miércoles, 17 de enero de 2018

Esquimales ¿un ejemplo de armonía con la naturaleza?

Al igual que muchas personas, nos hemos preguntado cómo es posible que una etnia que se reivindica así misma como el paradigma de vivir en armonía con la naturaleza, sea a la vez firme defensora de la caza de ballenas, tratándose de especies amenazadas. Aún cuando la comida abunda en las estanterías de los supermercados y ya no es necesario matarlas para subsistir, los esquimales siguen aferrados a su tradición, abatiendo cada año a un buen número de cetáceos como señal de identidad vital ¿Estamos ante la raza elegida o por el contrario son tan despiadados con la fauna como lo somos el resto de los seres humanos? Te invitamos a conocer sus costumbres, modo de vida y argumentos. Tal vez encontremos algunas respuestas.

Puede resultar contradictorio en que en la Era Moderna un grupo étnico disfrute de cupos para matar ballenas, mientras los gobiernos de esos mismos países las protegen de manera estricta -incluso bajo penas de cárcel- de los demas mortales. Nuestra sociedad demoniza a noruegos y japoneses por seguir cazando y al mismo tiempo se solidariza con los esquimales por hacer exactamente lo mismo. En teoría japoneses o noruegos son tan indígenas de su tierra como lo son los esquimales, y tal vez incluso más, por razones cronológicas. Como nadie a quien hemos preguntado ha sabido aclararnos este embrollo y nos corroía la curiosidad, no hemos tenido más remedio que hacer la mochila y largarnos al otro lado del mundo para preguntárselo a los mismísimos protagonistas de esta historia, quienes además hacen gala de una hospitalidad entrañable; nos hemos venido hasta los territorios árticos de Alaska. Para conocerlos bien no es necesario ser antropólogo, ni tener un contacto local que te introduzca en el clan; lo único que tienes que hacer es abrigarte bien, estar dispuesto a comer grasa cruda y colarte en cualquiera de sus muchos actos sociales, del resto ya se ocupan ellos.

Los esquimales tienen un algo especial. Son una de esas etnias que caen bien a todo el mundo, a pesar de seguir empecinados en la caza de ballenas, que están amenazadas a nivel mundial debido a la explotación industrial. Veamos por qué lo hacen.

Para comprender lo que para esta gente significa la caza de las ballenas, es obligado hablar primero del Nalúkataq, que se sucede cada año por el mes de julio. Adquiere una importancia capital en la rama Inuit-Iñupiat, los esquimales que habitan las costas del Norte de Alaska y Canadá y es además es el acontecimiento social más importante del año, lo cual es mucho decir para un inuit en el Ártico. Desde las 11 de la mañana y por espacio de más de doce horas, el pueblo al completo se reúne al aire libre en un lugar especial, para que cada tripulación comparta la carne de las ballenas que han cazado durante el año. La gente se sienta en los bordes de un gran rectángulo ordenados por familias, dejando el centro para que unas mesas enormes almacenen bandejas y cacerolas interminables con carne y grasa crudas de ballena y todas las variantes posibles de platos elaborados con el mismo ingrediente, además de estofado de caribú con arroz. La nota de color la ponen las tartas, extraordinariamente dulces y decoradas con la bandera de la tripulación que ese día le toque celebrar Nalúkataq. Cualquier forastero que asome la cabeza por el recinto será inmediatamente invitado –más bien obligado- a sentarse uniéndose a la familia más cercana. Los esquimales se toman la hospitalidad tan en serio, que al cabo de los pocos minutos has dejado de ser forastero, pero has de cumplir una condición indispensable: no rechaces lo que te dan a comer, sea lo que sea, porque es una grave ofensa ¿afrontas el reto?

Nada mejor que el Nalúkataq para comprender por qué los esquimales cazan ballenas. Es la celebración social más importante del año en los territorios del norte.

Lógicamente el Nalúkataq no puede girar en torno a otra cosa que la carne de ballena, la de Groenlandia. En esta celebración se reparte a la población la carne acopiada durante el año, en una especie de bacanal que puede llegar a durar hasta una semana.

