martes, 18 de abril de 2017

El cruce de Ñus por el Río Mara. El espectáculo ha comenzado

Una nube de polvo se levanta detrás de la colina. La brisa trae un olor que nos recuerda al de los viejos establos, al tiempo que un suave murmullo lastimero recorre la sabana. Apenas unos instantes después un ejército descomunal de cuernos y pezuñas se recorta en el horizonte, descendiendo lentamente hacia el rio. Pero no se trata de un rio ni de un día cualquiera; estamos en septiembre en el Río Mara y está a punto de comenzar uno de los episodios naturales más sobrecogedores; la quintaesencia de la lucha animal por la supervivencia ¿te la vas a perder?


Nadie duda de que el cruce del Río Mara es uno de los mayores espectáculos naturales que podemos disfrutar hoy en día. Aunque son muchos los documentales que lo muestran, su grandiosidad bien merece que nos detengamos por unos instantes para vivirlo y para contarlo.

Aunque ya se ha escrito mucho sobre el tema, el cruce en masa de los ñus sobre Río Mara no deja de impresionar a quienes tienen la fortuna de presenciarlo en directo. Tampoco debe extrañarnos que esté catalogado como una de las Maravillas Naturales del Mundo y a bien seguro que está en esa lista por méritos propios.

Una vez al año las manadas de Ñu (Connochaetes taurinus) se ven obligadas desplazarse desde los pastos agotados de la Reserva del Masai Mara, en Kenia, hasta las verdes praderas del Serengueti, en Tanzania. Es una migración que moviliza cerca de un millón de cabezas o lo que es lo mismo, unas doscientas mil toneladas de carne fácil y fresca en un entorno saturado de depredadores.
Solo la migración canadiense del caribú moviliza cantidades tan extraordinarias, lo que hace de este éxodo de proporciones bíblicas un motivo más que suficiente para hacer la mochila sin dudarlo un instante.


El cruce del Ñu comienza mucho antes de llegar al río. Las manadas se van juntando a lo largo del camino apretadas por el agotamiento de los pastos y se desplazan en filas interminables en busca de las verdes orillas al otro lado de la reserva.

No es de extrañar que el movimiento, de unas 200.000 toneladas de carne fácil, sea de gran interés para todo tipo de depredadores, quienes ajustan sus ciclos vitales a la migración del Ñu.

La madre de todas las batallas comienza cuando la ingente masa de carne alcanza la orilla del río. Después de recorrer grandes extensiones de espacios abiertos, se ve obligada a detenerse porque el Río Mara se interpone en su camino. Es un doble embudo mortal, el momento más crítico de toda la migración y sin duda uno de los filtros más despiadados a los que la selección natural ha sometido a cualquier especie viviente. Podemos asegurar que si los Ñus no fueran una especie extraordinaria, ya se habrían extinguido; no todos los ungulados son capaces de superar una prueba tan dura y además cada año. Las primeras oleadas se frenan al llegar al borde de los taludes. Las orillas del río no son planas, al contrario, el cauce discurre encajonado entre paredes verticales que los antílopes han de salvar dos veces, en la orilla de salida y la de entrada. Si bien superar la primera es relativamente fácil, la segunda es ya otra historia bien distinta.

Los problemas comienzan cuando los primeros ñus llegan con determinación hasta el talud. El miedo a un vacío para el que no están preparados, supone un obstáculo capaz de interrumpir la marcha de cientos de miles de pezuñas en movimiento, aunque tal vez nada sea comparable con la inquietante visión de un río plagado de cocodrilos hambrientos, que aguardan impacientes al festín que se avecina.
Saben que tienen que cruzar sea como sea y han de hacerlo pronto, porque los pastos a este lado del cauce ya se han agotado; han pasado varios días desde la última comida y el nerviosismo aumenta en la manada, pero ninguno se atreve a dar el primer salto. A los ñus no les gustan los desniveles, ni el agua y mucho menos los cocodrilos. La situación empeora aún más cuando los rebaños más rezagados van llegando a la orilla, produciéndose una aglomeración insoportable. La tensión va en aumento y el hacinamiento comienza a generar altercados dentro del grupo. Se producen empujones y embestidas desde las filas más retrasadas contra los más cercanos al borde del talud, que hacen lo imposible para no caer al abismo por los empujes que vienen desde atrás.

Al otro lado están los cocodrilos, que nunca tienen prisa; la evolución les ha enseñado la sabia virtud de la paciencia. Ya había cocodrilos cuando los dinosaurios dominaban la Tierra y con gran probabilidad los seguirá habiendo cuando los Ñus hayan desaparecido. Los enormes reptiles parecen presentir el desenlace final del drama que tiene lugar unos metros más arriba y van colocándose estratégicamente a la espera de que los primeros osados se tiren o sean empujados al agua. Pocas escenas en la naturaleza reúnen tanta tensión y dramatismo.
Y justo en ese mismo instante un grupo de leonas irrumpe en escena, poniendo la guinda en un pastel dramático. Se han arrancado a la carrera desde unos arbustos cercanos, donde fraguaban una emboscada sobre los más rezagados. De repente el pánico se desata entre los miles de Ñus, que huyen en desbandada, sembrando el caos en la atestada orilla del rio. Será mejor que tomes aire, porque el espectáculo acaba de comenzar.

