martes, 20 de junio de 2017

Pablo Pereira, el hombre que susurraba a los linces

El lince Ibérico es una especie seriamente amenazada, aunque se encuentra en una situación menos dramática si lo comparamos con un tiempo atrás. Sin embargo pocos saben que hace unos años el felino atravesó momentos tan críticos que estuvo a punto de desaparecer en Doñana, como sucedió en casi todos los núcleos donde se encontraba. Hoy vamos a hablar de alguien que lo dio todo por evitarlo y de su lucha por la conservación de la especie en unos momentos verdaderamente difíciles. Como veréis, el papel que desempeñó fue determinante para que hoy el lince siga existiendo; su nombre: Pablo Pereira.

Este es Pablo Pereira. Los que lo conocemos bien sabemos que su papel tuvo mucho que ver con que hoy el Lince Ibérico siga existiendo.

En el año 2000 me hice funcionario y en mi primer destino me mandaron a Huelva, como biólogo de la Administración Autonómica. Nada más llegar me encomendaron el seguimiento del lince fuera de las áreas protegidas de la provincia, una gestión que consideraban “complicada”. Sentí que me había tocado la lotería.
Estaba tan entusiasmado como cualquiera lo estaría en una situación así y me entregué en cuerpo y alma desde la primera línea, más como una filosofía de vida que como un trabajo remunerado. Al día siguiente llamé por teléfono a las personas e instituciones implicadas en la gestión del bicho para ofrecerles mi colaboración y para pedirles ayuda; me faltaban conocimientos, a pesar de que a mis 17 años (1984-1986) estuve en la Reserva Biológica haciendo radioseguimiento con científicos holandeses. Para mi sorpresa la primera llamada fue inútil; pasaron de mí diciendo que la conservación del lince debía estar restringida a personas expertas. Aún en estado de shock hice la segunda llamada, donde volví a percibir el mensaje nítido de que el lince no necesitaba caras nuevas. Aquello me recordaba a las viejas películas del Oeste y me sentía como el cowboy que osa cruzar a este lado del Misisipi, o el ladrón que profana el sarcófago del mismísimo Tutankamon. Así pues me armé de valor para levantar el teléfono por última vez; era al Parque Nacional de Doñana, por aquel entonces en manos del Estado. Viendo los resultados anteriores, hice esta nueva llamada pensando que estaba perdiendo el tiempo. Pero estaba equivocado. Un tal Pablo Pereira, un menda muy poco convencional se puso al otro lado y esta fue su respuesta: “Hola, eres bienvenido. Cuenta con nosotros para todo lo que necesites. Vente por un tiempo y aprenderás todo lo que necesitas saber para que en vuestra zona podáis hacer el mismo tipo de seguimiento de campo, porque la situación es preocupante y necesitamos estar todos unidos a una”. Por fin encontraba alguien que creía que la conservación del lince es un deber de todos. Hoy Pablo es mi amigo y a él y al Guarda del Parque Paco Robles, les debo casi todo lo que he aprendido sobre este fascinante gato.

Aquellos fueron tiempos muy difíciles. A diferencia de lo que pasa en la actualidad, el lince era más un objetivo a abatir que algo querido por la población local. Afortunadamente hoy esta tendencia se ha revertido considerablemente.

Trabajamos muchísimo por limpiar de cepos, lazos y veneno el medio natural, allí donde había linces. La Administración se lo tomó muy muy en serio. 

En aquellos tiempos los atropellos eran mucho más preocupantes que en la actualidad, porque había muchos menos linces y porque era imposible reponerlos. 

La historia de la lince Mari Ángeles era dramática. Había perdido un brazo en un cepo y varios dedos de distintas garras en otro distinto. Se destrozó la dentadura tratando de morderlos para liberarse del abrazo de hierro. Pablo le prestó toda su atención para hacer que su vida fuera lo más digna posible.

