martes, 30 de mayo de 2017

Gelugpas, los monjes amarillos del Tibet

Tal vez no tenga nada que ver con bichos. Tal vez no salga en los programas de TV, pero es uno de los espectáculos antropológicos más interesantes y coloridos del planeta. Si a eso le sumamos que tiene lugar en un escenario natural de belleza incomparable, rodeado de espiritualidad y misticismo -aunque casi sin oxígeno- entonces es obligado que hoy le dediquemos unos minutos. Es el ritual sagrado de Gustor. No te lo puedes perder.


El ritual Gustor es un rito budista propio de la rama Gelugpa, o monjes de los sombreros amarillos. Solo los verás en unos pocos lugares sagrados de la llamada "Ruta de los Monasterios Milenarios", en Valle del Indo, en la encrucijada entre China, Pakistán, Afganistán, India y Tibet. 

Nos encontramos a 3.500-5.000m de altitud buscando bichos por el Himalaya. Es uno de esos últimos rincones, la región conocida como Pequeño Tibet, encajonada entre las alturas de China, Pakistán e India. Este lugar en concreto posee un valor incalculable, no solo por su población de Leopardo de las Nieves, sino también por albergar la “Ruta de los Monasterios Milenarios”, llena de misterios y leyendas.
La ruta acoge una sombrosa colección de templos del Budismo Tibetano, algunos de ellos auténticas joyas arqueológicas que milagrosamente aún se tienen en pie y no es para menos, porque se piensa que es aquí donde nació el budismo hacia el Siglo VI AC. Dentro de la ruta destacan especialmente los monasterios-fortaleza (gompa en tibetano) de Alchi, Stok, Thikse, Likir, Hemis y Shey, ubicados en las cumbres de parajes montañosos espectaculares.

Himalaya puro. Esta es la región. Los picos del fondo son ochomiles. Es el lugar ideal para buscar al leopardo de las nieves y para disfrutar de un crisol humano como en muy pocos lugares de la tierra. 

Uno de los muchos Gompas o monasterios fortificados. Se ubican en la cima de montañas espectaculares y el conjunto de ellos conforma un legado histórico-arqueológico-etnográfico de valor incalculable. Se cree que es aquí donde nació el budismo.

Acabamos de visitar el gompa de Likir y regresamos a la ciudad de Leh para descansar del mal de altura. Alguien en el coche ha propuesto que peguemos un rápido vistazo a Thikse, porque nos pilla de paso. Thikse es un imponente gompa ubicado a 3.600m de altitud, erigido sobre una colina hace más de 600 años por la rama budista Gelugpa o de “Monjes de los Sombreros Amarillos”. También es el monasterio de mayor tamaño de la región de Ladakh y al verlo llama la atención su extraordinaria semejanza con el templo de Potala, en Lhasa, que fue residencia habitual de los Dalai Lama hasta que tuvieron que exiliarse en la India a raíz de la invasión china de 1.959. La semejanza entre ambos templos, Thikse y Potala, es fuente de leyendas y enigmas que corren por la región de boca en boca.

El origen del monasterio se remonta a la historia -o mejor dicho a la leyenda- de los Seis Discípulos, quienes a primeros del S.XV fueron enviados por Tsongkhapa, el fundador de la escuela de los Monjes del Sombrero Amarillo, a diseminar las enseñanzas de Buda por las montañas. Este complejo sagrado también es conocido como “Monasterio de los 12 Niveles” por ser el número de plantas en que se dispone de forma escalonada. El complejo atesora frescos religiosos, estupas, estatuas, tapices y mandalas celosamente custodiados por los monjes que lo habitan, aunque posiblemente una de sus principales atracciones es la estatua gigante del Buda Maitreya o Buda del Futuro, la mayor de toda la región (15 metros de altura) y por ser uno de los pocos Budas del Futuro sentados en posición de Loto. Se cree que el interior de la estatua esconde escritos antiguos y códices milenarios con las enseñanzas de Buda, que fueron introducidos para esconderlos de los saqueos en las invasiones chinas.

Inesperadamente la carretera se ha bloqueado por cientos de personas en actitud festiva, ataviadas con la vestimenta tibetana tradicional; unos van a pie, otros a caballo o en vehículo. Se dirigen hacia el templo. Le preguntamos la razón de tanto alboroto a nuestro guía Achuk, quien esbozando una sonrisa nos dice que, sin quererlo ni saberlo, nuestra visita coincide con el día 18 del mes noveno según el calendario tibetano, o lo que es lo mismo, hoy va a tener lugar el ritual anual sagrado de Gustor. Fruto de la más pura casualidad, ese día -para nosotros un simple 30 de octubre-, vamos a tener la oportunidad irrepetible de presenciar una de las festividades budistas más celebradas y pintorescas de todo el Asia Central.

