lunes, 7 de mayo de 2018

Un poco de conservación: la crueldad de morir en un lazo

Nuestro compromiso con la conservación de la fauna nos ha llevado a publicar esta entrada a pesar de ser bastante desagradable y alejarnos de la línea habitual, alegre y despreocupada, que seguimos en el blog. De todas las maneras posibles con que los humanos dan muerte a los animales salvajes, una de las más lentas, agónicas, crueles e inhumanas es hacerlo en un lazo para depredadores y hoy hablaremos de ello. A buen seguro no te va a gustar lo que contamos, pero nos ayudará a conocer la realidad de un mundo bastante hostil para nuestros bichos y del que generalmente somos ajenos.

Hemos querido reproducir un caso real acaecido en un punto de la geografía andaluza, aunque perfectamente podría haber ocurrido en cualquier otro lugar de nuestro país. Es uno de muchos, con la diferencia de que este en concreto acabó en los tribunales de justicia. Contamos los hechos según los recoge la sentencia del tribunal y las investigaciones de los agentes que protagonizaron las actuaciones policiales.

Cae la noche en el valle y una joven hembra de zorro sale de su escondrijo en lo alto de un talud arenoso, escarbado pacientemente bajo las raíces de un romero. Como de costumbre, el zorro ha de salir de noche, porque sabe perfectamente que no es bienvenida en el lugar y si quiere sobrevivir ha de esquivar de la presencia de su principal enemigo: el ser humano. Se siente segura cuando los humanos se retiran a descansar y solo entonces abandona la tranquilidad de su guarida. Ahora se dispone a iniciar su actividad nocturna, como cada noche desde que llegó al valle, hace tres meses. Nació en la comarca vecina dos años antes y tras una pelea con otro zorro que la desplazó, decidió asentarse en la zorrera del talud arenoso. Nuestra protagonista tiene que recorrer cada día el territorio donde se ha asentado en busca de comida; vale cualquier cosa, carroña, basura, insectos, un ratón, una rata que caza junto al arroyo, un conejo que ha muerto por la neumonía o un lagarto aplastado en la carretera, lo que complementa con semillas o frutos de temporada.

Si siempre se ha dicho que hace siglos una ardilla podía atravesar España de norte a sur saltando entre los árboles, hoy un zorro podría hacer lo mismo saltando de lazo en lazo. Podemos estimar en unos 60.000 los lazos que ahora mismo están colocados activos ahí fuera, esperando pacientemente estrangular a su víctima, especialmente el zorro. Exista o no la necesidad de controlar sus poblaciones, esta manera de hacerlo es sin duda de las más crueles. Además, es ilegal en la mayor parte de los casos.

Hoy no es un día cualquiera porque la primavera asoma y el celo la tiene especialmente inquieta. La joven hembra está más hambrienta de lo habitual, porque las hormonas la empujan a buscar con urgencia un compañero para reproducirse. Así que tras abandonar el agujero, se prepara para hacer el recorrido habitual por su territorio; primero irá a la escombrera cercana a la carretera, donde a veces los humanos tiran restos de comida. Si está de suerte, encontrará tanta comida que podrá dedicar el resto de la noche a encontrar un compañero. Pero en esta ocasión la basura solo le ha dejado unas pocas cortezas de pan y un hueso seco de jamón, que apenas sacian el apetito. La noche ya se ha cerrado por completo y se siente segura al amparo de la oscuridad. Levanta el hocico, huele el viento por aquí y por allí, gira las grandes orejas escudriñando los sonidos de la noche y de los ratoncillos desprevenidos que supongan un bocado. Ahora es atraída por el bullicio y la música de un grupo de jóvenes del pueblo cercano, que han ido de botellona nocturna cerca del arroyo y con sigilo se esconde detrás de los coches que se han dado cita junto al cauce. El zorro sabe que los muchachos suelen tirar patatas fritas e incluso sabrosísimos trozos de pizza. Mientras están ensimismados con sus cigarros y sus risas, se las ha arregla para robarles algunos bocados delante de sus narices, sin que lleguen a percatarse de su presencia. Pero aún así es insuficiente, es poca comida para una noche primaveral como la de hoy, en que ha de acumular reservas a toda prisa para reproducirse.