No tardé en darme cuenta de que por aquel entonces todo lo que rodeaba al lince en Doñana, estaba contaminado por luchas intestinas entre clanes e instituciones, quienes lo utilizaban para fines particulares y como arma arrojadiza; algo demasiado hispánico y cainita, a lo no deberíamos acostumbrarnos si está en juego el futuro de una especie amenazada. Pablo quiso escucharme a pesar de tener una responsabilidad enorme a sus espaldas; no le importó que yo fuera un joven inexperto, ni tampoco que estuviéramos en administraciones distintas; él solo creía en el valor de las personas y su única religión era la conservación de la fauna.

Lo primero que hizo fue contármelo todo sobre la vida del felino y cómo rastrearlo en el campo. El lince puede ser un exhibicionista, o invisible como un ninja y era necesario aprender ciertos trucos para trabajar con ellos sin llegar a desesperar. Más tarde me enseñó a utilizar el ingenioso sistema de cámaras trampa que acababan de poner a punto y que ellos mismos habían diseñado. Con carácter pionero, utilizaban orina de las dos hembras que custodiaba con esmero en el centro de cría del Acebuche: Celia y Morena. Dentro de las jaulas Pablo colocaba unos tubos donde ellas tenían la costumbre de marcar y que recogían la orina en unos botes que luego filtraba con un calcetín viejo y después congelaba. Para fotografiar linces en el campo, rociaba esa orina en spray sobre un trozo de corcho que funcionaba como atrayente. El corcho se colocaba en una varilla frente a la cámara, que se activaba cuando el lince se acercaba a olerlo, pisando una placa enterrada bajo la arena. Esta innovación supuso una auténtica revolución en su momento, allá por el año 2000. El problema era que utilizar el sistema de Pablo y Paco acarreaba algunos problemas, a pesar de su extraordinaria efectividad. Lo había inventado él y por eso levantaba recelo entre las facciones contrarias; Pablo se encontraba en medio de un fuego cruzado que nada tenía que ver con él ni con la conservación y le tocó estar en el peor sitio.

En poco tiempo ya me había presentado a todos los linces del Parque: Nuclear y su hembra Aurora, Roja, Barro, Zeus, Zapata, Poleo, Viciosa, … y a los cachorros respectivos. Me sabía quién tenía relaciones con quién y hasta conocía a las tías y las abuelas. Pero mi auténtico bautismo de fuego llegó el 9 de abril de 2001, cuando llevé a revelar el carrete que “cazaba” a nuestro primer gato. Se trataba de Doñana, una preciosa hembra adulta de 5 años que portaba un collar emisor que no funcionaba. Pero no resultaron ser buenas noticias porque Pablo y Paco habían fotografiado a Doñana a 45 km de allí, unos pocos días antes. Ambas fotografías habían sido obtenidas durante la época en la que se supone que debía estar cuidando a sus cachorros, lo que indicaba que no había criado ese año o aún peor, si lo hizo había perdido los cachorros. Al mes siguiente recibimos noticias de que en ese mismo punto alguien había atropellado un lince y que el conductor eliminó el cadáver por miedo. Cierto o no, aquella fue la última vez que supimos de ella.

Este es el ingenioso sistema que Pablo ideó para "cosechar" orina de las linces del centro de cría. Las hembras orinaban sobre estos botes de champú abiertos por la mitad, canalizando el pis hasta recogerlo en los frascos de orina colocados en su parte inferior. Luego filtraba la orina con un calcetín viejo y lo congelaba para usarlos cebando las cámaras en el campo.

Pablo y Paco Robles colocando cámaras trampa en Coto del Rey. 

Una hembra de lince capturada en la cámara trampa, creo recoradar que era Habis. Mientras huele el corcho impregnado en orina de las hembras del centro, pisa la plancha enterrada en la arena con su mano izquierda, activando la cámara. ¡Ingenio al poder!

