domingo, 25 de marzo de 2018

Antártida, más allá de las fronteras

A lo largo de mi vida he visitado lugares, unos lejanos y otros incluso al lado de casa, que reciben denominaciones como el último paraíso, la última frontera o el último rincón salvaje. Seguro que son únicos en alguna manera pero no son los últimos, porque los continentes están ocupados por seres humanos y en todos ellos hay señales patentes de nuestra existencia: basura, destrucción del hábitat y fauna en extinción ¿En todos? bueno realmente no. Aún nos queda un lugar más allá de las fronteras, donde no nacen seres humanos y los pocos que hay siempre están de paso; un lugar donde no hay guerras y las banderas no separan a las personas. Si alguna vez escuchaste la canción de John Lennon, sin duda es este lugar: imagina, es Antártida.

Algunas personas nos habéis preguntado cómo organizar un viaje a la Antártida, los precios y las posibilidades y esta entrada del blog es la respuesta que os prometimos. Pertenezco a una familia en la que cinco de nosotros hemos tenido la suerte de pisarla: Marta, Bea (que en este momento está allí), Juan Grande, Juan Chico y yo. Es una experiencia que nos ha marcado de por vida porque Antártida solo hay una; no busques comparaciones con otros lugares de la Tierra, sencillamente no los hay.

Una Foca Leopardo (Hydrurga leptonyx) fotografiada desde la zodiac en el Mar de Weddell. Este enorme bicho de hasta 4m de longitud es el depredador más formidable y activo del continente blanco, mucho más aún que las orcas. Es la peor pesadilla para los pingüinos y es fácil verla cazando presas, lo que hace con una enorme facilidad. Es tan agresiva, que ha llegado a matar a algúnas personas que las estudiaban.

En primer lugar hay que saber que solo se puede llegar hasta allí formando parte de expediciones, es decir, viajes ex-profeso que llevan sus propios víveres y todo lo necesario para subsistir, incluido el servicio médico. No hay nada entre el mundo conocido y nuestro destino, que se encuentra además a una enorme distancia por mar del resto de los continentes. Ten en cuenta que una vez hayas iniciado el viaje no hay vuelta atrás; si enfermas no es posible la evacuación individual, como sí puedes hacer en cualquier otro lugar del planeta. Antes de partir es obligatorio suscribir un costoso seguro que cubra prácticamente cualquier eventualidad y además debes firmar un documento que exime de responsabilidad al titular de la expedición caso de que, por ejemplo, sufras un ataque de apendicitis, un infarto o tengas un accidente (y hemos presenciado varios que bien podrían haber acabado en tragedia). Si pasa algo así, tendrás que arreglarte con los medios disponibles. Para bien o para mal no volverás al mundo hasta que toque y cuando lo hagas ya no serás la misma persona que antes, porque este viaje te cambiará y habrá un antes y un después en tu vida. Y lógicamente todo esto es caro.
Puedes llegar a Antártida de varias maneras, aunque ninguna es barata ni sencilla. La mejor desde luego es hacerlo como miembro de una expedición científica oficial, aunque en España esta posibilidad está reservada a una élite bastante reducida. Las campañas se limitan generalmente a los meses del verano austral. Puedes también intentar colarte en las expediciones científicas de algún país extranjero, lo que paradójicamente resulta más viable que hacerlo con el nuestro. No obstante todos ellos son viajes científicos, en los que cada componente ha de desarrollar un trabajo específico autorizado por el programa de investigaciones antárticas. En mi familia lo hemos hecho de ambas maneras.

Nuestro barco, o al menos uno de los muchos que hemos empleado en la familia para cruzar el Drake y navegar hasta Antártida.

Bea, mi sobrina. Una arqueóloga empedernida con experiencia en excavaciones por medio mundo. Esta foto está hecha mientras redactamos esta entrada del blog, porque en este momento se encuentra allí abajo, formando parte de una expedición científica oficial sudamericana. Se le ha ocurrido una brillantísima idea para un proyecto y el comité científico le ha dado luz verde ¡¡Suerte!!

Y este soy yo haciendo el idiota con una foca de Weddell. El que nace lechón, muere cochino.

Mi otra sobrina, Marta. Se lo está pasando pipa haciendo un reportaje fotográfico a la foca leopardo que bosteza a sus espaldas. Esta foto está tomada cerca de la base científica ucraniana de Vernadsky, en Península Antártica, muy cerca del paralelo -66º.