El hambriento zorro se dirige ahora hacia el barranco. Allí siempre hay comida y sabe cómo encontrarla; abundan las ratas, lirones, frutos silvestres, ranas y escarabajos. Conoce unas piedras donde vive una familia de conejos fáciles de cazar, su plato favorito. Con un solo conejo tendrá comida hasta el día siguiente y decide probar suerte. Pero para llegar hasta allí primero ha de atravesar el prado y el vallado donde los humanos guardan sus vacas.

Un lazo colocado para matar zorros en un lugar de la provincia de Huelva, aunque bien podría ser cualquier lugar de España.

Ha dejado atrás la música de los muchachos, lleva prisa y va directa al barranco; el hambre la obliga a cruzar su territorio, pero lo hace con cautela y sigilo, siempre atenta para evitar a los humanos. Apenas unos metros y por fin alcanzará las piedras donde vive la familia de conejos. Ya los huele, solo tiene que sortear a rastras el pequeño paso bajo la alambrada, como ha hecho tantas veces antes. Para franquear el paso primero introduce el hocico, ahora las orejas y después las patas delanteras. Los deliciosos conejos están ya muy cerca. Pero de manera inesperada el cruce por debajo de la alambrada se ve bloqueado. Algo repentino ha topado con sus patas e impide que el joven zorro pueda atravesar el vallado, como viene haciendo durante los últimos meses. Algo no le deja seguir adelante; tal vez una zarza que no ha visto que se ha interpuesto en su camino y la joven empuja con más fuerza para alcanzar las ansiadas piedras y sus preciados conejos. Pero no puede, está atrapada y nota que algo la agarrada por el cuello, algo frio y fino. Su astucia le dice que tal vez retrocediendo pueda liberarse de la alambrada y por fin acceder a los conejos, porque el hambre aprieta y está impaciente por llegar. Entonces, como hace cada vez que se atasca entre el matorral, recula hacia atrás con la esperanza de que así se podrá alejar de la alambrada, que hoy se está tornando especialmente complicada. Pero sigue atrapada y no logra zafarse. Estira de nuevo con un poco más de fuerza, pero sin éxito; peor aún, porque la garra que la estrangula se ha apretado aún más. Le cuesta respirar y empieza a entrar en pánico. Se mueve, se agita más y más, salta, gira, se retuerce, pero no logra salir y siente un dolor en el cuello cada vez más fuerte y empieza a sangrar. Apenas puede respirar, se asfixia, pero debe seguir luchando para escapar. Ella no sabe lo que pasa, está desconcertada porque no ve enemigos humanos y el paso de la alambrada es el mismo desde que se asentó en el territorio. Algo va mal, a pesar de que ha tomado todas las precauciones para llegar a hasta los conejos. Tras descansar unos instantes, vuelve a debatirse con toda la fuerza que le queda, pero cuanto más lo hace, más se cierra el frío cerco sobre su cuello. Está extenuada pero aún así su naturaleza salvaje se rebela y presenta batalla a un enemigo invisible que no acierta a ver. Muerde con desesperación aquí y allí, ramas, piedras, todo lo que encuentra bloqueando su paso. Como otras muchas veces, rasca el suelo, patalea y hasta procura excavar un túnel de huida, pero no hay manera, sigue atrapada.

Un zorro muerto en un lazo en la provincia de Jaén. 

Esta vez es Granada...

... y en Huelva. Pueden observarse las señales de haber luchado antes de una muerte agónica y lenta.

Ahora toca Sevilla. 