El impresionante gompa de Thikse o Monasterio de los 12 niveles, donde vamos a pasar hoy unos momentos que valen mucho la pena. Es una imagen calcada del de Potala, donde se alojaban los Dalai Lama hasta la invasión china de 1.959. Está lleno de leyendas y misterio, pero mejor es que no te lo cuenten. Ven y conócelo.

Hoy es el día grande. Normalmente no se puede visitar porque es un lugar de culto sagrado, pero hoy abre sus puertas para la celebración del Gustor. Gente de todos los rincones de la región ha venido a visitarlo y no cabe un solo coche más.

La entrada al monasterio está en lo alto de la colina, a la que accedemos tras superar un agotador zig-zag de cientos de escalones. A los pies de la fortaleza hay puestos ambulantes donde se venden todo tipo de artículos, comida, tejidos de lana de Cachemira y aperos de labranza.
Para la ocasión los monjes han dispuesto varias filas de asientos rodeando el gran patio central, que ya están abarrotados por gentes de todo tipo, reflejo del crisol étnico que puebla esta encrucijada del Indo: pastunes afganos, tibetanos, chinos, hindúes, mestizos.... Solo ver a las personas que han venido desde todos los rincones de Ladakh, es razón más que suficiente para venir a disfrutarlo.
Achuk nos sugiere que aprovechemos la oportunidad única de puertas abiertas, para conocer un gompa y deambular libremente por sus dependencias, porque son lugares sagrados que rara vez pueden visitarse por extraños. Nos dice también que busquemos un lugar destacado, porque están a punto de comenzar las danzas Cham o bailes de las máscaras, que son la parte fundamental del Ritual Gustor, que para muchos entendidos son la quintaesencia de los ritos étnicos del continente asiático.

La gente se agolpa en los altos del monasterio para disfrutar del espectáculo de color, bailes, máscaras y sándalo. Las cimas del Himalaya son testigo de excepción.

No cabe un alma. Está completamente abarrotado por gente de todas partes y de todas las razas. Es el día grande del año.

Esto va a comenzar y Juan, Marta y yo tenemos un sitio de excepción. Es el día 18 del noveno mes del calendario tibetano, para nosotros un 30 de octubre.

En el centro del patio se sitúa el Consejo de Monjes Notables y las autoridades locales. A su izquierda se sientan en el suelo los monjes de más edad, ataviados con vestidos y tambores ceremoniales. Y allí a su lado, en pie, con actitud orgullosa y protagonista, se encuentran los monjes con grandes sombreros amarillos, dando sentido a la escuela Gelugpa y a su estirpe. Con una señal de uno de los monjes Notables, da comienzo la música de trompetas y tambores, mientras queman grandes cantidades de sándalo. La gente está muy impaciente y expectante.
De repente se abren unas puertas en la planta superior, a las que se accede por unas escaleras que parten desde una de las esquinas del gran patio y cuyos escalones están abarrotados de espectadores. Entonces todas las miradas se dirigen entusiasmadas hacia las Máscaras, unos monjes disfrazados de “Dioses Protectores”, que según la tradición son deidades menores que acompañan a Buda. Los Protectores tienen un aspecto demoníaco, aunque en realidad son dioses bondadosos que despiertan la pasión de los asistentes. Uno tras otro van apareciendo ante el público, uno, dos, tres y hasta cinco de ellos, vestidos con túnicas finamente tejidas y de colores llamativos. A medida que descienden los escalones hacia el patio, las vistosas máscaras danzan en giros sincronizados hacia uno y otro lado, siempre al son de los tambores y envueltos en el humo del sándalo. La excitación es palpable y los asistentes disfrutan de lo que para ellos es el mayor acontecimiento del año. Cuando los protectores por fin alcanzan el patio central, se colocan en fila delante de la tribuna y continúan con su danza circular sincronizada, acercándose y alejándose del publico con los brazos en cruz. Luego desaparecen por la misma puerta de la que surgieron.

El Gustor comienza con una ofrenda y la quema de sándalo en grandes cantidades. Es un ritual lleno de misticismo y espiritualidad.

Estos son los monjes Gelugpas o de los sombreros amarillos, cuyo origen milenario se remonta al principio de los tiempos.

Las puertas del final de la escalera se abren y aparecen los dioses protectores. Aunque tienen un aspecto de demonio, se trata de seres bondadosos muy apreciados por el pueblo.

