detuvo, se agachó y miró al suelo con interés. Olió la hierba, la miró de nuevo y se levantó para continuar la marcha, no sin antes hacer un gesto peculiar con los labios. Danger no hablaba con nosotros; era tímido y esquivo con los mzungus. Saidie y Duncan dijeron que ese gesto en los labios significaba que ya había olido al leopardo y ya solo quedaba esperar a que lo encontrase. No me lo creí, e incluso bromeé con mis amigos al respecto; es fácil identificar una huella en la arena si está bien impresa, pero no se puede saber si una brizna de hierba ha sido quebrada por un leopardo o por un antílope; si no hay olor de orina, heces o algún indicio más, sencillamente no es posible. Seguimos caminando y a los pocos segundos volvió a agacharse y a mirar con atención la hierba, como si hablara con ella. Se levantó, torció los labios otra vez y le dijo a sus amigos que Kaingo andaba cerca y debíamos permanecer callados. Mi incredulidad solo era superada por el calor que hacía. Proseguimos en silencio, pero no pasó mucho tiempo cuando miró al suelo una tercera vez; en la hierba debía haber algo escrito que sólo él sabía leer. Se levantó y en silencio nos dirigió hacia un bosque de acacias a unos cien metros de donde nos encontrábamos. Saidie y Duncan tradujeron otra vez el gesto de su rostro “ya la ha encontrado, es una hembra”. Seguía sin creérmelo, aquello empezaba a parecerme una tomadura de pelo; el día anterior habíamos pasado por allí y no era un buen lugar para leopardos. Pero entonces, con el mismo semblante de pocos amigos, Danger levantó la mano y con el dedo índice señaló a la horquilla de una acacia y bajo una sombra, allí estaba la gata, mirándonos desde hacía un buen rato con la curiosidad propia de un felino.

Nuestro guía Danger durante un rastreo de leopardos en el South Luangwa, Zambia.

He dedicado muchas horas de mi trabajo a rastrear felinos salvajes, incluso como guía en África y puedo decir que no se me da mal; pero nunca había visto a nadie con semejante don. Puedo identificar y hasta rastrear aquello que veo, pero no lo que es invisible, es una simple ley de la física. No sé cómo lo hizo. No había huellas visibles de ningún tipo que poder rastrear. Después de años de experiencia, tengo que aceptar que hay algo más en ese animal y en ese rastreador, algo que no puedo explicar ni como biólogo ni como viajero.

Con un poco de práctica, no resulta difícil identificar las huellas y rastros del leopardo. En este caso, un macho adulto se ha sentado sobre la arena del desierto de Kalahari, dejando impresas las huellas de las patas y hasta la cola. Obviamente si el sustrato es de este tipo, la facilidad es mayor que si el animal camina sobre la hierba o rocas, donde las huellas no llegan a quedar marcadas.

Saidie nos señala el rastro que un leopardo de gran tamaño ha dejado, al arrastrar sobre la arena al impala que ha cazado durante la noche.

Para rastrear leopardos no solo es necesario ir atentos a las huellas del suelo. Por sus hábitos de encaramar las presas en lo alto de los árboles para evitar que se las roben leones y hienas, es conveniente que estemos atentos para encontrar sus despensas, como el ñu de esta foto. Si te fijas bien, verás las marcas del zarpazo sobre la piel de la frente del pobre bicho.  

Hay un afloramiento rocoso (kopje en Africáner) en el Kruger, muy popular por su vista panorámica. Hace no muchos años una familia sudafricana se paró a tomar el bocadillo y descansar. El padre fotografiaba a su mujer y sus dos hijos bajo las rocas. Al regresar a su casa, la sorpresa fue mayúscula cuando miraron la foto con detenimiento. Un par de metros por encima de la madre y los hijos, había un leopardo agazapado y listo para lanzarse sobre ellos como si fueran la presa del día. Antes de tomar la fotografía el padre se había cerciorado de que no había peligro alguno para que los niños pudieran jugar entre peñascos y acacias. El caso adquirió cierta popularidad en el parque, pero nada en comparación cuando semanas después aquello volvió a repetirse con otra familia, en el mismo rincón pintoresco del kopje. Desde entonces la roca es conocida como la roca del leopardo fantasma, sin faltar nuevas fotografías misteriosas de leopardos que existen pero no existen.

No importa el nombre que reciba. Buscar a Kaingo, Chui o Ingwe, es coleccionar emociones e impregnarse de la esencia más pura de África; las anécdotas se cuentan por cientos, más o menos exageradas por el mito y la leyenda. Afortunadamente hoy el felino sigue siendo abundante, tanto en África como Asia y tal vez sean más abundantes de lo que se piensa, dada su extraordinaria habilidad de esfumarse cuando no quieren ser vistos. Aún así, todavía se capturan muchos para traficar con su piel de forma ilícita y lo que es aún más incomprensible, se les mata legalmente amparados en la práctica de un deporte. En algunas ocasiones sí resulta conveniente abatir a determinados individuos conflictivos, pero eso es otra historia bien distinta, de la que tal vez hablaremos algún día.

…. Como el viejo rastreador zulú dijo aquella mañana de caminata por el Kruger “cada vez que veo un leopardo, antes me ha visto él a mi; veo África en su piel. Nunca dejo de mirarlos, porque siempre me cuentan algo nuevo”

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