domingo, 26 de noviembre de 2017

Buscando Búhos Nivales y cómo encontrarlos

Una cosa es que te gusten las rapaces nocturnas y otra muy distinta es querer verlas en su medio. Hay mil razones para entender por qué ver búhos no es una tarea fácil, empezando por la más obvia: por lo general salen de noche y no les gusta la compañía de las personas. El grado de dificultad aumenta considerablemente si nuestro objetivo son algunas especies concretas, ya de por sí esquivas. Hoy os contamos las aventuras –y desventuras- que hemos pasado hasta encontrar a una que se nos ha resistido durante mucho tiempo, una de las más impredecibles y erráticas: el impresionante Búho Nival (Bubo scandiacus).

Las más de 200 especies de rapaces nocturnas que existen, se agrupan en unos cuantos subgrupos, dentro de los cuales son asombrosamente parecidas entre sí, hasta el punto de que hasta los especialistas se vuelven locos para identificar unas de otras. Hay especies que llegan a parecerse tanto, que únicamente los expertos pueden diferenciarlas por el canto. Sin embargo la especie de la que hablamos hoy es única; no existe otra igual, porque son enteramente blancos, con algunas motas oscuras dispersas por el plumaje en el caso de las hembras y los jóvenes.

Estamos en Utkiaqvik, nombre esquimal que recibe la localidad más al norte de todo el continente norteamericano, en la Alaska más remota. Su nombre significa "el lugar donde cazamos búhos nivales" y está considerada como la capital mundial para los amantes de esta especie. Si estás deseando verlos, este es el lugar al que venir, pero ojo: está lejos, es caro y hace un frío que te pelas.

Todo en Utkiaqvik sabe a búhos nivales, osos polares y ballenas de Groenlandia. Es un sitio peculiar, lejos de todas partes y de camino a ninguno. La gente que habita este lugar son en su mayoría esquimales de la etnia Iñupiat, que viven de la caza de ballenas y de mantener sus tradiciones ancestrales. por suerte, hoy ya no cazan búhos para alimentarse.

Todo el mundo quiere verlos y no solo porque son únicos e impresionantes, sino también por el reto que resulta encontrarlos. Lógicamente una especie con semejante apariencia, solo puede tener un hábitat favorito: la nieve, donde el camuflaje les permite ver a sus presas y enemigos naturales sin ser vistos. No hay nivales en el Hemisferio Sur y en el Norte solo se reproducen en las regiones más frías, es decir, en la tundra ártica de Norteamérica, Europa y Asia. La Primera Regla de Oro para la observación de nivales es que lo mejor es ir hasta la tundra ártica, donde están las áreas de reproducción. Los búhos nivales crían en el suelo sobre montículos de musgo y depositan sus huevos sobre una capa de egagrópilas y plumón que hace las funciones de aislante térmico. Es en los territorios de cría donde resulta más fácil, o mejor dicho, menos difícil encontrarlos y de aquí podemos extraer la Segunda Regla de Oro para tener éxito en nuestro intento: mejor ir a buscarlos durante la época de reproducción, es decir, durante el verano. Es posible verlos también durante el invierno, en latitudes mucho más meridionales y más abajo del Círculo Polar Ártico, pero es ya una auténtica cuestión de azar puesto que si son irregulares en sus zonas de cría, mucho más aún en las de invernada.

Pero como decimos hay un pequeño problema que convierte en una tarea complicada cualquier viaje para encontrarlos: son migratorios consumados, nómadas, erráticos e impredecibles. La cantidad de búhos que crían de un año para otro varía drásticamente, siempre en función de los ciclos de sus presas favoritas: los lemings. Así pues en años favorables podemos encontrar hasta casi un nido por hectárea, pero son tan inestables que al siguiente haber desaparecido casi por completo. Los picos de abundancia suceden –o sucedían hasta la irrupción del cambio climático- cada cuatro años aproximadamente, como las olimpiadas, de forma que si quieres dar con ellos lo más aconsejable es viajar hasta al Ártico no un verano cualquiera, sino uno que se caracterice por ser un buen año de lemings. Esto nos lleva irremisiblemente a la Tercera Regla de Oro: recuerda, en la tundra solo si hay lemings, habrá búhos, así que es recomendable informarnos antes de lanzarnos a la aventura. La Cuarta Regla de Oro para ver búhos nivales es relativa a la seguridad. Ten presente que muchos lugares de alta densidad de búhos, lo son también de osos polares y esto es un factor a tener siempre muy presente. Toma las medidas adecuadas. Muchos amigos con los que hemos compartido aventuras nos hablan incluso de una Quinta Regla: no olvides encomendarte a la deidad de la fortuna. Es necesaria una cierta dosis de suerte para poder verlos, porque nunca está asegurado. Por último y dado que lo estaremos adentrándonos en áreas de reproducción, cualquier intento de búsqueda debe priorizar siempre no poner en riesgo la nidada con las molestias derivadas de nuestra inoportuna presencia.

Este roedor está atento a la presencia de depredadores naturales, que aquí son básicamente el zorro ártico y el búho nival. Los lémings y otras especies similares conforman la dieta de estas especies, de forma que sus ciclos también afectan a los depredadores. Los años buenos en lemings, atraen a muchos búhos y por el contrario, cuando hay pocas presas, apenas es posible ver a sus depredadores.

Ahora bien y dicho esto, como dijimos antes, también podemos verlos en invierno en determinadas localidades donde parecen darse cita regular cada año, en mayor o menor número. Una de ellas está al otro lado del Charco, en las explanadas del aeropuerto internacional de Montreal, Quebec, Canadá. Allí se concentran muchas personas durante las navidades procedentes de todo el continente para encontrarlos posados en el vallado perimetral de las pistas de aterrizaje.