Pero a medida que unos desaparecían en un medio demasiado hostil otros linces reclamaban nuestra atención, con Pablo siempre tomando la iniciativa. Así bautizamos a Lula, a quien pusimos ese nombre en honor a mi perrita, que solía acompañarme a revisar las cámaras. También bautizamos a Darwin, por el perro de JR. El sistema de trabajo coordinado entre los tres equipos en los que estábamos organizados daba excelentes resultados, garantizando un seguimiento muy fino de la población de linces en Doñana; nunca se supo tanto en tan poco tiempo y por tan poco dinero. Pero este seguimiento iba levantando cada vez más suspicacias, en un país donde el protagonismo y la confrontación supera las ganas de trabajar juntos por un objetivo común.

Un bonito día de trabajo. Pablo libera a Lucía, una hembra adulta a la que hubo que capturar para quitarle un collar emisor viejo que ya no emitía y le molestaba. Al año siguiente sacó varios cachorros en la Rocina.

Capturando un lince en el campo para comprobar su estado de salud ante la sospecha de que algo marchaba mal. Lo que se ve es una jaula de compresión, que son las adecuadas para manejar a este tipo de animales sin riesgo de que se dañen en el proceso.

Malas noticias. Guiness ha aparecido muerto. En la imagen los agentes de la Guardia Civil junto con Pablo y otros compañeros del parque nacional, levantan el cadáver para su estudio post mortem. 

Esta es Lula la lincesa. La bautizamos así por mi perrita, que solía acompañarme a revisar las cámaras y tenía un olfato especial para detectar felinos salvajes.  Aquí la vemos ensimismada inspeccionando el olor del corcho atrayente impregnado en orina de las hembras del centro de cría.

Un domingo triste. Pablo y yo nos disponemos a examinar el cadáver de Rada, un jovencito atropellado. 

Años después Lula murió defendiendo sus cachorros de una jauría de perros jabateros y Darwin no volvió a ser visto.
El trabajo de Pablo era ingente, nunca descansaba. No solo estaba designado por el parque para el seguimiento de linces salvajes. También era responsable del “centro de cría en cautividad” de Acebuche, dependiente del Estado. Él había diseñado las instalaciones, con sus compuertas y cámaras de cuarentena, fruto de muchos años de observación y convivencia con los gatos. En ese momento tenía a su cargo el cuidado diario de dos hembras viejecitas que ya hemos nombrado, Morena que fue cogida ilegalmente por un particular como cachorro en Sierra Morena y Celia, que había perdido la pata trasera derecha por un cepo colocado en el parque. Más tarde llegó Esperancita, un cachorrito que hubo que rescatar con muy corta edad, cuando estaba a punto de morir dentro de la trueca del árbol en el que había nacido en 2002. Estas tres hembras no eran las mejores candidatas para la reproducción en cautividad, pero lo peor es que no había machos en el centro de cría y por ello el Parque solicitaba insistentemente la autorización para capturarlos o para aprovechar los que llegasen heridos y así intentar la cría; a nadie escapaba que sin machos era imposible lograr la reproducción en cautividad. Las administraciones no se ponían de acuerdo en remar juntos y evitaban que el contrario se llevase los laureles de lograr por primera la reproducción en cautividad del que se decía era el felino más amenazado del planeta. Era la cruel política, a pesar de que el lince ya daba muestras claras de extinción en Doñana y no había más tiempo que perder. Ante tanta frustración y asumiendo que estábamos ya en una situación de pre-extinción, Pablo solo podía colmar de todas las atenciones posibles a Esperancita, Celia y Morena, con la esperanza de que algún día la sinrazón cediera el paso al sentido común. Según la prensa del momento, unas autoridades pedían machos para el plan de cría en aras de ganar notoriedad, mientras que la otra justificaba la negativa a cederlos en que su extracción del medio natural sería perjudicial para la ya menguada población salvaje. Y entre tanto el lince se acercaba peligrosamente a un punto de no retorno, quitándonos el sueño a los que trabajábamos allí.

