miércoles, 10 de mayo de 2017

Las lechuzas marismeñas de Doñana

La palabra Doñana nos viene asociada a las especies más emblemáticas y a los paisajes característicos que le han dado fama mundial. Pero este pedazo de nuestra tierra es algo más que linces o águilas y guarda otros tesoros menos conocidos, pero igual de importantes. Basta con fijarnos bien para descubrir el que para mí es el más fascínate de todos, aunque si queremos saber de qué se trata tendremos que hacerlo de una manera poco convencional; esta vez iremos cuando la mayor parte de los seres humanos duermen, cuando reina la noche y no existen ni colores ni luces, solo sombras en el reino de la penumbra; hablamos de las lechuzas marismeñas de Doñana.

Doñana alberga una interesante población reproductora de Lechuza Común (Tyto alba), pero eso no es algo excepcional, ya que esta rapaz nocturna se reproduce por toda España salvo en las áreas de alta montaña. Lo que hace de nuestro enclave un lugar un tanto especial, es que al llegar el invierno las densidades se incrementan significativamente y a veces incluso de forma espectacular. Cada año desde finales de noviembre la marisma se llena de lechuzas. A las locales (un 10-20% del total según los años), se les van a sumar jóvenes del año nacidos en otras comarcas andaluzas y también de muchas regiones españolas. Sin embargo lo más llamativo es el número de ellas que llegan desde el centro de Europa, después de un largo viaje. La marisma se convierte así en una especie de Torre de Babel de la naturaleza, con rapaces nocturnas andaluzas, españolas, francesas, belgas, alemanas y holandesas, todas juntas en un mismo lugar.

La mayor parte de la gente no ha oído hablar de las lechuzas invernantes de Doñana. Es una lástima, porque la invernada de esta especie atrae grandes cantidades de aves, dándole a la marisma uno de sus mayores atractivos. Eso sí, hay que ir cuando cae la tarde y estar preparado para trasnochar. Esta lechuza acaba de cazar una musaraña preñada y se la va a tragar en menos de 20 segundos ¡Buen provecho!

Pero ¿por qué tantas lechuzas se dan cita puntualmente cada año? ¿Cómo caben todas en un espacio tan pequeño? ¿Cuál es su dinámica? ¿Hay diferencias entre el comportamiento de las nuestras y las forasteras? ¿Cómo se llevan entre ellas si son supuestamente territoriales? Dediqué mi tesis doctoral a encontrar respuestas a estas y otras preguntas, lo que me tuvo ocupado durante casi diez años y me robó bastantes noches de sueño. Cada vez que un misterio se desvelaba, otro interrogante se abría, todavía más intrigante que los anteriores.

El crisol de pájaros invernantes del que hablamos hoy, puede llegar a ofrecer imágenes espectaculares en los años en que acuden en mayor número a las marismas, lo que depende de una confluencia de circunstancias que tienen lugar en Centro Europa. Cuando las cíclicas poblaciones de la presa favorita, los topillos, se colapsan -lo que sucedía más o menos cada 3-5 años hasta que el cambio climático entró en escena- y esto a su vez coincide con inviernos especialmente crudos, el grueso de los jóvenes recién independizados se ve obligado a desplazarse hacia el suroeste, hasta que encuentran un lugar donde las presas son abundantes y el hábitat permite acceder a ellas fácilmente. Este fenómeno es bien conocido entre los amantes de las rapaces nocturnas y recibe el nombre de “wanderyear o wanderjahren”. De esta manera las pequeñas lechuzas que no logran encontrar un hueco cerca del área natal, se ven forzadas a dirigirse en grandes cantidades hacia el sur, hasta que alcanzan la marisma andaluza. Una vez aquí, por fin, pueden gozar de su particular Edén, que compensa las penurias sufridas durante un éxodo de hasta 2000km y casi medio año de aventuras, sin olvidar que han de atravesar el que probablemente es el continente más peligroso y hostil para su especie.

En la marisma podemos encontrar aves de procedencia local y también venidas de países europeos como Alemania, Francia, Bélgica y Holanda. Algunas de ellas, las más oscuras y grandes, pertenecen a la subespecie centroeuropea Tyto alba guttata. El pájaro de la foto es, simplificando, un intermedio entre las nuestras y las europeas.
Muchas no lo consiguen y mueren reventadas por el impacto con vehículos en cualquiera de las miles de carreteras europeas, pero las que logran asentarse en las zonas más seguras se ven recompensadas con el paraíso terrenal: comida en abundancia y espacios abiertos donde no tienen que competir con su principal competidor, el poderoso cárabo y donde además están a salvo de su peor enemigo natural, el búho real. Para una joven e inexperta lechuza que llega exhausta tras un arriesgado viaje de proporciones bíblicas, esto es mucho más de lo que pudiera esperar.