Para la inmensa mayoría del resto de los mortales -incluida también mi familia- las opciones pasan por lograr -y pagar- una plaza en alguna de las expediciones comerciales existentes, que tampoco son muchas. Hay pocas navieras que cuentan con buques certificados de doble casco, que son los únicos autorizados para entrar el aguas protegidas por el Tratado Antártico, por lo que las plazas disponibles se llenan pronto y casi siempre a precios elevados, a veces desorbitados. Si has tomado la determinación de pisar Antártida, el mejor consejo es que lo planifiques con al menos un año de antelación y directamente con la naviera que opera las expediciones, así puedes ahorrarte hasta un 40% de los costes.
Otro aspecto importante a tener en consideración, es el punto continental desde el que partas. Hay tres posibilidades: Australia (Melbourne), África (Ciudad del Cabo, Sudáfrica) y Sudamérica (Punta Arenas, Chile o Ushaia, Argentina). La salida desde África es obscenamente costosa y además conlleva una travesía por el Atlántico Sur de más de dos semanas de navegación que puede resultar infernal. La ruta australiana no es tan tediosa, pero siempre más cara y larga que las americanas. Por eliminación nos quedan las opciones chilena y argentina, o lo que es lo mismo, partir en un barco expedicionario desde Punta Arenas o desde Ushuaia, siendo esta última la más accesible, barata y sencilla.
También se puede acceder por vía aérea, aunque normalmente no está disponible para expediciones turísticas. Las pocas posibilidades de hacerlo no suelen bajar de los 20.000 euros en vuelos muy selectivos, aunque los chinos en su conocida ansia de expandirse por el mundo ya están empezando a organizar rutas aéreas comerciales, que probablemente se masificarán generando un impacto ambiental considerable.
Ya sea partiendo desde Punta Arenas o Ushuaia hay que superar dos obstáculos en el camino nada desdeñables: el primero es doblar el temido Cabo de Hornos, que hasta la fecha ha provocado 800 naufragios conocidos y 10.000 marineros muertos. Después tendrás que vértelas cara a cara con el espeluznante Paso de Drake. No nos detendremos en hablar de ambos, ya que dedicamos nada menos que las cuatro primeras entradas del blog a detallar las peripecias sufridas cuando lo cruzamos; ahí encontrarás un montón de información útil al respecto (ver El Paso de Drake I, II, III y IV).

Un paseo en zodiac cerca de la Isla Gourdin.

Juan chico, mi otro sobrino y Marta, disfrutando de una clase magistral sobre tipos de hielo y su datación. 

Los barcos que hacen la travesía oscilan entre los veleros de veinte metros de eslora de las pequeñas expediciones, hasta los grandes buques de pasajeros. Yo personalmente dejaría los veleros para navegar por Ibiza, porque estas aguas están consideradas las más peligrosas del planeta. También huiría de los grandes barcos, porque están masificados y por su calado no pueden acceder a los lugares más interesantes. Lo ideal son pequeños buques oceanográficos de expedición polar, que tienen el tamaño y estabilidad suficientes para no hundirse en el Drake y a la vez permiten disfrutar al máximo la aventura (como describimos bien en los post anteriores).
Una vez hemos superado al Drake llegamos las islas Shetlands del Sur, ya consideradas parte de la Antártida. Es un archipiélago donde se ubican la mayor parte de las bases científicas de los países que suscribieron el Tratado Antártico, entre ellas España, que tiene allí dos bases: la Juan Carlos I (en la Isla Livingston) y la Gabriel de Castilla (Isla Decepción). Es también el cinturón perimetral donde se concentra la vida salvaje, ya que en el interior de Antártida las condiciones de vida son tan duras, que salvo los pingüinos emperadores y los Adelia pocas especies se aventuran a ocuparlo.

Este no es mi sobrino. Es un Pingüino Barbijo (Pygoscelis antarcticus) marcando territorio de nidificación en Península Antártica. Son muy ruidosos y agresivos entre ellos, pero enormemente curiosos con las pocas personas con las que se cruzan. 

La colonia de cría de Pingüino de Adelia (Pygoscelis adeliae). Junto con el emperador, son las dos únicas especies de esta ave que se reproducen en el continente antártico. Las otras especies no bajan tanto, quedándose acantonadas más al norte, incluyendo South Shetlands, South Georgia,...

Un Adelia acercándose a curiosear. Hay que tener cuidado con las cámaras, porque pueden rayar las lentes a picotazos. 