Los dioses protectores danzan de manera sincronizada, vistiendo unos trajes antiquísimos y muy coloridos. Sus danzas, denominados bailes Cham, bendicen a los asistentes y les protegen contra los malos espíritus.

Acto seguido los monjes vuelven a abrir las puertas al final de las escaleras, surgiendo de nuevo otros dioses protectores, esta vez ataviados con diferentes máscaras y atuendos. El ritual se repite, bajando las escaleras de forma sincronizada y desapareciendo al rato tras la puerta misteriosa. Así se sucede durante más de una hora por un número determinado de veces, según marca la tradición budista tibetana siempre cargada de simbolismo. Por último entran en escena unos dioses protectores con cabeza de ciervo, que simbolizan la conexión humana con la naturaleza y todas sus formas de vida. Se trata de un momento de íntima relación con el mundo natural, con la fauna y con la flora. En esta región no se caza ni se da muerte a la fauna, porque los locales entienden que son la reencarnación de los seres queridos que ya no están.

El momento final del ritual está apunto de comenzar, que es también el más divertido y esperado del público. Vuelven a abrirse las puertas del final de la escalera, pero esta vez los monjes que la abren son niños, que dan paso a unos seres pequeños, divertidos e inquietos. No son dioses buenos y protectores, sino diablillos crueles encarnando a la muerte y la condena de los que no han sido buenos en la vida. Obviamente quienes se disfrazan ahora son niños monjes. Bajan con los mismos bailes circulares que los dioses protectores, pero en lugar de hacerlo en un ambiente de solemnidad y reflexión, lo hacen entre las risas y gritos alegres del público. Al llegar al patio central, empiezan a correr y se dispersan rápidamente entre el público, persiguiendo y asustando a los niños y azotándoles con varas de bambú que esgrimen en las manos; se suceden carreras, gritos, carcajadas y persecuciones por todo el recinto. Se trata en definitiva de una enseñanza para los más jóvenes, de cómo las fuerzas del mal se esfuerzan por atrapar las almas de quienes no buscan el Nirvana y se dejan llevar por el lado oscuro de la vida.

Unos tras otros, los dioses protectores van bajando y bailando en círculos, por espacio de una hora y media.

El aspecto de una de las máscaras. No solo es el atuendo en sí, sino el ambiente de misticismo y al mismo tiempo de festividad, lo que hace de este ritual ancestral algo especial. 

Otra máscara. 

Las máscaras con representaciones animales encarnan la unión que el budismo mantiene con la naturaleza. No se caza, no se matan animales salvo para comer, porque pueden ser la reencarnación de los seres queridos. Solo en armonía con el medio se alcanza el Nirvana según las enseñanzas de Buda, en las cuales se basa el ritual Gustor.

Pastunes afganos, chinos, hindúes, tibetanos,..., todos participan del Gustor. Es un día para encuentros sociales y familiares.

Mujeres tibetanas ataviadas con el típico sombrero local de las mujeres casadas.

Una madre le explica a su hija el significado de la celebración. Es una tradición milenaria y se empapan en ella desde la misma infancia. 

El acto finaliza con el momento que los más pequeños están esperando. Los niños monjes se visten de máscaras de la muerte y salen persiguiendo a los niños por todo el recinto, azotándoles con varas. Simbolizan a los demonios que quieren apoderarse de las almas de las personas buenas y la lucha por alejarse del lado oscuro. A pesar de su significado, es un momento divertido.    

Después de varias horas de bailes y ritos, tiene lugar la clausura de una ceremonia que se viene repitiendo desde hace siglos. Los monjes del Sombrero Amarillo despliegan un rollo de papel en el que están enumerados los males que azotan al espíritu humano y son leídos con solemnidad uno tras otro. De nuevo, tras una oportuna indicación de los Notables, un monje arroja el escrito al fuego que se ha prendido en una gran pila de leña en el centro del patio. Mientras arde el texto maligno, inesperadamente surge una enorme llamarada que asombra a los asistentes, provocada por unos gramos de pólvora convenientemente escondidos entre la leña.

Así, con ayuda del fuego los malos espíritus son vencidos hasta el año próximo, permitiendo la liberación de las almas de las personas que allí nos hemos dado cita, ese día 18 del mes noveno del calendario tibetano.

Si tienes la oportunidad de viajar por esas tierras lejanas, hazlo coincidir con algún festival budista en cualquiera de los gompas que componen la Ruta de los Monasterios Milenarios. Hay festivales en fechas repartidas por todo el año y si puedes escoger, no lo dudes, el ritual Gustor es de los más espectaculares por su colorido, tradición, misticismo y espiritualidad en lo alto de las montañas.

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