Un paisaje invernal nevado en Quebec, Canadá, cerca de Montreal y donde es posible ver búhos nivales durante el invierno. La observación de esta especie en invierno es más aleatoria y está sujeta al azar. Lo mejor para tener garantías de éxito, es ir a buscarlos directamente a sus territorios de cría en el Ártico.

Tras haber probado suerte con los búhos nivales en varios países sin éxito alguno, incluyendo cuatro navidades consecutivas en los blancos parajes de Quebec, por fin el pasado verano decidimos volver a intentarlo. Esta vez contábamos con una ventaja, un arma secreta de eficacia casi garantizada. Un buen amigo alemán apasionado de las regiones polares, me había soplado meses antes que si de verdad quería verlos, hay un lugar en el mundo donde hacerlo. La mala noticia es que este punto del mapa está justo al otro lado del globo y además es algo complicado llegar hasta allí, pero el premio estaba prácticamente asegurado.

Cuesta un poco pronunciar su nombre: Utqiaġvik y más aún recordarlo, por eso la gente lo conoce sencillamente como “el fin del mundo”, básicamente porque no es posible ir más lejos sin salirse del mapa. Es una pequeña localidad esquimal de la etnia Iñupiat, que es además la punta más septentrional del continente Norteamericano. Está ubicada donde se encuentran los mares de Chuckchi y Beaufort, en Alaska, EEUU. Utqiaġvik está considerada por muchos como la capital mundial del Búho Nival, algo así como Sevilla para la Semana Santa o Gansbaai para el Tiburón Blanco. No en vano su nombre en esquimal significa “el lugar donde vamos a cazar búhos nivales”, puesto que la tradición Iñupiat consideraba a esta especie como una parte esencial del menú de sus habitantes. En la actualidad los esquimales ya no cazan búhos para comer, pero su importancia social no ha disminuido y son el símbolo oficial de la corporación municipal.

Aquí os marcamos donde está Utkiaqvik, en la punta norte de Alaska. Si buscas un vuelo que te lleve hasta allí, has de poner como destino el de Barrow (Alaska), que es el nombre extraoficial que figura en el aeropuerto de la localidad. Este nombre ha quedado suspendido oficialmente en favor del nombre original esquimal que hemos comentado, Utkiaqvik.

La imagen del búho nival está presente en todas partes en la localidad de Utkiaqvik. No en vano es el símbolo de la corporación municipal y autoridad esquimal que gestiona los territorios, que gozan de un estatus diferente al del resto de los estados y regiones de los EEUU.

Solo hay una manera de llegar hasta Utqiaġvik y es por aire. No hay carreteras en la tundra y está tan al norte, que no coge de paso para ir a ningún otro lugar. La comunidad que la habita es en su inmensa mayoría esquimal, bien adaptada a una noche invernal eterna y un verano breve durante el cual no se pone el sol. Las temperaturas son extremas. Hay un par de meses del año en los que la población se duplica por el aluvión de observadores de pájaros que llegan desde Estados Unidos en masa, ávidos por ver especies raras propias de la zona, entre ellas nuestro búho nival. La oferta de alojamiento es muy reducida y como la demanda es altísimana, los precios pueden llegar a ser desorbitados en verano. Durante el invierno es más asequible, básicamente porque nadie quiere meterse en un infierno oscuro y congelado donde hay poco que ver salvo hielo y aún menos qué hacer. Los costes de una expedición para ver búhos se incrementan si contratas los servicios de un guía, que muchos recomiendan por razones de eficacia y protección frente al oso polar, así como la obtención de permisos para deambular por territorio Iñupiat.

Al menos nosotros pudimos planificarlo con el tiempo suficiente y nos plantamos allí con la esperanza de poder verlos, confiando en que los consejos de mi amigo Karl darían sus frutos. Después de un par de días de búsqueda en lo que resultó ser un verano no demasiado afortunado de lemings, por fin tuvimos la suerte de verlos. Pudimos ver tres hembras adultas incubando en el nido y un macho adulto blanco níveo completo, descansando a unos ciento cincuenta metros. En nuestro caso el uso de telescopios fue determinante, porque al ser época de reproducción no quisimos acercarnos a los nidos. Y sí, sí valió la pena. Son seres fascinantes, únicos y una vez que los ves en libertad, parecen mágicos, porque la luz impacta sobre su plumaje reflectante dando la sensación de que brillan entre la tundra.

Ahí está por fin. Ha costado encontrarlo, pero los consejos de nuestro amigo Karl han dado sus frutos. Por fin nuestros caminos se cruzan con los del Búho Nival (Bubo scnadiacus), la rapaz nocturna más singular y única de las más de 200 especies que los científicos reconocen en la actualidad.

Nuestro primer búho ha resultado ser un precioso e inmaculado macho adulto, caracterizado por ser completamente blancos. Ahora se está estirando. La imagen es mala, pero tampoco importa demasiado. Lo importante es verlo. Prueba superada -por fin-.

Aunque sus poblaciones son todavía abundantes, los búhos nivales afrontan un futuro preocupante y lo malo es que su futuro se acerca más rápidamente de lo que pensamos. El cambio climático está alterando ya los ciclos de los lemings, que han dejado de guardar su patrón regular de 4-5 años y las temperaturas están ascendiendo peligrosamente, modificando la dinámica de las plantas de las que se alimentan estos roedores, dieta básica del búho.
De cualquiera de las maneras hoy siguen estando ahí y si tu intención es ir a buscarlos, no nos cabe duda de que estos consejos serán de utilidad.
¡¡Buen viaje y buena suerte!!

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