Esta es Esperancita, unos días después de que los biólogos de la EBD la rescatasen a punto de morir. Los primeros días los pasó en el Zoo de Jerez, donde el magnífico equipo de veterinarios la sacó adelante.

El resto de la vida de Esperancita transcurrió en El Acebuche, con Pablo. Aquí los vemos a los dos. Como no tenía hermanos, Pablo tenía que jugar el papel de madre, padre y hermano y enseñarle todo lo que debía saber sobre relaciones entre linces, juego con los hermanos de la camada y aprendizaje a la caza. Fue una difícil tarea, que requería la mayor parte de las horas diurnas, nocturnas, laborales y personales. Pero valía la pena.

Mientras Esperancita aprendía cómo debía comportarse un lince, Pablo y su gente lo aprendía todo sobre ella para poder aplicarlo posteriormente a los protocolos de mantenimiento y cría en cautividad con esta especie. Estos conocimientos son la base del trabajo que se hace en la actualidad. 

Hoy toca pesaje. No le gustaba demasiado a la gata, pero Pablo era aún más terco. Esperancita creció sana y saludable, sencillamente porque tenía con ella al mejor equipo.

A medida que crecía y se hacía mayor, Esperancita retaba con insistencia a Pablo. Se daba cuenta de que su fuerza y y sus uñas afiladas la habían convertido en una hembra poderosa, que a diario debía ser educada, igual que pasa en la naturaleza.

De nuevo Esperanza poniendo a prueba a Pablo. Una y otro, otro y una, siempre juntos.

Pero el destino es caprichoso y quiso que las elecciones de 2004 trajeran un cambio en el partido político al mando de las riendas de la nación; por fin ya había sintonía entre las administraciones. Casualidad o no lo cierto es que de la noche a la mañana desaparecieron las trabas burocráticas; los machos se capturaron y el centro recibió los primeros para el plan de cría, que hasta la fecha había estado bloqueado. Acto seguido se abrieron rápidamente más centros en otros puntos de nuestra geografía, porque eran muy necesarios.
Pero para entonces Pablo ya no estaba allí. Después de 23 años intensos viviendo entre linces, el cambio de gobierno desencadenó su cese y pérdida de empleo. Con lágrimas en el corazón pero con la dignidad del profesional que cree en lo que hace, Pablo abandonó Doñana sin que le dejasen volver a ver a sus tres gatas. Ahora le tocaba pagar una elevada factura por haber hecho su trabajo al margen de facciones y conveniencias políticas. Uno tras otro, los integrantes de los tres equipos de seguimiento fueron siendo retirados de sus funciones y yo por mi parte decidí marcharme para dedicarme a otros campos de la conservación, menos visibles pero igualmente necesarios. Así es como terminó el sistema de seguimiento que se había revelado tan abierto, barato y efectivo. Recuerdo especialmente una nota de prensa en la que se justificaba el cese de Pablo, entre otras razones, en que en los años anteriores no había logrado la ansiada reproducción en cautividad y por tanto su incapacidad aconsejaba el relevo.

Unos meses después de que Pablo dejase de cuidar a sus queridos linces, la prensa anunciaba que una gran parte de los animales mantenidos en cautividad había enfermado gravemente. También supimos por los periódicos que acabaron muriendo por causa de una enfermedad renal de curso lento, que contrajeron por administrarles un nuevo complemento vitamínico defectuoso que se les había introducido en la dieta. Sin embargo el golpe más duro llegó cuando nos enteramos de que nuestra querida Esperancita era una las bajas.

Cada vez que un lince salvaje o de cautividad tenía que pasar por controles rutinarios de salud, un amplio equipo de veterinarias magníficamente preparadas lo daba todo para garantizarles los mejores cuidados. 

Pablo extrae el collar de un lince salvaje anestesiado en un control rutinario.

