lunes, 7 de agosto de 2017

La historia de Mimi, la esquimal

Entre los mayores alicientes de viajar a ver bichos, curiosamente hay uno que no tiene nada que ver con la fauna, sino con nuestra propia especie: la gente. Conocer gente puede reportarnos experiencias sorprendentes, a veces incluso tanto como la fauna que vamos buscando. En ocasiones las personas con que nos cruzamos a lo largo del camino dejan una huella difícil olvidar. Vamos a contar la historia de una de ellas.


Hace unos días volvimos de un viaje a la otra cara del mundo, al Norte de Alaska, por encima del Círculo Polar. Nos habíamos propuesto conocer de primera mano el modo de vida de los esquimales y averiguar si, como dicen ellos, hay algo de humanidad en la caza de ballenas y focas en el mundo actual, donde ya no es necesario matarlos para sobrevivir.

Esta es Mimi, la esquimal Yupik del Territorio Norte. Alguien que sin quererlo nos dejó huella. De no haber sido importante para ella, no habría publicado su foto (Ah, no es que esté echando tripa, sino el pliegue de la cremallera del forro, que da ese efecto).

Una mañana desayunábamos en el desangelado office de la pensión barata donde nos alojábamos, ubicada en la ruta hacia los territorios del norte. Era una pensión modesta, más bien cutrecilla, donde se alojaban las personas más desfavorecidas de la ciudad gracias a unos bonos estatales que reciben para no morir congelados en la calle. Teníamos un día intenso por delante y nos habíamos sentado en el único sofá de la sala. Llenamos los vasos de PVC con un café aguado típico americano. No hay vacas en Alaska, lo que significa que tampoco había leche para completar un buen cafelito que compense las penas del madrugón, tan solo esas ridículas cápsulas de nata líquida como las que ponen en los aviones. En definitiva, nada parecido a lo que los españoles conocemos como un café en condiciones.

Entre bostezo y bostezo vimos aparecer a una mujer que venía hacia nuestro sofá, también a desayunar. Enseguida nos llamó la atención por su aspecto dejado, pero sobre todo la triste expresión de sus ojos. Era una mujer esquimal de la etnia yupik, que aparentaba muchos más años de los que en realidad tenía. No podía caminar erguida y lo hacía con claros síntomas de dolor. Sin hablar demasiado nos dijo hola y se sentó en el suelo junto a nosotros. Inmediatamente nos levantamos para hacerle sitio en el sofá, pero se negó en rotundo; era orgullosa. Nosotros íbamos bien abrigados, mientras que ella solo vestía una camiseta vieja y roída bajo la chaqueta de un chandal. Guardaba celosamente algo en el interior de una bolsa de plástico. Por su mirada era fácil ver que aquella mujer llevaba una vida atormentada, nada parecida a un jardín de rosas.

Nos quedamos en silencio, recelosos por no saber qué hacer en una situación así. Son esas situaciones en la que experimentamos rechazo hacia las personas marginadas, más por ignorancia que por la situación en si misma. Por suerte ella rompió el hielo, preguntándonos por nuestro país de origen y cuando le respondimos todo cambió de repente; sus ojos brillaron y su cara se iluminó como si le hubieran devuelto la juventud. Entonces nos contó que lo mejor de su vida se lo había dado un antiguo novio de sus años mozos, un mejicano que la cautivó echándole los tejos al más puro estilo latino, a cuyos encantos no pudo resistirse. Aquellos debieron ser los únicos momentos de felicidad verdadera de su turbulenta existencia.
Me llamo Mimi, nos dijo sin cambiar el gesto dolorido y al ver que estábamos dispuestos a escucharla, quiso contarnos su historia. Nació hace sesenta años en un enclave indígena de los territorios del Norte. Un día, cuando era joven, un grupo de colonos blancos irrumpieron violentamente en el pueblo, violaron a las mujeres y mataron los hombres que ofrecieron resistencia. Nadie hizo que los culpables pagasen por lo que habían hecho, porque solo eran indígenas esquimales. Su propio pueblo la repudió al haber sido deshonrada.