La mayor parte de las expediciones no pasan de las South Shetlands por razones logísticas y pragmáticas. Sin embargo para alcanzar el continente en sentido estricto, es necesario continuar el viaje hacia el sur unas 75 millas más hasta alcanzar la Península Antártica, con el Mar de Weddell al Este, donde anduvo perdida la famosa expedición de Shackelton. Algunas expediciones hacen una ruta completa que pasa por Malvinas, las South Georgia y las Orcadas del Sur, para luego pasar por las Shetlands, pero obviamente son mucho más costosas (no bajan de los casi 15 mil euros).
La población humana en Antártida es mínima. Si la superficie del continente es de 14 millones de km cuadrados frente a los 10 millones de Europa, en Antártida no hay más de diez mil personas en los meses más poblados de verano (unas mil en invierno) entre sus 50 bases científicas, mientras Europa bulle con 743 millones de almas. Esta cifra viene a decir que por cada habitante antártico estival, hay 75.000 en Europa. Y a diferencia de otros lugares, tampoco los turistas suponen una cifra desmesurada, sin llegar a sobrepasar las 6.000 personas al año, que además duermen en el interior de sus barcos. En contraste y para que te hagas una idea, unas 300.000 personas visitan cada año el Masai Mara, Doñana o las Islas Cíes. El Tratado Antártico no permite la acampada de turistas en tierra firme, ni tampoco dejar residuos, ya sean biológicos (cadáveres, heces, orina) o de cualquier tipo y las compañías que no son respetuosas con estos preceptos se arriesgan a perder su licencia y afrontar fuertes sanciones económicas.

La vida en una base antártica no es fácil y en ocasiones llega a convertirse en una tortura que acaba por volver locos a sus habitantes. No hace demasiado tiempo un científico tuvo que ser trasladado en pleno invierno a una base americana, para ser encerrado entre rejas hasta la llegada de la primavera; llegó a enloquecer e incendió su base con gasolina. Tal vez por esa misma razón la vida de los científicos se construye con mucho compañerismo y decorando las paredes con recuerdos de la familia o fotografías de playas soleadas como antídoto para superar la soledad, la oscuridad y las tempestades invernales con temperaturas de hasta 70 grados bajo cero.

El dormitorio/laboratorio de uno de los científicos en la basa argentina. Son instalaciones austeras, pero muy prácticas y funcionales. 

El gimnasio. Resulta esencial tener un equilibrio mental y físico para hacer frente a los duros meses de trabajo antártico, muy especialmente en invierno, donde apenas es posible salir al exterior durante largos períodos de inclemencias meteorológicas que hacen mella hasta en las mentes más estables.

Mi hermano Juan. Médico de la base española Gabriel de Castilla durante los meses que le tocó estar por allí abajo. Es también el padre de Marta, Bea y Juan. No se pierde una aventura, y ya lleva muchas a sus espaldas por el mundo. 

Bea, presumiendo de la placa que ella misma ha colocado en la base chilena con la distancia que la separa de Sevilla. Son estos pequeños gestos lo que mantiene de buen ánimo a la gente que trabaja en Antártida. Son gente de otra pasta. 

La fauna antártica es única y depende completamente del hielo. Hay cinco especies de pinípedos, destacando la foca cangrejera y de Weddell y el más temible depredador junto con la orca: el leopardo marino, una enorme foca de 4m de longitud que se come todo lo que puede. Los cetáceos abundan en las aguas antárticas: ballenas azules, jorobadas y francas, delfines antárticos, rorcuales aliblancos y norteños, orcas, cachalotes, zifios, ...y aves, cuyos efectivos se cuentan en cantidades asombrosas: pingüinos emperadores, reales, barbijos, Adelia, papúa, de penacho amarillo y rojo, cormoranes antárticos, palomas antárticas, petreles antárticos y dameros, petreles gigantes, albatros y pardelas de varias especies, paiños, priones, petreles buceadores, gaviotas, charranes antárticos y árticos,..., y una lista que llevaría más tiempo del que disponemos. Los peces marinos no son menos, con unas 300 especies exclusivas, cuya sangre no se congela gracias a las glicoproteínas que la componen. Pero no hay mamíferos terrestres, ni árboles, ni matorrales ni arbustos.

Juan en la Isla Decepción, dentro de las South Shetlands.

Una pareja de Págalos Antárticos (Stercorarius maccormicki) con la calentura del celo. El macho ofrece la columna vertebral de un pingüino a la hembra; ella lo coge y ambos se enzarzan en una pelea simulada con baile incluido. Ambos tiran del hueso probando sus fuerzas entre gritos y aleteos sincronizados. 