Han pasado las horas y la joven zorra está ya exhausta. El cuello está en carne viva y las uñas prácticamente destrozadas de excavar para tratar de hacerse camino. Está totalmente enredada entre las ramas y alambre del vallado, porque no ha dejado de dar vueltas y saltos mientras ha tenido fuerzas. Tiene la boca destrozada por morderlo todo, intentando escapar, pero está tan agotada que ya no lucha. Se ha deshidratado y se encuentra malherida. Ya no importa el hambre, porque no la siente.

Pero la noche va terminando y las primeras luces traen un nuevo día al valle. El sol aparece detrás del barranco, pero el zorro apenas puede verlo. No se mueve; respira entrecortada y su corazón late cada vez más despacio. Los rayos matinales tocan al animal, que hace un último intento de escapar con el poco aliento que le queda, pero sigue prisionera debajo de alambrada, dándose finalmente por vencida. Trece horas después de intentar cruzar el paso que la separaba de los conejos, el joven zorro muere deshidratado, herido y bajo un fuerte cuadro de shock. Ya no se moverá más.

Pero la historia no termina aquí; al menos la de hoy. Apenas un par de horas después, un hombre ha detenido su moto en un camino cercano. Comprueba que no hay nadie a su alrededor y decide aproximarse cauteloso hacia la alambrada. Lleva una bolsa de cuero en bandolera. Al llegar observa con cara de satisfacción el cadáver del animal y saca del bolsillo de la camisa un paquete de tabaco para encender un cigarro, que apura hasta unos dos tercios; tira la colilla al suelo y la apaga en el talón del zapato derecho. Entonces saca unos alicates de la bolsa y se agacha entre los matorrales hasta encontrar un punto por donde cortar el alambre del lazo que tiene al zorro bien atrapado por el cuello. Tira fuerte de él y saca de entre los arbustos al animal enredado entre la hojarasca y los alambres. Lo mira con detenimiento y acto seguido lo arroja para esconderlo por detrás de unas matas espesas de brezos y jaras, fuera del camino. Se sacude las manos y saca de la bolsa otro alambre acerado nuevo de cable de freno de bicicleta. Con gran maestría en apenas unos segundos ha elaborado un nuevo lazo, que coloca exactamente en el mismo paso por el que quince horas antes trató de acceder la joven hembra que ahora yace muerta detrás del matorral. Cuando ha terminado la faena, recoge las herramientas y se fuma otro cigarro, que apaga exactamente igual que el anterior. Con cara de orgullo, abandona el lugar hacia la moto, que está aparcada en el camino.

La expresión de dolor y sufrimiento en un zorro muerto en un lazo es clara. No necesita descripción porque habla por sí sola.

Pero, como decíamos, hoy es un día de sorpresas y al llegar a la moto una voz se dirige con tono firme hacia él, instándole a detenerse. La voz procede de dos agentes del SEPRONA de la Guardia Civil que de repente salen de los brezos donde estaban escondidos y que venían siguiendo sus pasos desde hacía tiempo. Los agentes llegaron media hora antes que el hombre de la moto, cuando el zorro ya estaba muerto. Hoy por fin lo han podido sorprender in fraganti después de varias semanas de esperas infructuosas.

El hombre se identifica a los agentes como guarda del coto. Se muestra nervioso y sorprendido y afirma que estaba dando una vuelta para comprobar si ha habido furtivos durante la noche. Los agentes le preguntan por el lazo, además de otros cinco que hay más abajo del barranco y él niega categóricamente saber nada de ellos. Dice que solo hay lazos de jabalí colocados por los furtivos, pero nada de lazos para alimañas. Los agentes entonces le solicitan que les acompañe hasta el lugar donde minutos antes había sido visto colocando el lazo y visiblemente excitado, responde que él no sabe nada, que no ha hecho nada malo, que es ajeno a los hechos que comentan. Uno de los guardias se dirige entonces detrás de los brezos y saca el cadáver del zorro muerto horas antes. Una vez más, el hombre de la moto saca otro cigarro del bolsillo de la camisa y lo enciende, pero esta vez el cigarro es para aplacar su ansiedad, porque está inquieto, mientras asegura una y otra vez que él no sabe nada de ese zorro y que no ha muerto por un lazo que él haya colocado.