Y cuando parecía que la situación no podía empeorar, de repente un grupo de leonas surge desde los arbustos en una emboscada que provoca el pánico. La avalancha de Ñus se lanza al agua: el espectáculo ha comenzado.




Estas imágenes muestran el cruce en el momento principal, suando los Ñus se lanzan al agua para alcanzar en masa la otra orilla. Son momentos de enorme agitación.

Un Ñu ha logrado alcanzar la otra orilla, pero ha quedado agotado por el esfuerzo titánico que ha realizado. Con suerte se levantará y continuará su camino una vez se haya recuperado.

... pero muchos no lo consiguen.


Los cuerpos sin vida de los menos afortunados, van a dar un nuevo impulso vital a la sabana, porque un ejército de fauna carroñera lo reciclará para mantener a sus puestas y permitir que la vida siga fluyendo, como así ha venido siendo desde hace miles de años.

La avalancha de carne se lanza a ciegas al vacío presa del pánico, cubriendo el agua en pocos segundos en un espectáculo dantesco de animales de 200kg que saltan unos sobre otros, pisándose las cabezas y aplastándose para llegar hasta la otra orilla con la mayor rapidez posible. Con los leones detrás y los cocodrilos delante, solo la huida desesperada puede salvarlos.
Las leonas han capturado sus trofeos y los cocodrilos solo han tenido que cerrar la boca en el momento en que las víctimas han ido directas a sus fauces. Nunca resultó tan fácil hacerse con una presa. Hay comida para todo tipo de depredadores y dentro de unos minutos, la habrá también para los carroñeros.

Algunos ñus son arrastrados por la corriente aguas abajo, pereciendo ahogados poco después. Los más afortunados van alcanzando la orilla opuesta, donde tienen que hacer frente a una última y definitiva prueba: acceder a un punto en el que el talud tenga una pequeña quebrada por donde trepar, hasta alcanzar la llanura abierta. Ahora se suceden las escenas más brutales. Si llegan a la orilla por talud pronunciado, no pueden superar el desnivel y serán aplastados por las decenas de ellos que vienen por detrás. Si lo hacen por el lugar adecuado pero sufren un resbalón en el barro o se enganchan la pata entre las rocas de la orilla, entonces desaparecerán bajo una montaña de carne que los sepultará en pocos segundos.

Media hora después todo ha terminado. Los cadáveres flotan en el agua y decenas de ñus rezagados y malheridos luchan angustiosamente por salir del agua. Su lamento es sobrecogedor. Los buitres y marabús se concentran por cientos para dar cuenta de la ingente cantidad de carne muerta, gracias a la cual podrán sacar a sus pequeños un año más, cerrando así el ciclo interminable de la vida que surge de la muerte.
Pero para el grueso de la manada la tierra prometida es ya una realidad; han superado una de las pruebas más duras del mundo animal, con la recompensa de los pastos del Serengueti.

Uno de los grandes modeladores de cómo sucede el cruce cada año, es el león. Sus emboscadas pueden modificar los puntos de cruce y el momento en que este tiene lugar. Por esta y otras razones, no es posible conocer el día exacto y el lugar adecuado para presenciar el espectáculo natural.

Si no salgo haciendo el tonto, reviento. 

A pesar de su crueldad y brutalidad, el cruce del Mara es un espectáculo natural que merece un lugar destacado en la mente del viajero de naturaleza. Es necesaria una cierta capacidad para presenciar escenas que hieren la sensibilidad de muchas personas que acuden cada año a presenciarlo, pero no es más que la vida salvaje sin censuras. Si quieres ir tú también, debes planificarlo con bastante antelación, pues no sucede un día fijo del año, sino que como todo en la naturaleza, depende de varios factores que varían de una temporada a la siguiente.
Las áreas -pero no los puntos- de cruce suelen ser los mismos, aunque de nuevo pueden variar si, por ejemplo, los leones emboscan a la manada detonando el salto en puntos distintos al esperado.

Nuestro consejo es que cuentes con un buen guía masai, que sepa leer las grandes nubes de polvo que levantan las manadas antes de llegar al rio. Ellos conocen bien como y, sobre todo, cuándo va a producirse la estampida. Si tienes un día de suerte verás imágenes espectaculares que no olvidaras en tu vida, pero también algunas desagradables y crueles; son las cosas del Directo, como dicen en TV, o la realidad del mundo natural.

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