En efecto las marismas del Guadalquivir, ya sean naturales o artificiales, constituyen uno de los hábitats más favorables, donde proliferan las ratas y los micromamíferos y las pequeñas aves e insectos se concentran gracias a la benevolencia de unas suaves temperaturas invernales mientras media Europa se congela. Aquí pueden cazar desde una extensa red de posaderos, o si lo prefieren también pueden realizar vuelos de prospección a media altura, al más puro estilo de un cernícalo como a muchas de ellas les encanta hacer. Sin embargo este comportamiento es mucho más arriesgado, porque es fácil despistarse y ser golpeadas por cualquier coche que venga rápido.

Acabamos de tener una de las mejores invernadas que recordamos en mucho tiempo. Ha sido un año excepcional en la marisma y hemos podido ver lechuzas nacidas –y anilladas- aquí mismo, y otras que a buen seguro deben venir de más allá de los Pirineos, a juzgar por su mayor tamaño y coloración más oscura; para los entendidos son aves pertenecientes a la subespecie centro-europea Tyto alba guttata, más robusta que las ibéricas (T.a.alba).

La mayor causa de mortalidad de esta especie en Europa son los atropellos por vehículos. Son miles, decenas de miles, las que mueren cada año en cualquier país del continente. Las cifras son terribles, hasta el punto de que esta causa de mortalidad está contribuyendo a la rarificación de la lechuza en toda su área de distribución. Es lo malo de tener carreteras rápidas.

Una lechuza invernante tres días después de llegar a la marisma en diciembre. Mi amigo Javier hizo esta foto mientras yo conducía. Por suerte este pájaro sobrevivió toda la invernada.

Salir a buscar lechuzas invernantes en la marisma durante la noche nos abre las puertas a un mundo fascinante, al que muchas veces damos de lado por una razón más que obvia: es nuestra hora de dormir. Pero si quieres disfrutar de una experiencia única y tienes a mano un buen termo de café (o cualquier otra sustancia que te mantenga bien despierto), te proponemos una ruta nocturna por la marisma durante el invierno; nos desvelará secretos de estas enigmáticas aves, que en nada se parecen a la imagen que muchas veces tienen de pájaros aburridos que se pasan todo el día durmiendo en el interior de agujeros oscuros.
La jornada nocturna de una lechuza marismeña transcurre a un ritmo frenético, tanto como el hambre que cada una traiga en su viaje desde el norte. En ocasiones se las puede observar incluso caminando por el suelo cazando sapos y si el hambre aprieta, es posible también verlas durante el día, antes del anochecer y siempre alerta para esquivar a sus otros enemigos, las rapaces diurnas, que no dudan en acosarlas o capturarlas.

Cuando las lechuzas vienen con hambre, o bien llevan días sin comer porque no deja de llover durante varios días seguidos, es posible verlas caminando por el suelo en busca de sapos y otros anfibios. La foto es mala porque está hecha sin zoom y con la única mano que me quedaba libre. La otra llevaba el volante del coche.

Cualquier lugar elevado es bueno para utilizarlo de oteadero. Esta jóven lechuza traía tanta hambre, que ni siquiera reparaba en nuestra presencia.

Esta lechuza utiliza posaderos más altos y por tanto es menos vulnerable al tráfico. 

La marisma ofrece un excelente abanico de oteaderos de caza, que las lechuzas encuentran verdaderamente irresistibles. Están a la altura adecuada en función de la espesura de la hierba en la que se esconden sus presas. Si a esto le añadimos una abundancia de presas cuando estas escasean en los lugares de donde vienen, entonces comprenderemos por qué acuden cada invierno a su cita marismeña.

A las lechuzas les encanta cazar en vuelo. Sus largas alas y baja carga alar se lo permiten, de una manera muy similar a como hacen los cernícalos. Lo malo es que cuando lo hacen se quedan tan ensimismadas, que son muy vulnerables al tráfico rodado si están buscando comida cerca de las carreteras.

En la marisma es muy habitual que las lechuzas saquen partido de los coches que pasan para mejorar sus posibilidades de cazar. Los coches que van despacio (como el mio), les iluminan mejor los arcenes y asustan a los pequeños micromamíferos de los que se alimentan. Ese pequeño pero definitivo error es suficiente para que el pájaro lo detecte y lo capture. Es comida fácil para un pájaro hambriento, pero peligroso.