Uno de los complementos esenciales de la ceremonia son las tartas, que son brutalmente empalagosas. Son decoradas con los colores de la bandera de la tripulación que ese día celebra Nalúkataq, que como podemos apreciar, son los mismos que lucen los uniformes de los miembros de cada una de ellas.

La bandera de una de las tripulaciones de Utquiakviq, concretamente la de Ned & Nora Arey, Sr.

... Y su respectiva tarta, mejor dicho, su respectivo terrón de azúcar.

Se llama Harriet y no es una amiga de toda la vida, no la conocíamos de nada. Nos agarró del brazo y nos hizo sentar al lado de ella, sumándonos a su grupo familiar. Se ocupó que en las ocho horas siguientes no dejásemos de comer. Lo más gracioso de todo es que ella tampoco era la anfitriona, sino otra invitada a la que acababan de conocer. Viene de los territorios inuit del norte, en Núnavik, Quebec, Canadá y ha venido desde tan lejos para celebrar el Nalúkataq. La hospitalidad esquimal es sagrada.

El ritual comienza con la acción de gracias, con todos los tripulantes de la nave ballenera agarrados de la mano en torno al patriarca-capitán y a las pieles de foca sobre las que horas más tarde se honrará a los arponeros. Tras los rezos y cánticos pasan a la parte sustancial del evento, que no es otra que repartir comida sin pausa durante horas, básicamente Ballena de Groenlandia, hasta las diez de la noche –que por supuesto sigue siendo de día-. Al cabo de las horas y cuando se han hartado de comer (no hay alcohol en los rituales esquimales por razones enzimáticas y legales), llega la hora de mantear a los arponeros en reconocimiento por su valentía. En la cultura iñupiat no hay mayor honor que ser miembro de una tripulación ballenera, ya sean hombres o mujeres, y más aún ser arponero –no se utilizan cañones como japoneses y noruegos porque sería una deshonra; los arpones se lanzan a fuerza de brazo humano-. Al día siguiente descansan y al tercero otra tripulación del pueblo celebra su Nalúkataq correspondiente, repitiéndose así la comilona por espacio de hasta una semana en días intercalados según su número en cada pueblo. Las tripulaciones compiten entre ellas por agasajar a los asistentes, o lo que es lo mismo, por ver cuál está más agradecida al pueblo por colaborar en el descuartizamiento de las capturas una vez que son arrastradas hasta la playa a golpe de remo.

El día comienza con la acción de gracias. La tripulación al completo rodea la piel de foca sobre la que horas más tarde se manteará a los arponeros. Se presta un culto constante al espíritu de la colectividad.

Los miembros de la tripulación esperan el momento adecuado para repartir tacos de carne de ballena a los asistentes. 

La tripulación reparte estofado de caribú.

Ahora es el turno de repartir grasa de la capa dérmica de la ballena, uno de los manjares más apreciados. 

Un aspecto de la grasa dérmica de la ballena, denominada "blubber".

A eso de las 10 o las 11 de la noche se procede a mantear a los arponeros. Lo hacen empleando pieles de foca, exactamente igual que lo hacían sus antepasados hace mil años.

Es durante esta celebración cuando viven el momento más esperado del año y es aquí donde los esquimales dan sentido a la colectividad que rige sus existencias. No existe el individualismo en esa sociedad, sencillamente porque nadie puede cazar ballenas en solitario, ni arrastrarlas a costa, ni mucho menos descuartizarlas; el grupo es su mejor seguro de vida y eso les convierte en la cultura más solidaria del planeta. Acuden vecinos de otros pueblos, se forjan amistades, se reúnen las familias, regresan los que emigraron, se forman parejas de novios, se hacen negocios y hasta se celebran bodas, en las que todo el mundo está obligatoriamente invitado. Todo es diversión y sonrisas en Nalúkataq; todos parecen felices. Nada puede empañar la alegría que une a toda la comunidad, reivindicando en todo momento el orgullo de ser esquimales. Y ello siempre en torno a una única razón de ser: la caza de ballenas. Las conversaciones se centran en quién fue la tripulación más intrépida en el mar más embravecido o quién logró arponear más piezas. Los pueblos esquimales no son muy grandes y las bajas temperaturas de la larga noche invernal, dificultan cualquier actividad social durante el resto del calendario. Solo si hay ballenas podrá decirse que ha sido un buen año. En el Ártico no crecen los árboles, así que no es de extrañar que hasta los jardines se decoren con árboles artificiales hechos con barbas de ballena y que los tejados, las puertas de las casas o los cubos de basura y hasta las lápidas de los cementerios estén hechos o decorados con motivos balleneros. Como decimos, la vida iñupiat gravita en torno a las ballenas o mejor dicho, en torno a su caza; es su ADN.
Una vez que la semana de Nalúkataq ha terminado, los esquimales regresan a su dura rutina, en la que reina el hielo y la noche más larga.