Celia, una hembra del centro de cría de Acebuche. Su nombre fue un tributo a Celia Sánchez, la veterinaria del centro, de quien ya hemos hablado en este blog. Celia -la lince- había perdido una pata por culpa de un cepo conejero, lo que la obligó a pasar el resto de sus días como residente permanente del centro.

He visto a Pablo tratar a los linces con mucho más cariño y afecto con el que muchos padres tratan a sus hijos. Desde luego, era la persona ideal para realizar su trabajo. En la imagen Pablo lleva un lince anestesiado y herido para que reciba el tratamiento adecuado en la mesa de cirugía.

Pablo y Celia crearon la primera colección de células vivas de lince ibérico en el planeta, conservadas en nitrógeno líquido. Así se aseguraba la existencia del ADN de todos los linces que pasaron por el centro, en los casi 25 años que estuvieron allí trabajando.

Pero el esfuerzo de Pablo durante tantos años no fue en vano, porque antes de marcharse lo había dejado todo preparado para que el nuevo equipo tuviera las instalaciones y protocolos totalmente a punto y no se perdiera un minuto más. Gracias a eso, al poco de recibir los primeros machos en la primavera de 2005 y con el equipo nuevo, el centro de El Acebuche anunciaba al mundo la gran noticia que todos esperábamos: nacía el primer lince ibérico en cautividad. La noticia inundó los telediarios y llegó justo a tiempo para evitar la catástrofe, porque de no haberse producido hoy no tendríamos linces.

Afortunadamente algunas cosas han cambiado desde entonces. La especie consiguió superar aquel agujero negro en el que nos lo jugábamos todo, aunque hoy se mantenga gracias a los refuerzos y reintroducciones con animales nacidos en cautividad, donde su existencia al menos parece asegurada. Además las distintas administraciones y ONG aúnan esfuerzos y hacen lo posible por garantizar su futuro en el campo. Lo mejor de todo es que hay gente muy buena en los distintos centros de cría en cautividad, dejándose el pellejo con la misma ilusión que nosotros pusimos en el pasado; gente que ha aportado sangre nueva y todas las ganas del mundo. Mientras ellos estén ahí, podemos estar tranquilos porque seguirá habiendo linces.

En la actualidad ninguno de nosotros trabaja ya con esta especie, porque detrás vinieron otras personas más capacitadas. Pablo vive lejos de Doñana, haciendo seguimientos de fauna y disfrutando de una paz envidiable que encuentra pintando fauna salvaje para su tienda “Retratos de Fauna”. Sin embargo él atesora una experiencia y conocimientos imprescindibles, del que solo un país como el nuestro es capaz de prescindir en un momento como este. Su trabajo sentó las bases para un sistema de seguimiento e instalaciones que hoy en día se aplican con éxito y dejó un volumen de información de valor incalculable, sobre el cual pivota una parte importante de la gestión que se sigue desarrollando en estos momentos. También estableció los parámetros técnicos para el mantenimiento en cautividad y elaboró un banco de tejidos que conserva el patrimonio genético de todos los linces de Doñana durante 25 años. Pero por encima de todo eso dejó amigos, muchos amigos.

Hace poco paseaba cerca de casa un sábado por la mañana. Dos linces juguetones y despreocupados nos salieron al paso, ajenos a la batalla que libra la especie por sobrevivir en un mundo que no termina de comprenderlos. Los miré por un rato con nostalgia del pasado aunque, por primera vez, también con esperanza para el futuro. Entonces me acordé de mi amigo y comprendí que la crudeza de aquellos años había servido para algo.

Pablo, muchas gracias.




2 comentarios :

  1. Extraordinario, Iñigo. Como siempre desenmascarando el lado más humano en tus maravillosos artículos.

    Un fuerte abrazo!

    Ah, y abrígate!

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    1. Mil gracias Antonio. El trabajo de Pablo fue clave y era necesario reconocerlo. Por nosotros que no quede :-)

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