Estas son las marcas de mordeduras que dejó nuestra pequeña protagonista antes de morir, fruto de la desesperación y el sufrimiento al estar atrapada por el cuello. Estas marcas ayudan a los agentes de la autoridad en el transcurso de sus investigaciones y a los técnicos forenses en sus dictámenes para la autoridad judicial que ha de juzgar el caso.

Ahora le piden que abra la bolsa que lleva prendida en bandolera y ya ostensiblemente nervioso, el hombre asustado se ve obligado a abrirla y el agente saca de ella unos alicates y un alambre enrollado de cable de freno nuevo. Los agentes no hacen más preguntas, se sientan sobre una piedra para escribir el acta de denuncia e intervienen los efectos de la bolsa. Levantan el cadáver del zorro, lo precintan e introducen en una bolsa oficial, que es remitida al laboratorio para confirmar la causa de la muerte. Acto seguido toman nota de las numerosas colillas de tabaco recientes y antiguas que han encontrado junto al lazo, haciendo constar que pertenecen a la misma marca que fuma el hombre y que están apagados y consumidos exactamente de la misma manera. Los agentes abandonan el lugar tras una concienzuda inspección ocular, en la que han recogido numerosos vestigios que serán claves para el procedimiento penal que está a punto de iniciarse. Al cabo de unas semanas el laboratorio emitió el informe forense, confirmando que la muerte del animal se produjo por estrangulamiento con un lazo y que además se pudo extraer del cuello un fragmento del mismo, cuyo extremo había sido seccionado con un instrumento cortante.

El final de la historia de hoy está a punto de desvelarse. Tres meses más tarde el juzgado citaba al presunto autor para el juicio, momento en el que se decidirá si se impone una condena o por el contrario archiva el caso, como ha pasado en otras ocasiones. Pero esta vez la suerte iba a sonreír a los guardias, ante la contundencia de los indicios aportados. Resultado: el juez condena al acusado por un delito contra la fauna mediante sentencia firme; fin del caso.

La colocación de lazos para captura de depredadores es un acto ilegal en la gran mayoría de los casos; tan solo una pequeña proporción está amparada por la ley, bajo unos condicionantes especiales y según las distintas comunidades autónomas. No vamos a entrar en si se deben o no matar zorros, porque no es el objeto de este artículo. Tampoco queremos demonizar a los guardas de coto; conozco muchos respetuosos con la fauna y algunos incluso se encuentran entre mis amigos. No obstante sí queremos decir que las muertes que incluyen crueldad y sufrimiento innecesario, no deberían tener cabida legal en un país que aspire a estar entre la lista de los más civilizados.

Mientras lees este artículo, en nuestro país hay más de 60.000 lazos ilegales aguardando para dar muerte a zorros, garduñas, perros, meloncillos y cualquier otro animal susceptible de quedar atrapado. En los últimos meses también han dado muerte a linces ibéricos y de estos ya no quedan demasiados. En España los agentes forestales y la Guardia Civil confiscan enormes cantidades de ellos y gracias a su esfuerzo, se han logrado numerosas sentencias condenatorias contra las personas que los colocaron. Los tribunales dieron por probado que estas actividades delictivas están relacionadas generalmente con una mala gestión de los cotos de caza, que deciden saltarse la normativa, o bien con explotaciones ganaderas. Sin embargo, tan solo una pequeña proporción de los casos son esclarecidos y es raro que los culpables sean llevados ante la justicia.

Este es el aspecto de un lazo para depredadores, activo y colocado en el campo. Si ves algo así, no lo toques y comunícalo a los agentes de la autoridad ambiental. 

Cuando salgas al campo y encuentres lazos o cualquier otro dispositivo ilegal para dar muerte a fauna silvestre, por favor, ponlo en conocimiento de los agentes de la autoridad ambiental. Ningún ser vivo merece una muerte así.

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