Nalúkataq es el acontecimiento más importante en la vida de un esquimal, algo así como un Madrid-Barsa en el fútbol español. También es el mejor momento para conocerlos e introducirse en su sociedad.

Mucha gente viene desde lejos para una ocasión como esta. Algunos incluso han cruzado el Estrecho de Bering, desde Siberia y lo hacen cada año sin faltar a la cita.

Todos se lo pasan bomba en el Nalúkataq, especialmente los pequeñajos, también ataviados con los colores de la tripulación ballenera.

Una boda esquimal durante Nalúkataq. Todo el pueblo está invitado. No te pierdas el cuello de la madrina: es la piel de un Glotón.

Un jardín esquimal, donde no crecen plantas por los rigores del clima. Los troncos que ves en el suelo son recogidos de la playa, arrastrados por las corrientes marinas procedentes de Siberia. Las palmeras no son reales. Están hechas con barbas de las ballenas capturadas. Incluso las ventanas de la casa tienen forma de mandíbulas de ballena.

El tejado de una casa cualquiera en Barrow, Northen Slope, Alaska, EEUU.

Un contenedor de basura. Alguien ha pintado "amamos a nuestros balleneros".

La puerta de un domicilio.

Unas tumbas, en el centro del pueblo. Podemos ver mandíbulas de ballena y huesos sobre la tumba.

Un inuit iñupiat graba una escena de caza sobre una barba. Es un trabajo de artesanía, que venderán a los turistas procedentes de EEUU. 

Detalle del trabajo anterior. Podemos ver una escena de caza de una ballena de Groenlandia y una beluga. Los esquimales dicen que ambas especies siempre nadan juntas.

Un artesano iñupiat muestra orgulloso su trabajo sobre el colmillo de una morsa.

Ahora veamos cómo afecta todo esto a la otra cara de la moneda, la de la propia ballena, la de Groenlandia (Balaena mysticetus). Es uno de los cetáceos más amenazados del globo, debido a las matanzas industriales de los siglos XVIII, XIX y XX. De las cinco poblaciones existentes, 3 de ellas están en peligro de extinción, otra vulnerable y la otra se las va apañando más o menos por el momento, según la Lista Roja de la UICN. Hay una razón que explica muy bien por qué es una de las especies más perseguidas por los balleneros de medio mundo y por tanto de las más amenazadas. La de Groenlandia, junto con las ballenas francas, son las únicas especies que flotan en el mar una vez muertas, el resto se van rápidamente al fondo. Recuperar las capturas de otras ballenas arponeadas solo está al alcance de buques industriales con grúas, que evitan que se hundan, pero no para embarcaciones pequeñas que han de tirar a base de brazo humano para llevarlas hasta la playa.

Las ballenas francas y de Groenlandia son las únicas ballenas que flotan en el mar una vez muertas. Por esta razón son las más codiciadas por los balleneros y por eso también, las primeras en extinguirse.

Pero los iñupiat no solo cazan ballenas, en Alaska al menos también deciden ellos mismos el cupo de capturas a través de la Alaska Eskimo Whaling Commission, para lo cual han de negociar anualmente con el gobierno federal de EEUU en función del estado las poblaciones. En teoría los cupos han de ser pequeños y solo se permite la caza de subsistencia, asignando una cantidad a cada uno de los 10 pueblos costeros que componen el territorio esquimal. Por regla general la cuota anual de Ballenas de Groenlandia en la región oscila entre 10 y 70 aproximadamente, lo que viene a suponer según los datos oficiales menos del 0,5% de la población. Aunque se trate de una especie amenazada, la población global de la especie se encuentra en aparente recuperación, por lo que los científicos sostienen que esta tasa de capturas no supone un factor de amenaza en la actualidad.