Una Foca de Weddell (Leptonychotes weddellii) descansa en el hielo. Es una especie típica de Antártida y a diferencia de otras focas, esta no desaparece en invierno. Con los dientes mantiene abiertos los agujeros en el hielo que le permiten salir al exterior para respirar y cuando la vejez les ha desgastado las piezas dentarias, mueren de hambre o asfixia.

La vida antártica es efervescente y abundante gracias al krill (Euphausia superba), un camarón que se reproduce y vive en cantidades astronómicas en las aguas que rodean al continente. Todos los seres antárticos se alimentan de krill, o en su defecto de aquellos que lo hacen y si este desaparece, la vida en el continente terminará tal cual la conocemos hoy. Otra de las peculiaridades de este crustáceo, es que no solo supone la base de la dieta de animales que se encuentran inmediatamente por encima en la cadena trófica: peces, aves marinas, sino que también lo es para los animales más grandes del planeta: ballenas azules, rorcuales comunes y ballenas francas.
La abundancia de krill antártico es tal, que a diferencia de la mayoría de ecosistemas del planeta aquí apenas hay competencia por el alimento. Hay comida para todos, pero eso no significa que la vida sea fácil; al contrario, la verdadera batalla se libra para sobrevivir a la extrema dureza del clima y lo que es aún más difícil: reproducirse. Las estrategias de las especies antárticas son tan extremas como las condiciones de vida, especialmente durante el invierno. Las focas cangrejeras pasan la mayor parte de su tiempo mordisqueando el hielo para mantener abiertos los agujeros de salida al mar y para respirar. Cuando al cabo del tiempo los dientes se han desgastado por completo, encuentran la muerte por inanición o por asfixia. Los pingüinos Adelia tienen que sortear oleajes brutales para entrar y salir del mar, a fin de esquivar a las voraces focas leopardo. Muchos de ellos mueren golpeados violentamente contra las rocas o perecen ahogados. Los pingüinos emperador han de recorrer caminando hasta 100km tierra -o hielo- adentro para establecer sus colonias de cría en pleno invierno, soportando temperaturas de hasta 70º bajo cero; una buena parte de ellos mueren congelados. Además, todas las especies tienen que afrontar permanentemente la amenaza de quedar atrapadas en grietas o entre icebergs a la deriva, siendo frecuente que colonias enteras de miles de pingüinos sucumban al quedar bloqueada la salida al mar. Todas las demás, las que pueden hacerlo, básicamente se esfuman durante los crudos meses de oscuridad invernal.

La vida allí no es fácil. Una tempestad nos ha sorprendido mientras visitábamos una colonia de pingüinos. Las temperaturas se descuelgan hasta niveles terriblemente gélidos, para los que no estamos preparados. 

Dos Pingüinos Papúa (Leptonychotes papua) en el hielo. A diferencia de las especies puramente antárticas, estas otras no parecen atravesar problemas de conservación, incluso a pesar del calentamiento global.

Juan y yo cerca de la estación científica base. 

Pero la Antártida es más que soledad y hielo. Es el único lugar donde la fauna no teme y siente curiosidad por el ser humano, donde no hay guerras y las banderas no sirven para marcar las diferencias entre seres humanos, sino para unirlos. Tal vez sea porque las condiciones extremas y la necesidad de sobrevivir sacan lo mejor de las personas o porque está prohibida cualquier actividad que no sea puramente científica y de cooperación entre las naciones.

No sabemos por cuánto tiempo Antártida seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora, pero sí podemos afirmar que la cuenta atrás ya ha comenzado. El deshielo producido por el cambio climático ya es una realidad y cada año se desprenden enormes icebergs del tamaño de provincias enteras, que flotan a la deriva hacia el norte. Algo está pasando por ahí abajo y desde luego no pinta nada bien.
Pero aún hay vida en Antártida y mientras así sea en mi familia seguiremos soñando con volver algún día a doblar el Cabo de Hornos, cruzar El Drake y viajar más allá de las fronteras.

Bea nos muestra el espesor de la capa de hielo. El calentamiento global está reduciendo el grosor del hielo antártico y los efectos a escala mundial pueden ser dramáticos si los casquetes polares llegasen a desaparecer. Todo apunta que el proceso ya ha empezado.

Una pareja de Palomas Antárticas (Chionis alba) empezando la reproducción. No lo dudes más y vén a verlo.

PD. Este post está dedicado al capitán de fragata español Javier Montojo Salazar, que falleció a primeros de marzo al caer al mar de forma accidental desde el Hespérides, en aguas antárticas. D.E.P.

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