Sin un sitio donde ir, se vio obligada a emigrar a la ciudad, viviendo de la calle y cayendo en lo más bajo en que puede caer un ser humano que lo ha perdido todo. Esa había sido su vida, no tenía ni hogar y sus pertenecías cabían en la maleta que llevaba consigo. Tan solo aquellos años locos con su novio mejicano, arrancaban la única sonrisa que le vimos esbozar el tiempo que compartimos con ella. El romance acabó, como diría Sabina “el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno” y su mejicano ardiente desapareció para dejarla sola otra vez.

¿Qué te pasa en la espalda Mimi? ¿Por qué andas doblada y dolorida? Nos contó que hacía unos años estaba caminando sobre hielo negro, sin percatarse de que no era suelo firme y resbaló fracturándose el cóccix. Como no tenía seguro médico ni dinero para tratarse la lesión, quedo lisiada de por vida con dolores crónicos insoportables. Comentaba que sus únicos amigos estables eran el tabaco, el alcohol y un novio con quien compartía la habitación de la pensión, a quien no llegamos a conocer. No confiéis nunca en el hielo negro -decía- porque es traicionero. En pocos minutos aquella mujer marginada había pasado de ser una desconocida a una persona con una vida que queríamos escuchar, porque nadie antes lo había hecho.

Hielo negro en un iceberg en zona esquimal de Alaska. No siempre se ve facilmente y cuando se camina sobre este tipo de superficie, los accidentes están asegurados.

Mientras tanto nosotros seguíamos tratando de tomar el café aguado, blanqueado con la ridícula nata líquida de las cápsulas de los aviones. En ese momento Mimi abrió por fin la bolsa que celosamente guardaba bajo su brazo. De ella sacó una tarrina de plástico, era su “creamer”de vainilla, una especie de leche en polvo saborizada que se añade al café (una costumbre muy habitual en EEUU que en nuestro país estaría penada con cárcel) y que le habían dado en un centro de beneficencia. En esos momentos su tarrina de “creamer” era la pertenencia más valiosa. Entonces volvió a hablar de su latin-lover, rememorando en voz alta las palabras en español que él le solía decir durante sus escarceos amorosos, y los ojillos se le abrían una vez más.

Mimi quiso dar un paso más en nuestra relación y nos ofreció probar su “creamer” en nuestro simulacro de café. Esa mujer no tenía nada, ni tan siquiera un techo estable donde dormir y nos estaba ofreciendo lo más valioso que tenía, por no decir lo único que tenía. Nos negamos, pero insistió como si fuera algo vital para ella e inmediatamente recordamos que para los yupik compartir es la base de su existencia, rechazar su ofrecimiento era humillarla. La cultura esquimal es la más colectiva que he conocido y no creo que haya muchas en la Tierra tan solidaria como esa.

Le pedí si me podía sacar una foto con ella y una vez más esbozó una sonrisa, porque nunca antes se lo habían pedido. Con la dignidad de un general ganador, se recompuso las ropas y se arregló el pelo para posar con el orgullo de los pueblos esquimales. Aquella foto le devolvía la dignidad que la vida le había arrebatado y posamos por unos segundos para dejar constancia del momento.
Así pues probamos la leche en polvo con sabor a vainilla de Mimi en nuestro café aguado; un brebaje verdaderamente asqueroso, que simbolizaba un acto de generosidad por alguien que da todo lo que tiene, solamente a cambio de escucharla.

Buena suerte para el invierno en las calles de Anchorage Mimi y ten cuidado con el hielo negro; es traicionero.

2 comentarios :

  1. Your means of telling the whole thing in this post is really good, all be able to easily know it, Thanks a lot. gmail.com login

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    1. Hi Siegfried. Thank you ever so much for your comment. Tha's kind. In fact stories like Mimi's are everywhere around us. All we need is to have our eyes open wide enough to spot them up. Thank u! :-)

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