Y no solo son ballenas. La caza de caribús, focas comunes (Phoca vitulina), morsas (Odobenus rosmarus), gansos y muy significativamente glotones (Gulo gulo), ocupa una buena parte del tiempo de los esquimales, en un modo de vida donde no hay otras muchas cosas que hacer durante el año. Antiguamente se cazaban focas y morsas a base de arpones, pero hoy cuentan con modernos rifles y municiones de largo alcance y si bien las morsas se capturan en base a cuotas, para las focas no hay límite alguno; su carne se utiliza para alimentar a los perros de los trineos y la piel para elaborar ropa, calzado y barcos; de las morsas se busca el marfil de los colmillos para elaborar objetos de artesanía y el resto es comida para perros. Los glotones son perseguidos por su piel. No hay inuit respetable que no lleve el pellejo de un glotón como sombrero, garras incluidas. Por lo que sabemos, las poblaciones de focas son saludables y no se encuentran en regresión y las morsas se recuperan lentamente de la crisis que sufrieron hace unos años, cuando la caza salvaje estuvo a punto de exterminarlas. No obstante se desconoce el impacto que el cambio global ocasionará sobre ambas especies. Para el caso del glotón, podemos decir que en Europa gozan de mayor estatus de protección legal.

Una partida de caza va en busca de focas entre los témpanos del Mar de Chukchi.

Y esto es lo que buscan, focas comunes descansando sobre el hielo.

... Tan solo unos minutos después. La han despellejado y descarnado. Han dejado algo de basura alrededor del cadáver. Hasta ahí es exactamente igual que en muchas monterías españolas.

Me he pasado diez años de mi vida profesional atendiendo y cuidando cetáceos varados en las playas andaluzas, a veces incluso con riesgo de morir ahogado y eso ha hecho que haya llegado a tener una relación muy especial -y profunda- con algunos de estos animales. No soporto ver un animal sufriendo y menos si es una ballena, por lo que tengo que reconocer que presenciar todo esto me ha llenado de sentimientos contradictorios. Ver cómo descuartizan una pobre hembra y se la comen a bocados, me dejó un tanto trastocado. No obstante también me ha hecho preguntarme si alimentarme a base de cerdos anónimos, que viven en diminutas cochiqueras y que nacen para morir en mataderos industriales, me hace ser mejor persona que un esquimal. Tal vez la nuestra es una sociedad de doble moral, que tiende a prejuzgar a otros desde la comodidad de la distancia.

Lo que sí me ha quedado claro es que los esquimales no son humanos excepcionales, ni tampoco una rama escogida que vive en plena armonía con el medio que les rodea, o al menos eso percibimos. La naturaleza humana trasciende cualquier barrera étnica. No se diferencian en nada al resto de los humanos actuales, al menos a los que yo conozco; tiran la misma basura que nosotros y no llevan una vida menos consumista que la nuestra. Como la inmensa mayoría de las culturas, cazan todo lo que puedan cazar mientras les sea posible, cuanto más mejor, esté amenazado o no y para conseguirlo utilizan los medios más letales que tengan a su alcance. En esto no se diferencian de cualquier país europeo, aunque ellos al menos tienen cupos reales que respetan escrupulosamente, porque de lo contrario estarían atentando contra su colectividad.

La lección aprendida es que siendo exactamente igual que el resto de los humanos, la caza le da sentido a su existencia. Tal vez todo esto tenga que ver no solo con su modo de vida, sino también con la propia supervivencia. No resulta fácil vivir en un medio para el que no estamos biológicamente preparados. Solo estando ocupados y manteniendo fuertemente cohesionada su sociedad, la supervivencia de los inuit parece asegurada y, hoy por hoy, esto depende de sus ballenas.

¿Y tú cómo lo ves?

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