Un ejemplo muy gráfico que ilustra a el riesgo al que se exponen las lechuzas cuando cazan cerca de las carreteras. Esta foto de Javier nos muestra a una invernante que tuvo mucha suerte. Llegó con mucha hambre e inexperiencia, pero aprendió rápido y se marchó a finales de febrero. Prueba superada.

A la izquierda de este vehículo vemos una lechuza invernante de la subespecie oscura, cazando al vuelo a la par de un vehículo que circula por el Brazo de la Torre. Las lechuzas que ocupan este sector tienen suerte, porque los coches circulan despacio. Este pájaro nos dio unas tardes preciosas durante su invernada este año.

En los inviernos buenos como el que acabamos de pasar, es posible contar hasta cinco aves en un mismo kilómetro de camino seguro, siempre que tenga masas de agua a los lados. La presencia de una lechuza atrae a otras en un fenómeno que los científicos denominan denso-dependencia, de manera que si hay una cazando, las recién llegadas sabrán que deben encontrase en el lugar adecuado, hasta el punto de encontrarse varias de ellas cazando juntas. Es un mecanismo similar al que emplean los Buitres Leonados cuando buscan carroñas; cuando uno de ellos cae en picado, el resto lo interpretan como señal de haber encontrado comida y al poco tiempo hay decenas de ellos en torno al cadáver.

Una de las cosas que más nos llama la atención es que durante la noche se muestren confiadas, a veces dejándose aproximar hasta casi poder atraparlas con la mano, especialmente si acaban de detectar una presa y tratan de localizar su ubicación exacta. Entonces entran en estado de ensimismamiento, porque el hambre hace que sus sentidos solo se centren en una sola cosa: comer. Se pasan la mayor parte de la noche cazando y al llegar el alba se retiran a descansar en el interior de alguna nave agrícola o entre las ramas de los tarajes a la orilla del agua.

Esta lechuza estaba activa a plena luz del día esta invernada pasada. Las fotos están hechas con el teléfono móvil. No reparó en nuestra presencia.

Si las edificaciones escasean o ya están ocupadas por otras lechuzas, no se le hacen ascos a un buen taraje para esconderse durante el día. Debemos ser muy cuidadosos para no levantarlas en estos momentos, porque las rapaces diurnas, especialmente halcones peregrinos, ratoneros y aguiluchos laguneros, pueden llegar a capturarlas.

Lo que nunca queremos ver, pero ahí está. La marisma puede ser un Edén, pero si hay carreteras cerca se convierten en todo lo contrario, unos agujeros negros que siegan la vida de toda lechuza inexperta que pase por allí. Es lo que los expertos denominan hábitat trampa: las aves lo perciben como excelente, pero no son capaces de reconocer los riesgos de mortalidad reales derivados de la mano humana. 

El ciclo de la vida también impera en la marisma. Una lechuza atropellada es consumida por una rata. La presa se toma su revancha. Hay muchas ratas en la marisma, lo que atrae a cientos de lechuzas cada invierno.


Pero también hay buenas noticias y con ellas preferimos quedarnos. Esta tuvo suerte doble. El golpe del coche no la mató y además dio a parar en las manos de Celia Sánchez, la veterinaria del Parque Nacional de Doñana, a quien ya dedicamos un post del blog.

Así transcurre el invierno para una pequeña lechuza en el Edén de la marisma. Pero el tiempo no se detiene por nada ni por nadie y a medida que van pasando las semanas, su comportamiento se va haciendo cada vez más esquivo y nocturno, exactamente igual que hacen las nacidas aquí; las jóvenes viajeras ya no están tan hambrientas ni son tan inexpertas. Han aprendido a sobrevivir al período más crítico de sus vidas, el primer invierno y se sienten preparadas para ocupar su propio territorio y reproducirse. Hacia mediados de febrero la marisma se queda sola. Cada cual regresa por donde vino, o al menos eso parece, porque no hay mucha información al respecto.
Para la primavera, exactamente el momento en el que nos encontramos ahora, todo habrá terminado; ya solo escucharemos el siseo de las nuestras, las que han escogido reproducirse en este lugar mágico que llamamos Doñana.

Qué, ¿te vienes a ver lechuzas?

Un mundo sin lechuzas no es un buen mundo. Ayudemos a las ONG que se dejan el pellejo en ayudarlas ahí fuera, como GREFA, BRINZAL, AMUS y los centros de recuperación dispersos por todo el país. Su labor es esencial y poco reconocida.

2 comentarios :

  1. Que buenos recuerdos, esas noches con olor a Raid. Un abrazo Iñigo

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    1. Hola David, pues sí, qué recuerdos: mosquitos gigantes, sueño, ..., pero flipante. La vida va pasando, pero las lechuzas siguen ahí. Habrá que repetirlo, digo yo.

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